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«Comentarios acerca del odio»

Me propongo compartir con ustedes lo que he estado pensando acerca del odio, a partir del pasaje por las reuniones de la Red, la clínica y algunas otras lecturas.

Los afectos, ya lo hemos trabajado, son modos por los cuales un sujeto pone en juego una escena inconsciente, prolongando la estructura hacia un objeto, objeto elegido, que puede estar puesto en otro, en una situación o en uno mismo. El afecto proviene de una escena inconsciente incluso cuando la causa sea puesta en el exterior.

En el seminario 1 “Los escritos técnicos de Freud”, Lacan ubica al odio como una de las tres pasiones fundamentales del ser y, a esta pasión en particular, en la unión entre lo imaginario y lo real, ahí donde más adelante va a ubicar los Goces del Otro. Dice que tanto amor y odio están acompañados por la ignorancia como pasión, la cual destaca como fundamental, entiendo que porque en ella ambos afectos se apoyan para eludir lo real.

En este mismo seminario Lacan nos dice que el odio, al igual que el amor, se dirige hacia el ser del otro, …a su envilecimiento, su pérdida, su desviación, su delirio, su negación total, su subversión.”(Seminario 1, pág. 403, Ed. Paidós), y puntualizando la dimensión imaginaria del odio (habla de una fascinación, obsesión imaginaria padecida tanto en el amor y en el odio), dice que la destrucción del otro es un polo de la estructura misma de la relación intersubjetiva”…, “el odio no se satisface con la desaparición del adversario(Ídem).

El odio está en la estructura.

Si el odio está en la estructura y proviene de una escena inconsciente, sabemos que ese otro al que se dirige no va a ser cualquiera, la elección del objeto de odio va a tener que ver con esa “Otra escena” inconsciente.

Encontré un caso publicado en 2015 en el periódico argentino Imago Agenda, en el número 193, que escribe Lucas Boxaca, en su trabajo titulado: “La Ira y el Otro que existe”. Dice así:

Hace algunos años Fabio consulta luego de que su novia lo dejara. El primer tramo del tratamiento transitó en función de sobrellevar los efectos melancolizantes que había tenido sobre él una ruptura amorosa. Llevó esto a ir circunscribiendo la historia de la propia familia y el lugar de exclusión en el que él había quedado a posteriori del divorcio de sus padres, fundamentalmente a raíz de las parejas que su madre había formado. «Sentía que estaba de más», uno de ellos lo maltrataba especialmente y lo sometía a humillaciones públicas que lo decidieron a mudarse con su padre, a los 9 años, mediando una escena en la que desafía a su madre con un «O él o yo». Va circunscribiendo los distintos momentos en los que se siente «un cachivache» olvidado que nadie quiere.

Luego de atravesar el duelo por la ruptura amorosa vuelve al ruedo y forma distintas parejas que terminan abruptamente, porque encuentra que esas mujeres tienen algo criticable. Luego de muchas idas y vueltas, comienza un período novedoso en el que no está en pareja y puede estar solo, sin el característico sentimiento de desolación que presentaba cuando terminaba sus relaciones.

Contrariamente a sus objetivos, de buscar una relación menos conflictiva, se «engancha» con una chica que está en pareja. La situación es más compleja aún, el novio de esta chica está internado en una institución por abuso de sustancias. Fabio pasa a quedar a la espera de que ella deje a su novio. De variadas formas revisa el estado de la relación de los novios, a través de las redes sociales. «Dice que va a estar sola y sale con el otro» expone ante el analista y otros, sometiendo a su consideración si debía soportar esa humillación. Siente que tiene que salvarla, pero ella no deja de hacerle sentir que «está de más». Junto con la idea de tener que salvarla el enojo comienza a dominar la escena. Se trata aquí de un fragmento un tanto inmanejable para el análisis. Una bronca creciente que no admite elaboración pero que, paradójicamente, se sostiene de la idea de consagrarse a la figura del salvador de la mujer descarriada. Discute con ella por teléfono y se enoja con los amigos que le dicen una y otra vez que esa mujer no es para él. También con el analista por el hecho de que le señala que hay en ese enganche algo extraño, suplementario al amor. Como puede verse, la posición del analista no era la más conveniente en ese momento. …

… «Vos pensás que soy un boludo también, como mis amigos. La mina ésta me humilla. Le digo que lo deje pero es más fuerte que ella, ella también piensa que está ahí para salvarlo de la droga. Yo soy cru-fiel». «¿Y eso?», se le pregunta. Y a continuación cita mal una canción de Los redonditos de ricota: «Tu perro un perro fiel, con la costumbre de no contentarse con los restos». «La canción dice cruel pero están condensados para vos», se interviene.

