«Zibaldoni»
«Allí donde otros proponen obras yo no pretendo otra cosa que mostrar mi espíritu. La vida consiste en arder en preguntas. No concibo la obra separada de la vida» Antonin Artaud
Siempre querido me fue este solitario cerro y este seto que tanto del último horizonte la mirada excluye. Más, sentado y mirando interminables espacios de allá lejos, y sobrehumanos silencios y su hondísima quietud, me quedo ensimismado hasta que casi el corazón teme. Y como el viento cuyo murmullo escucho entre las hojas, a este silencio infinito esta voz voy comparando: y me acuerdo de lo eterno y de las muertas estaciones y la presente y viva, y sus sonidos. Así a través de esta inmensidad se anega el pensamiento mío; y naufragar me es dulce en este mar.
Giacomo Leopardi («El infinito»)
Quiero traer algo de la existencia de este escritor italiano a partir de mi acercamiento a su vida y a su obra. Giacomo Leopardi Antici, nacido en Recanati, provincia de las Marcas, territorios Pontificios en 1798, fue un brillante escritor romántico, poeta, filósofo, filólogo, traductor. Se lo considera el mayor poeta italiano después de Dante.
Es hijo del conde Monaldo Leopardi y la marquesa Adelaide Antici. Su padre, a los cinco años de edad, hereda el título de Conde junto con un gran palacio y una importante fortuna de su propio su padre. Monaldo crece junto a su madre y tuvo como preceptor a José Torres, jesuita mexicano que huyó de España cuando expulsaron a la compañía de Jesús.
Cuando Monaldo y Adelaide se casan, van a vivir al palacio paterno. En ese momento, la joven se lleva una inesperada sorpresa: el conde había gastado su fortuna y no tenía el menor interés en cuidar el patrimonio familiar. Por lo que ella, a los 18 años, asume la administración de la casa y de los bienes, mientras que Monaldo se dedicaba a sus intereses y estudios religiosos, filosóficos, así como también escribiendo sobre filosofía, política, moral y hasta un ensayo de medicina.
El joven Giacomo se cría en el palacio condal, teniendo a su disposición una biblioteca gigantesca que su padre formó con veinte mil volúmenes comprados a conventos y monasterios clausurados por Napoleón.
A los diez u once años ya sabía varios idiomas: latín, griego, hebreo, francés, inglés. En esa época el padre, que siempre se mostró orgulloso de su primogénito, contrata a dos sacerdotes jesuitas mexicanos como preceptores: José Torres, antiguo preceptor del padre y Francisco Serrano. Así mientras recibe educación religiosa, además de la hostia, le dan de otro pan para alimentar su intelecto: le acercan el idioma español.
Crece bajo la mirada atenta, admirada y sobre protectora de su padre y la fría, deshumanizada mirada de su madre, quien Giacomo la va a describir como: «un ídolo, tenebroso e incomprensible, una máquina atroz y desconocida». Su única caricia es una mirada fija cuando se encontraba con sus hijos. (Tuvo muchos hijos pero la mayoría murió en su infancia).
A los dieciséis años contrae una enfermedad crónica que le acompaña toda la vida, hoy conocida como la enfermedad de Pott, una forma de tuberculosis que se instala en los huesos creando sobrehuesos. Se deforma su columna con gibas en el pecho y la espalda, comprometiendo el crecimiento, alcanzando a medir 1.40 de estatura, causándole otras disfunciones y sufrimientos en su organismo: disminución pronunciada de la visión, síntomas gástricos, insuficiencia respiratoria, insoportables dolores óseos.
En una conocida página de Zibaldoni, una de sus obras mayores, escribió: «Íntimamente he conocido una madre de familia que no era nada supersticiosa pero firme y exaltadísima en la creencia cristiana y en el ejercicio de la religión. No solamente no compadecía a aquellos padres que perdían a sus hijos sino que envidiaba íntima y sinceramente porque estos iban directo al paraíso, sin peligro y habían liberado a sus padres de la incomodidad de mantenerlos. Consideraba la belleza como una desgracia y viendo a sus hijos feos y deformes agradecía»
¿Podremos preguntarnos si la deformidad de Giacomo no encarnaría un goce para satisfacer a su madre y ser el hijo más feo de los feos, una respuesta al Che vuoi? Aunque entendemos que se trata de un real inanalizable, que no admite interpretación. Implicado ahí un goce del Otro incastrable, que va cediendo en el correr del tiempo a partir de su escritura.
