«Pedro I de Portugal: entre el amor y el odio»
Trabajo presentado en conjunto: Eduardo López y Verónica Molina.
Primera Parte:
Trabajo Pedro Historia:
Los relatos de la vida de reyes y príncipes tienen en la actualidad funciones más interesantes que una simple historieta de revista de consultorio como se dice popularmente. En efecto, la vida de estos tiene la particularidad de ser vastamente documentada y por lo pronto se convierte en un material accesible a la investigación. Distintas disciplinas del saber científico han recurrido a ello. En especial la medicina y la biología cuando necesitan largas series de personas de una misma familia para estudiar un peculiar rasgo genético.
Hoy recurriremos a un personaje histórico para ver algo de la temática que nos convoca este año. Se trata de Pedro I, rey de Portugal a quien el amor y el odio no le fueron extraños. Estos afectos del en primera instancia infante y luego rey, tuvieron todo tipo de consecuencias tanto en el campo personal del mismo, como en la política del país, llegando a producir inclusive, una guerra civil que conmovió a Portugal y a otros reinos peninsulares.
Pedro de Borgoña nació en Coímbra, Portugal en 1320, siendo hijo del rey Alfonso IV y Beatriz de Castilla. Tempranamente es casado por razones de estado con Blanca de Castilla. A la llegada de ésta a Portugal la misma es rechazada por el Infante dada la extrema debilidad mental que la princesa poseía.
Posteriormente, en 1336 Pedro se casa por poder con Constanza Manuel, hija de un poderoso noble castellano, el Infante Juan Manuel un célebre escritor medieval conocido por su obra El Conde Lucanor. Esta segunda alianza llevó a una guerra entre Portugal y Castilla dado que Alfonso XI de Castilla, padre de Beatriz, impidió el paso de Constanza por su reino cuando se dirigía a Portugal para su boda. Dicha guerra duró dos años hasta 1339, realizándose finalmente la boda real en agosto de 1340 en la Catedral de Lisboa.
Y aquí comienza el primer acto de este drama. La llegada de Constanza a Portugal se realiza acompañada por un séquito del cual formaba parte Inés de Castro como principal dama de compañía de la futura reina. El infante Pedro reparó inmediatamente en ella en el momento de conocer a quien sería su esposa y rápidamente se convierte en su amante.
Entre 1340 y 1345 Pedro convivió con Inés con la que tuvo tres hijos en simultáneo con los tres obtenidos con la Infanta Constanza. En este período comienzan los temores y odio de Alfonso IV hacia su hijo pues temía que Pedro legitimara su prole bastarda en contra de su heredero legítimo Fernando, nacido éste en 1345. Poco tiempo después de este nacimiento fallecía la Infanta Constanza dejando a Pedro libre para vivir su relación con Inés. Simultáneamente la Corte portuguesa siguió al rey en sus odios, aumentados estos por el hecho de que Pedro e Inés eran frecuentados por los hermanos de ella, quienes eran importantes e influyentes personajes en el Reino de Galicia y sospechosos de influir en los asuntos del reino a través de Pedro.
Todo este clima enrarecido de odios y paranoia condujeron a que los tres consejeros del rey Alfonso, Coelho, Gonçalves y López Pacheco asesinaran a Inés de Castro apuñalándola frente a sus hijos en enero de 1355. Esto inició una guerra civil por la cual Pedro buscó vengarse de su padre y de la corte.
Luego de ocho meses de enfrentamientos la reina y el arzobispo de Braga logran la paz por la firma de un tratado entre padre e hijo. En el mismo se consignaba el perdón de Pedro a los asesinos de Inés de Castro, a la vez que Alfonso IV perdonaba a los que apoyaron a Pedro, así como ampliaba los poderes del príncipe en el gobierno del reino.
Todo volvió a la normalidad. Dos años después fallece Alfonso IV y Pedro asume como rey con el nombre de Pedro I. Pasaron aun tres años más y nada hacía presagiar lo que luego ocurriría y que abriría el segundo y último acto de esta tragedia.