Hacerse decir que ella no te conviene esconde algo que insiste en esa relación. Está la cuestión de sentirse de más, un cachivache. Ser cruelmente fiel pero también fielmente cruel». Enojado dice: «¿Qué querés que haga? Está con ese falopero y yo no puedo parar de mirar su estado.

…Se sorprende y recuerda que en la época en que se había ido de su casa a raíz de los maltratos de una de las parejas de su madre, volvía para espiar qué estaba haciendo su madre. El tipo también era un «falopero». No podía entender por qué su madre estaba con ese tipo, aun cuando todos la criticaban, y había permitido que él se fuera en un ataque de furia.

Hasta ahí el texto del caso publicado en la revista. Si lo desean después puedo pasarles el texto de Lucas Boxaca, que está interesante. Yo tomé el recorte clínico que él publica para trabajarlo en relación a mis preguntas:

¿Qué lugar ocupa el odio para Fabio? ¿A quién lo dirige? ¿Qué goces están en juego en las elecciones de pareja, qué objeto de amor elige, o de odio, y qué objetos pulsionales están en juego? ¿Qué se hace Fabio para odiar? ¿Alcanzan los elementos de esta viñeta para pensar la Otra escena? ¿Cómo está articulado el odio en la estructura? El afecto, ¿es una reacción a una escena proveniente del exterior que resignifica la escena inconsciente, o Fabio arma la escena que le produce ese enojo, esa bronca y esa ira? ¿En este caso, hay posibilidad de metaforizar?

Fabio consultó inicialmente, dice el analista, “por una ruptura amorosa”. Habiendo escuchado el caso ya podemos ubicar algo de lo que está en juego en su escena. Esa “exclusión” de la que dice que padeció con la ruptura amorosa de sus padres, “sentir que estaba de más” en las parejas que formaba su madre, y esa frase: “o él o yo” a sus nueve años. Hacerse excluir, ser olvidado como un cachivache que nadie quiere y humillarse.

No tenemos más datos de su historia ni de la relación con sus padres, salvo que permitieron que él se fuera con nueve años en un ataque de furia y que no parece que la madre hubiese hecho algo para que su hijo se quedara con ella. Tengamos en cuenta que con nueve años no podemos decir que simplemente un niño toma la decisión de irse de la casa de su madre; podemos suponer que tiene que haber habido una decisión, omisión, interés o desinterés por parte de sus padres para que la cosa se armara de esta forma.

Seguramente la de los nueve años no sea la única escena de vivencia de exclusión en la que Fabio haya quedado identificado a un objeto olvidado por el goce de otro. Me animo a plantear como hipótesis que se juega en él Otra escena en la que el goce del Otro primordial lo invistió de modo tal que los objetos pulsionales oral, voz, mirada y anal se ponen en juego de una forma particular en relación a la pulsión destructiva, que sabemos, es constitutiva del sujeto.

Objetos pulsionales mirada y voz tienen un lugar primordial. Goce escópico e invocante están en juego.

Goce escópico, espiando a la madre y sus parejas antes, y ahora revisando en redes sociales el estado de relación de los novios, viendo como gozan de y con otro. Imaginariamente ahí queda colocado en ese lugar de resto y, como él dice: “un cachivache olvidado que nadie quiere”, un objeto de mierda.

Goce invocante, discutiendo por teléfono con la mujer con la que se enganchó, revindicando ese lugar de: “o él o yo”, contándole a sus amigos lo que le pasa con ella para recibir una respuesta que lo vuelve al enojo por hacerse sentir humillado cuando les hace decir que ella no le conviene. A su vez preguntándole al analista, sometiéndose a la consideración de si debe soportar la situación que él arma. “Hacerse” escuchar y decir, alimentando su ira.

