SINTAGMA FREUD

«Con motivo del 164 aniversario de Sigmund Freud, la Red Lacaniana de Psicoanálisis realizó un encuentro de lectura de cartas en su homenaje. Agradecemos a quienes participaron e hicieron del encuentro algo muy emotivo».

Carta de respuesta de Sigmund Freud a la carta que le enviara Albert Einstein en junio de 1932.

Viena, 2 de setiembre de 1932

Querido Señor Einstein:
Cuando supe que usted tenía la intención de proponerme un interca de mbio de puntos de vista sobre un tema que le interesa y que le parece digno del interés de los demás, consentí de buen grado. Esperaba que escogiera usted un problema en los confines de las posibilidades actuales del conocimiento, hacia el cual cada uno de nosotros, el físico como el psicólogo, pudiese acercarse siguiendo su propio camino, de manera que nos encontrásemos en el mismo terreno partiendo de direcciones diversas. Usted me ha sorprendido pues, al preguntarme qué puede hacerse para liberar al hombre de la amenaza de la guerra. Al principio me sentí desorientado bajo la impresión de mi (iba a decir: de nuestra) incompetencia, ya que me parecía tratarse de una tarea práctica que incumbía a los hombres de Estado. Pero después comprendí que usted no ha planteado el problema en su calidad de hombre de ciencia y de físico, sino como un filántropo adherido al llamamiento de la Sociedad de las Naciones, del mismo modo que el explorador polar Fridjof Nansen se impuso la tarea de proporcionar ayuda a las víctimas hambrientas y sin patria de la guerra mundial. Recordé sin embargo que no se me había pedido formular propuestas prácticas, sino que debía indicar únicamente cómo se presenta a una observación psicológica el problema de prevenir la guerra.
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Puedo pasar ahora a comentar otra de sus proposiciones. Usted se maravilla de que sea tan fácil entusiasmar a los hombres para la guerra, y sospecha que actúa en ellos alguna cosa, un impulso hacia el odio y la destrucción, que secunda esta instigación. Una vez más, no puedo sino estar de acuerdo con usted. Creemos en la existencia de semejante impulso, y nos hemos esforzado precisamente estos últimos años en estudiar sus manifestaciones. Pero permítaseme a este respecto exponer una parte de la teoría de los impulsos a la que hemos llegado, con el psicoanálisis, después de muchas vacilaciones y tentativas. Consideramos que los impulsos del hombre son sólo de dos géneros, es decir, aquellos que tienden a conservar y unir (los llamamos eróticos, precisamente en el sentido del Eros en el Simposio de Platón, o sexuales con voluntaria extensión del concepto popular de sexualidad), y aquellos que quieren destruir y matar: estos últimos los comprendemos bajo la clasificación de instinto de agresión o de destrucción. En realidad, como ve usted, esta no es sino la transposición teórica del conocido contraste entre amor y odio, que tal vez mantiene con la polaridad de atracción y repulsión una relación de origen que sostiene una parte en el campo que le interesa. Ahora bien, no debemos empeñarnos apresuradamente en valoraciones de bien o de mal. Cada uno de estos impulsos es tan imprescindible como el otro, y de la acción concomitante y opuesta de ambos resultan los fenómenos de la vida. Pero parece que casi nunca un impulso de un género puede actuar aisladamente; va siempre unido a cierta dosis de la otra parte, de manera que forma lo que nosotros llamamos una liga, que modifica su objetivo y en ciertos casos sólo ella hace posible su logro. Así por ejemplo, el instinto de conservación es ciertamente de naturaleza erótica, pero cabalmente debe poder disponer de la agresión para realizar su propósito. Igualmente el impulso amoroso dirigido a un objeto determinado necesita un añadido de instinto de presa si quiere entrar en posesión de su objeto. La dificultad de aislar los dos géneros de impulsos en sus manifestaciones, precisamente, nos ha impedido así durante mucho tiempo reconocerlos.



En conmemoración a su nacimiento,  quiero recordar a aquel  joven Freud y  su autoanálisis, y la importancia de lo que luego Lacan llamará “Psicoanálisis en extensión y en intensión”. El recorte que traigo es de una carta que Freud escribió a Fliess, la número 149, del 3 y el 5 de diciembre del 1897 (Se puede encontrar en la página 308 de la edición de Amorrortude Las Cartas a Fliess).

“Caro Wilhelm:”…
“(…) Por momentos revolotean en mi cabeza muchas ideas que prometen realizarlo todo, parecen unir el problema sexual y el psicológico, lo normal y lo patológico. Enseguida tornan a desaparecer y no me esfuerzo en retenerlas porque se bien que su desaparecer como su aparecer en la conciencia no es la expresión real de sus destinos. Pero en esas jornadas silenciosas como la de ayer y la de hoy se hace mucho silencio en mí, terriblemente solitario. No puedo hablar con nadie sobre ello ni tampoco atarearme con deliberación y albedrío como cualquier otro trabajador. Tengo que esperar hasta que eso se mueva en mí y yo lo averigüe. Por eso caigo en ensueños muchas veces durante la jornada – Todo esto no es sino una introducción a nuestro encuentro – (…)”
“(…) Desde que estudio lo inconsciente, me he vuelto interesantísimo para mí mismo. Lástima que uno cierra su boca para lo más íntimo. “Si al fin lo mejor que sabes a los rapaces no lo puedes decir” (…)”
“(…)Que te encuentres muy bien y haz seguir pronto a esta carta chiflada una respuesta razonable.
Tu Sigm.”

Luisa Bertolino, 06 de mayo de 2020.

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