En junio de 1360 y siendo el rey presionado por la corte a contraer nuevo matrimonio, este declara poniendo sus manos sobre los Evangelios que no podría hacerlo pues siete años atrás se había casado en secreto por temor a su padre, con Inés de Castro. Tres días más tarde dicho matrimonio se hacía público en presencia de toda la corte e Inés es nombrada reina de Portugal en forma póstuma.
A partir de ahí el odio del rey y su furia no tuvo límites. Lo que sigue está del lado del mito pues no hay documentos probatorios de que haya verdaderamente ocurrido. Pedro hace desenterrar a Inés, su cuerpo es sentado en un trono en la catedral de Lisboa y revestido con la ropa y joyas de Estado. Luego obliga a la corte a realizar el besamanos y a trasladarla a pie 100 kms. hasta el Monasterio de Alcobaça para su sepelio definitivo.
Junto a esto y violando el tratado realizado en 1355 donde perdonaba a los asesinos de Inés, Pedro realiza un acuerdo con su sobrino Pedro I de Castilla, casado éste con la hermana de Inés. Dicho acuerdo es para el intercambio de exilados refugiados en los países vecinos. Dos de los asesinos de Inés son capturados y llevados a la justicia portuguesa. Ambos fueron ejecutados en lo que hoy sería un festival, en medio de atroces torturas, arrancándoles finalmente el corazón. Luego de ello Pedro bailó con sus hijas habidas con Inés acompañado por el pueblo de Lisboa.
Terminemos este sombrío relato con un último acto de amor de Pedro hacia Inés. Pedro ordenó construir su sepultura junto a Inés. Por su voluntad ambos sarcófagos están enfrentados por los pies y sus cabeceras cubiertas por las alas de ángeles. Lo dispuso así para que el día de la Resurrección y ambos se levanten, lo primero que vean sea uno al otro.
Hasta aquí un relato, mi relato de un recorte de la vida de Pedro I de Portugal y que tiene que ver con sus odios y sus amores. Hay otros relatos que tienen que ver con su vida de servicio como rey. Se sabe que fue un buen administrador de las economías del reino lo que lo llevó a ser un monarca querido por su pueblo.
Es tradición en Portugal que los reyes tengan un apodo por algún rasgo que los caractericen. La historia lo conoce como Pedro el Cruel, tal vez a instancias de su enemiga, la corte portuguesa. Sin embargo hay registros del apodo puesto por su pueblo: el Bueno o el Justo.
Desde hace muchos años conozco diferentes relatos de este drama que se desarrolló en el siglo XIV y el cual no deja de ser relatado a lo largo de todos los siglos siguientes. Ya en el siglo XX se vuelven a realizar nuevas historias noveladas así como películas. Es como si el mismo no pudiera cesar de decirse, tal vez por la espectacularidad de las expresiones del amor y del odio que la historia contiene. Estando yo de visita en la Catedral de Lisboa el guía señaló el lugar donde se había producido el besamanos a Inés de Castro. Más tarde en privado, le comenté al guía que no había pruebas históricas de este hecho. Su respuesta fue “No. Pero merece ser cierto”. Me estaba hablando de la lógica y saberes del discurso y del afecto que le despertaba la historia. Me hablaba en definitiva de eso que dice Lacan que los afectos son efectos de lalengua.
En lo que respecta a nuestro trabajo podemos decir que lo que lo caracterizó fue esa combinación y esa mostración del amor y el odio que conviven en armonía, si así puede decirse y donde ese odio apareció con singular intensidad luego del asesinato de Inés de Castro. Pero no se trata del odioamoramiento del que nos habla Lacan en el Seminario XX. No se trata de ese viraje de amor hacia el odio sobre el objeto inicialmente de amor. La unión de Pedro e Inés hasta donde sabemos no llegó a ser complicada por el goce de ambos hablanteseres, esos goces que no copulan con el otro y que nos brindan en última instancia los impasses de la relación sexual y la evidencia de la no existencia de esta.
En el caso de Pedro de Portugal no hubo tiempo para ello dado el asesinato perpetrado. Pienso que, de esta manera, el amor se hizo eterno para Pedro. Hubo como si dijéramos un congelamiento, una solidificación de su afecto. No es lógica su respuesta a la Corte socialmente hablando, diciendo que no puede volverse a casar pues está casado en secreto con Inés de Castro.