Goce oral, escópico, invocante y anal al servicio de la alienación al incesto. Fabio elige objetos con los que puede enlazar ese goce “odioso” y mantenerse en una posición masoquista con un reverso de crueldad, como dice en ese lapsus que da cuenta de sus goces: “un perro, perro cruel con la costumbre de no contentarse con los restos”. Frase que asocia cuando estaba diciendo que es fiel y en lugar de fiel dice “cruel”. Cruel con los otros a los que somete también en esto de hacerse escuchar, cruel consigo mismo identificado a ese lugar de exclusión, de resto, de cachivache, fiel al goce del Otro que superyoicamente le despierta pasiones que se le imponen al sujeto y lo posiciona así, goce del Otro que ex-siste y vive como ajeno.

Hace unas reuniones atrás en el Plenario me preguntaba si cuando hablamos de una pareja, siempre nos referiremos a una elección de objeto de amor o si también podemos  hablar de una elección de objeto de odio, sea para ser odiado, o para odiar. La vez pasada Eduardo López mencionaba el odioamoramiento del que habla Lacan en el Seminario Aún y planteaba que no hay tanta lejanía en los afectos amor-odio, más bien hay una ambivalencia (https://www.redlacaniana.com.uy/pedro-i-de-portugal-entre-el-amor-y-el-odio/). No se trata de convertir el asunto en un binarismo pero se me ocurre que podemos hablar de predominancias. En este caso, me parece que en el discurso de Fabio, en la elección de pareja, lo predominante está más del lado del odio que del amor. No hay una manifestación de amar o estar enamorado, la palabra amor aparece solamente referida por el analista al motivo de consulta, “por una ruptura amorosa” y cuando señala que parece haber en juego algo extraño, suplementario al amor en ese enganche. Dice Lacan en el seminario 1: El odio en nuestro discurso cotidiano se reviste de muchos pretextos, encuentra racionalizaciones sumamente fáciles.(Seminario 1, pág 403, Ed. Paidos) Lo que dice Fabio es que se “enganchó” y que “Quiere salvarla pero ella no deja de hacerle sentir que “está de más”. Hay algo reivindicativo en querer salvar a esa mujer, que lejos de un gesto de ternura, está ubicado del lado del pretexto para armar la escena (recordemos lo que nos decía en la reunión pasada Eduardo López acerca de querer el bien del otro como una forma de buscar el bien propio).

Obviamente Fabio no elige cualquier chica, va a elegir la que tenga las características para poder desplegar la escena. Esta chica las tenía.

Los objetos de odio no se reducen a ella y al falopero, están los amigos por quienes se siente humillado cuando le señalan que esa mujer no es para él. Recordemos que el odio apunta al ser del otro. Sus amigos tienen otra mirada y por eso pueden marcarle esa diferencia que le produce enojo primero, bronca después, y llega a alimentar su ira. Tiene razones para enojarse con ellos si está en posición de salvaguardar el goce. También con el analista, a quien le transfiere la escena cuando le dice enojado, que él al igual que los amigos piensa que es un “boludo”.

Ellos tienen otra mirada y él no acepta la diferencia, no puede ver, mirar más allá del goce, queda a merced de lo que le vino del Otro para ser.

Así extiende su estructura, fantasma mediante, y enlaza con los otros. Los estados de enojo, bronca e ira en Fabio no son reacciones a partir de una situación externa, él se hace sentir así. Y, como dice Lacan, el odio no se satisface con la desaparición del adversario(Seminario 1, pág 403, Ed. Paidos), así que a pesar de que se haya propuesto en cierto tiempo durante el análisis buscar una relación menos conflictiva, hasta que el enojo, la bronca, la ira no cesen de escribirse en la estructura, si es que en algún momento análisis mediante eso pueda producirse, Fabio va a seguir repitiendo la escena con otro. El goce del Otro va a insistir.

Nos encontramos en este caso con esa fascinación y obsesión imaginaria padecida de la que habla Lacan en su primer seminario, respecto al afecto pasional. Fabio lo dice: “no puedo parar”. En este caso no parece haber mucha posibilidad de metaforizar en relación a la pasión más que quizás en esos esbozos de división subjetiva cuando el analista le señala el lapsus y él sorprendido asocia con la escena de los nueve años.

Se plantea en la clínica una dificultad que podría convertirse en una oportunidad. Fabio desafía al analista a vérselas con su goce cuando prolonga la escena en la transferencia analítica. El analista lo dice en al menos dos oportunidades: “Se trata aquí de un fragmento un tanto inmanejable para el análisis” y después agrega: “la posición del analista no era la más conveniente en ese momento”.