Con la visión cada vez más comprometida, Giacomo permanece encerrado en el palacio escribiendo y estudiando febrilmente de noche con luz de vela, para no sentir la luz del día que daña sus ojos.
A los diecinueve años planea una fuga. La huida es interceptada por Monaldo, que no quería que Giacomo se alejara del dominio paterno. (No se ve habilitado por su padre).
A esa edad se enamora por primera vez. Una pariente lejana se hospeda en su casa y cuando se va él cae en la cuenta que está enamorado. En su corta vida se enamora de dos mujeres más que no le corresponden.
María de las Nieves Muñiz de la Cátedra de literatura de la Universitat de Barcelona dice: Autor de varias obras notables: «Cantos» «El infinito». «Recuerdos”, «Opereta morali», «Zibaldoni de pensiero» o Zibaldoni. ¿Cuál es la importancia de Zibaldoni en el conjunto de la obra de Leopardi?
«Leopardi es uno de los poetas más conocidos del mundo y, sin embargo, el Zibaldoni se descubrió muy tarde; no se publicó hasta 68 años después de la muerte del autor. Hasta la publicación del Zibaldoni, Leopardi era muy reconocido como poeta, pero muy poco como pensador, y de ahí la importancia de esta obra. El Zibaldoni nos descubre la complejidad de su pensamiento, nos permite ver cómo nacen sus ideas y cómo se modifican. Por otro lado, también sorprende por la variedad de los temas que trata (filosóficos, lingüísticos, literarios, artísticos, históricos, sociológicos, astronómicos) y por su complejidad. Es una obra original, muy personal y, a la vez, de interés universal, que cuanto más tiempo pasa, más moderna parece. Probablemente hoy estamos más preparados para entender la crítica que se hace a la modernidad. Leopardi se anticipa a muchas percepciones actuales»
Zibaldoni es un conjunto de textos que fueron escritos durante casi toda la vida de Giacomo, reuniendo 4526 páginas en varias carpetas atadas con cintas, que no fueron editadas hasta casi siete décadas después de su muerte.
Lo bautiza Zibaldoni como un cocido que se prepara en un enorme caldero donde se cuecen distintos alimentos para hacer una especie de guisado de elementos heterogéneos carnes, verduras, frutas, especias, hierbas… Allí muestra una mezcla de sus pensamientos, sentimientos, esperanzas, deseos…Una especie de diario secreto, que Giacomo portaba consigo en cada uno de sus viajes. El único que conoce su contenido fue su gran amigo Ranieri a quien Giacomo legó su texto.
Citati, en la biografía de Leopardi dice: «…con menos de treinta años escribe sus «Obras morales», por fin viaja por Italia. Siempre enfermo de mil cosas, pero siempre en un esfuerzo inaudito por escribir, por concentrar la contemplación de mirar hacia el cielo y mirarse por dentro en unos versos, en un párrafo, hasta que la muerte le ronda y él, que no pudo disfrutar del amor correspondido, anhela, ya demasiado tarde, una «juventud ininterrumpida».
Viajó a Roma, Florencia, Pisa y Nápoles donde muere a los 38 años.
En «Polifonías del arte en Psicoanálisis», el recordado Roberto Harari, remarca: «Por cuanto localiza al sujeto en una posición donde está a punto de ver aquello que no puede ser visto, y cuya visión -a la vez, tentadora-que difiere permanentemente. Por eso es siempre una posición penúltima, y por eso la palabra última de la obra- o la última pincelada como Freud la demuestra en Leonardo- nunca llega. En resumen, lo bello no llega a serlo, se liquida el efecto estético sino con referencia a lo siniestro».
Como Leonardo con su Gioconda, que viajaba con el retrato en su equipaje retocándolo siempre con una pincelada más, Giacomo lleva el Zibaldoni bajo el brazo agregándole siempre una palabra más.
Cuenta, entre muchas otras cosas que es atacado por un pensamiento que lo «devora», «corroe», «atormenta», «martiriza», «hace desgraciado» y sobre todo lo «posee», «porque me tiene enteramente a su merced. No se mueve, no se desplaza, esta allí, fijo, estable, presente, no tiene más contenido que esa misma presencia que esa fijeza, que esos ojos que no dejan nunca de mirarlo» «Preferiría ser planta o piedra u otra cosa» dirá ¿Es que en estos pensamientos torturantes estaría el horror a la fija, fría e imponente mirada de su madre, que él describe?