Sí inmediatamente de ocurrido el hecho aparece, en Pedro el odio inmenso a su padre y a la corte real. Este odio se traduce inicialmente en las acciones que dan origen a la guerra civil.
Por otro lado, la experiencia de un análisis certifica no sólo el impasse sexual sino también revela los espejismos del amor, revelándolo como ilusorio, mentiroso, engañoso. Se constata una y otra vez que no existe la relación sexual y las promesas de unión siempre terminan cayendo. Lo que complica la unión y el amor es el goce de cada uno de los parlêtres y, bajo el amor por el otro sólo se esconde un amor narcisista que no busca más que su propio bien escondido en querer el bien del otro. Amor y odio no parecen estar tan lejos. Freud reservó la declinación del “No lo amo” para la psicosis. Lacan, en cambio, lo generaliza a todas las estructuras bajo el nombre de odioamoración. (Lacan, J 1972-1973)
[…] la experiencia clínica nos enseña que el odio no sólo es, con inesperada regularidad, el acompañante del amor (ambivalencia), no solo es hartas veces su precursor en los vínculos entre los seres humanos, sino también que, en las más diversas circunstancias, el odio se muda en el amor y el amor en odio. Si esta mudanza no es algo más que una mera sucesión en el tiempo, vale decir, un relevo, entonces evidentemente carece de sustento un distingo tan radical como el que media entre pulsiones eróticas y pulsiones de muerte. (Lacan, J. 1971)
Eduardo López
Segunda parte:
En esta historia que acabamos de escuchar, que ronda entre el amor y el odio, este o sea el odio no es un afecto nuevo, ni una pasión nueva en el ser humano, sino que como lo han dicho distintos pensadores está en el ser humano. Es tan antigua como el mundo.
Es una pasión a mi entender palpable, que se manifiesta en un contexto, con acciones que muestran violencia desmedida.
En el caso de Pedro I de Portugal, aquí no se trata de amor hacia su amor (pareja) y luego odio hacia ella, es un amor hacia Inés de Castro, y, se trata del odio a su padre primero luego hacia la corona extendiéndose hacia los que dieron muerte a Inés de Castro. Se hizo un odio generalizado, un odio encarnizado, ¿El poder, lo político?, me pregunto.
Consecuencias desastrosas que llevó a una Guerra Civil, es decir a las altas esferas de la corona y al pueblo involucradas en este odio.
Lo imaginario está aquí, “imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración…, de reventamiento del cuerpo…, del cuerpo fragmentado” tal lo dice así Lacan en “la agresividad en psicoanálisis” (Lacan, 1971, p.110) (Escritos I).
Sin embargo, el odio va más lejos a mi entender; considero que apunta al goce, goce en el cuerpo a destruir, y recuerdo un cuento de Maupassant llamado San Antonio; este es un prusiano de 1870, colocado por un oficial en casa de unos paisanos normandos, es alimentado más de lo que puede soportar, como un cerdo, hasta lo insoportable, al final es desangrado a golpe. No es nada la hostilidad que genera como enemigo, de hecho, es callado y tranquilo, pero ¿qué es lo que lleva a ese odio?
El odio persigue a la víctima más allá de la muerte, es también el caso de Pedro I pues como dijo Eduardo López violando el tratado que había realizado con su padre Alfonso IV, los asesinos de Inés fueron ejecutados en medio de un festival, en medio de atroces torturas hasta sacarles el corazón.
Lacan en el Seminario libro 1 de los Escritos técnicos de Freud, dice: “existe una dimensión imaginaria del odio pues la destrucción del otro es un polo de la estructura misma de la relación intersubjetiva”, y prosigue “la dimensión imaginaria está enmarcada por la relación simbólica y, en consecuencia, el odio no se satisface con la desaparición del adversario” (Lacan, J. 1953-54, p.403)
Lacan evoca a mi entender una dimensión del odio en la que la víctima es perseguida más allá de la destrucción de su propio cuerpo, así como “el amor aspira al desarrollo del ser del otro, el odio aspira lo contrario” dice Lacan. No es suficiente que quiera del otro “su envilecimiento, su pérdida, su extravío, su delirio, su negación total, su subversión”. (p.403)
Es decir que el odio se dirige al ser, que continúa más allá de la existencia del objeto que apunta. En el odio, el sujeto se iguala al ser del objeto a destruir. Lacan tomará un ejemplo y es en el seminario 20, en el cual vivía en la rue de la Pompe, el conserje nunca fallaba a una rata. Tenía por la rata un odio al ser de la rata. Entiendo que aquí enuncia un vínculo entre el ser del sujeto y el odio, dice “el más grande amor acaba en odio” (176).