Pienso en la dificultad que puede presentarse en estos casos para enlazar de otro modo. Muchas veces en las vueltas del análisis parece que algo se mueve y sin embargo el goce insiste y la escena odiosa no cesa de escribirse. En el caso de Fabio, esto sucede en ese tiempo novedoso en el que parecía poder estar solo y pensando en buscar relaciones menos conflictivas. Pero la pasión odiosa se apropia del sujeto y este queda superyoicamente a su merced.

En otros analizantes el odio no se ubica de la misma manera, sino que pareciera que enlaza de otro modo. En la consulta podemos escuchar pacientes y analizantes diciendo que sienten determinados afectos que nombran y reconocen, a los que les encuentran una causa, les dan un sentido. Algunos de estos analizantes dicen no saber por qué les pasa, pero la posición es de interrogación. Se preguntan si ese afecto puede tener que ver con algo propio incluso cuando dicen que lo sienten en una circunstancia que no han causado, o a partir de la acción de un otro. Otros, como en el caso de Fabio, lo traen como algo ajeno de lo que no pueden dar cuenta ni se interrogan y sólo pueden adjudicarlo a algo o alguien, convencidos de que ahí está el origen de esa sensación de placer o displacer que sienten.

Me pregunto entonces, si siempre que hablemos de odio, lo ubicaremos en la estructura en la juntura entre lo imaginario y lo real. ¿Cómo lo ubicamos por ejemplo en casos en los que el odio está allí presente, pero no se escucha como un afecto pasional? En esos casos que no aparece un mecanismo de puesta en acto, ahí donde si bien se puede ubicar un goce, entre imaginario y real, más allá de la castración, está ubicado un poco más acá en el discurso del sujeto y se escucha cierta metaforización.

Lacan, en el Seminario 1 dice: aprendan a distinguir el amor como pasión imaginaria del don activo que él constituye en el plano simbólico (Pág. 401, Ed. Paidos). En este seminario ubica al amor como una de las pasiones del ser, en la estructura, entre lo simbólico y lo imaginario. Sin embargo hace esta distinción de un amor pasional, que diferencia de ese amor “del don activo que constituye en el plano simbólico”. Así como él distingue formas de amor, me pregunto si nosotros podemos distinguir formas de odio: una de ellas, la que él refiere como pasión, que ubica entre imaginario y real; y otras en las que la pasión no se pone en juego, que podríamos ubicar en otros enlaces en la estructura.

¿Ubicamos en la estructura del mismo lado la ira, la bronca, el enojo, el rechazo, la envidia, los celos, por ejemplo? Dejo esta pregunta para seguir pensando con ustedes en relación a los abordajes posibles en la dirección de la cura. Entiendo que el odio, si se ubica en el campo de los Goces del Otro, va a estar dificultado para articular en el campo de lo simbólico, pero muchas veces hay posibilidad de producir cierta distancia de ese otro al que se apunta como representante del Gran Otro y algo poder metaforizar, para, con el análisis, como decía Ricardo Landeira en su texto: “El miedo como arma de dominio”: “hacer del prójimo un semejante” (https://www.redlacaniana.com.uy/el-miedo-como-arma-de-dominio/ ).

Lo último que me gustaría plantearles hoy, hablando de las distintas formas de odiar, es un comentario que me lo permite producir la discusión de la reunión pasada a partir del caso fabricado por Eduardo López y Verónica Molina acerca del Rey de Portugal Pedro I (https://www.redlacaniana.com.uy/pedro-i-de-portugal-entre-el-amor-y-el-odio-2/) cuando se planteó si en ese caso el odio era de estructura o si fue una reacción.

Recordemos que siempre que aparece el odio, sea por una reacción ante algo, que predomine, o que anude la estructura, va a producirse de una manera particular que va a tener que ver con ese ser hablante. No todos los sujetos van a responder de la misma  

manera ante una misma situación, aun cuando se podría suponer que es lógico para cualquiera que se produzca algún sentimiento de hostilidad. Hay que recordar que la característica del afecto es que, aun activándose por algo externo, no proviene del exterior: es una respuesta que proviene de la estructura del sujeto. Si el paciente lo trae al análisis, hay que poder escucharlo y darle lugar, porque puede ser una señal, una puerta de entrada al trabajo con los goces del sujeto y la escena que despliegan.

Luisa Bertolino, Reunión del Plenario de la Red, 12.08.24

Si desea enviar un comentario sobre el texto al autor, puede dirigirlo a luisabertolino@gmail.com

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