Giacomo dirá en Zibaldoni: «El verdadero objeto de la vida es la vida, y el ir y venir por el mismo camino arrastrando un carro muy pesado y vacío».
llevar con nosotros un recorte de nada
es el único modo
de poder llevar algo
en los otros bolsillos
Juarroz
Una vez más decimos con Freud, los poetas se adelantan a la ciencia como vemos en Juarroz y Leopardi.
«tan solo se trata de un desecho que designa lo único que es importante, o sea, el lugar de un vacío” dice Lacan en el Seminario 10 La angustia. Es mucho más relevante el vacío que el objeto, pues el vacío en el sujeto es un hecho de estructura, tiene una función estructurante. «Lo que no hay que olvidar en ningún momento es que el lugar que hemos designado en este pequeño esquema como el de la angustia, ocupado actualmente por el (-phi), constituye un cierto vacío. Todo lo que se puede manifestar en este lugar nos desorienta, por así decir, en cuanto a la función estructurante de dicho vacío» Es lo que le permite desear a Giacomo. Poder poner no el objeto que es siempre perdido, sino la serie de sustitutos que metonímicamente se presentan.
La pregunta en este caso está dirigida a pensar si la escritura para este sujeto se trata de una sublimación o constituye un sinthome. Freud trae la sublimación a partir de Leonardo. El goce en la sublimación es el goce fálico con origen en un acto psíquico en el que el sujeto encuentra un nuevo destino de pulsión, por el cambio de meta. La meta de la pulsión erótica ya no es la satisfacción sexual. (genital)
Aunque, por otro lado, Lacan entiende que el sujeto, a nivel fantasmático coloca el objeto en otra posición. Dirá en el Seminario 7 La ética del psicoanálisis: «eleva el objeto a nivel de la cosa». Es en el campo de la Cosa, «en el origen de la cadena significante lugar donde está puesto en causa todo lo que es lugar del ser lugar elegido donde se produce la sublimación».
El sinthome en cambio tiene otro origen, es el resultado de largos años de investigación de Lacan. En 1975 aparece como un dispositivo nuevo, producto del trabajo topológico. Se trata del nudo Borromeo, donde lo Imaginario, lo Real y lo Simbólico se anudan corriendo el peligro de desanudarse en algunas estructuras.
En el caso de Leopardi, si la escritura fuera un sinthome, no sería del tipo del cuarto nudo de Joyce en tanto sostiene lo imaginario. De desprenderse estaría ante el peligro del desanudamiento de los tres registros, dada la peculiaridad de este nudo, en el que, si se suelta uno, se desanudan todos.
¿Pero… el peligro en Leopardi, habrá sido la psicosis? Claro que no. Aunque hay un exceso de padre como en Joyce, las posiciones de cada padre son muy diferentes Giacomo muestra una fuerte identificación con ese padre escritor, lector, intelectual. Joyce en cambio necesita de su escritura para hacerse un nombre ante un padre carente según la expresión de Lacan.
Giacomo a pesar de que haberse visto sometido a la frialdad de su madre, a la incomprensión de los que lo despreciaban por su figura, a un fuerte asalto de lo imaginario desde lo siniestro que vemos a través de su descripción de todas las largas noches en ese palacio enorme apenas ocupado por su familia en tres habitaciones y el resto tenebrosamente deshabitado, vacío.De sus noches de insomnio y terror va a decir más adelante en su Zibaldoni dando cuenta de su enfrentamiento a lo siniestro: «la noche era un suplicio: sombras, espectros, fantasmas, visiones, temores, tinieblas, sudores fríos, horrores, imaginaciones lúgubres, quimeras, espasmos, apariciones». Giacomo no fue psicótico. Su escritura maravillosa sirvió para la sublimación de sus pulsiones.
Mientras el sujeto encuentre a su lado un vacío, «un carro muy pesado y vacío» es que puede desear colocando metonímicamente los sustitutos del objeto, siguiendo el curso de su neurosis estructural de la mano de la sublimación a través de su escritura.
Beatriz Duró
Segundas Jornadas de la Red Lacaniana de Psicoanálisis 13 de abril de 2018
Si desea enviar un comentario sobre el texto al autor, puede dirigirlo a beatrizduro@hotmail.com