De hecho, sostiene que solo estamos seguros de nuestro ser cuando no pensamos, y que es suficiente garantizar el ser no por el pensamiento sino por el goce, es decir donde gozo no pienso.
Al contrario H. Arendt sostiene en Eichmann en Jerusalén, sostiene en su concepto de la banalidad del mal que hay que comenzar a pensar para ser capaz de odiar.
Arendt se refiere a la ambigüedad del concepto de maldad por conceptos superficiales de lo bueno y malo y en el cual no minimiza la crueldad de sus afectos, refiere así un análisis al caso Eichmann, quien siempre se mostró orgulloso de su colaboración con el genocidio nazi, Arendt explica la “banalidad de mal” a través de la falta de pensamiento; solo el pensamiento como autorreflexión que busca significado puede prevenirnos de criterios que pueden ser lesivos.
Eichmann no es un monstruo sino un engranaje pasivo de una máquina de muerte que hace objeción al pensamiento. ¿A pensar qué? me pregunto, ¿en el otro?, ¿en el sufrimiento del otro? No hay afecto sin intersubjetividad, no hay intersubjetividad sin otro, y no hay otro sin pensamiento. ¿Entonces qué les parece? ¿no hay odio, si el otro no existe?
El odio y el amor son afectos que se relacionan. Ya desde el mandamiento religioso: “Amarás al prójimo como a ti mismo”, podemos incluir el egoísmo en el amor.
En “De Guerra y muerte” Freud dice: “Partiendo del estudio de los sueños y las acciones fallidas que se observan en personas normales, así como de los síntomas de los neuróticos, el psicoanálisis ha llegado a la conclusión de que los impulsos primitivos, salvajes y malignos de la humanidad no han desaparecidos en ninguno de sus individuos, sino que persisten, aunque reprimidos, y que esperan las ocasiones propicias para desarrollar su actividad”. Se refiere aquí a los acontecimientos de la primera guerra, las crueldades e injusticias, el odio, causadas por las naciones y personas a quienes se presumía civilizadas.
Desde 1920, año que perdió a su hija Sophie, tras publicar “Más allá del principio del placer” donde postuló las pulsiones destructivas, Freud explicó diversos tipos de agresión, incluidas las guerras, puso en evidencia que la cultura los descubrimientos tecnológicos, trabajan para la destrucción del hombre, una evidencia que no es soportable, a mi entender.
En el “Malestar en la cultura”, Freud señalaba que el hombre aspira a la felicidad gobernada por el principio de placer; pero, sin embargo, eso fracasa, ya que la cultura encuentra en ella misma su obstáculo más poderoso, la pulsión de agresión y con ella la pulsión de muerte como eje.
Verónica Molina.
Bibliografía:
Arendt, H. (2019) “Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal”. Penguin Random House, Grupo Editorial.
Freud, S. (1994) “El malestar en la civilización”. Obras Completas, tomo XXI, p.111. Amorrortu editores.
Freud, S. (1975) “Moisés y la religión monoteísta: esquema del psicoanálisis y otras obras”. Obras Completas, tomo XXIII. Amorrortu editores.
Lacan, J. (1981) Seminario I: los escritos técnicos de Freud. p.403. Paidós. Buenos Aires
Lacan, J. (2015). Seminario 6: el deseo y su interpretación. p. 140. Paidós. Buenos Aires
Lacan, J. (2016). Seminario 20: Aun, Paidós. Buenos Aires

1 comentario en ««Pedro I de Portugal: entre el amor y el odio»»
Los comentarios están cerrados.