«Los cuerpos en PSICOANÁLISIS»
Queridos colegas y amigos. Buenas noches
Estoy muy feliz de reunirme con ustedes, una vez más, volviendo a encontrar sus rostros conocidos y amistosos, para intercambiar ideas sobre este tema que, por un lado es siempre actual y, por otro, en este momento, ha llamado nuestra atención de una manera especial.
Por este motivo, quiero agradecerles por la oportunidad de participar de este momento, Viernes de Zoom, que hoy, especialmente, tiene lugar El jueves. Estoy especialmente agradecido a Cecília Bach quien, junto con Alvaro Tulaniche y Luisa Bertolino, formuló la invitación.
Realmente me gustó la ilustración del afiche para esta actividad, con la imagen de un supuesto analisante buscando su imagen en el espejo. Quizás esta sea la búsqueda de muchos analisantes, pero lo estoy enfatizando también por otras razones. Me recordó a El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Leída en mi juventud, la historia de la imagen que envejece en el lugar de la persona retratada, adquiriendo todas las características del mal, no admitidas en la conciencia del modelo, parecía fantástica. Más tarde, un poco más lejos de la novela, entendí en la narrativa la falta de auto reconocimiento al observar las transformaciones de la imagen, tal vez debido a la observación de que si el cuerpo envejece, el alma no, al menos no al mismo ritmo.
Además, la imagen del afiche está marcada por el humor. En lugar del analista, un espejo. Por supuesto, es una broma, un chiste, pero eso, a menudo, es una expresión de angustia y como tal, requiere nuestra atención. Los espejos, en muchas culturas antiguas, se interpretan como símbolos de la verdad, incluso si es solo la verdad de la inutilidad del mundo de las formas, un recurso que dicen traducir la verdadera naturaleza de Buda. Su etimología, según Corominas, remonta a especulum, derivado de specere, que en español da mirar y en portugués olhar. Y este mirar es especialmente para las estrellas. Las estrellas se especulan porque en ellas, incluso hoy, como muchos todavía lo creen, los destinos de los hombres están ay escritos.
Cecília también tuvo la amabilidad de enviarme algunas notas sobre las discusiones que se habían celebrado en reuniones anteriores sobre el tema. Comenzó con una pregunta expresada por Lacan en su Seminario sobre La Angustia: ¿es el sujeto un alma o un cuerpo? Si la pregunta fuera dirigida a Platón, quien creía que el alma le daba forma al cuerpo, podría entenderse de la siguiente manera: ¿es de mayor importancia la forma de los constituyentes o la del producto terminado? La respuesta tiende a favorecer al cuerpo, en la medida en que da lugar a la preocupación central de estos encuentros: la presencia de cuerpos en el análisis.
La presencia tiene que ver con presidir, y deriva del latín praesǐdere, que significa sentarse delante, una etimología válida tanto para el portugués como para el español. También, en ambos idiomas, cuando nos preocupa la presencia, surge la cuestión del presente, que, además del tiempo verbal, también puede connotar, como sustantivo, un regalo, un regalo que se le da a alguien cuando quiere honrarlo, cuando se le quiere alabar.
Entonces, cuando se trata de presencia, se debe hacer una distinción entre una entrevista y una sesión psicoanalítica. Hablando estrictamente, en una entrevista, tenemos la presencia etimológica de un cuerpo frente al otro, una situación que en la sesión psicoanalítica ha sido elidida. Fue para este propósito que recordé otra broma humorística, una anécdota que habría sucedido con Sofía Loren, alrededor de 1960, cuando la artista tenía veintiséis años. Ella era ya una estrella y, muy católica, comulgaba regularmente con un viejo párroco de su vecindario, en Roma. Para ese día, el día del episodio, estaba de visita al Vaticano, con un pequeño grupo de amigos, al mismo tiempo en que el Santo Padre Angelo Giuseppe Roncalli, tan querido y respetado, estaba oficiando; y todos fueron a la misa, escucharon la plática con devoción y luego se unieron a la cola para recibir la comulgación del mismo Papa Juan XXIII. Y allí estaba él, consagrando a las hostias, una por una, elevándolas al cielo con ambas manos, mientras recitaba el clásico Corpo de Dio, y luego la descansaba en la lengua del penitente. Y así andaba el Papa, Corpo de Dio, Corpo de Dio, dando la comulgación a cada uno, hasta que llega el turno de la ya famosa Sofía Loren, con un discreto escote, pero cubierto con un pañuelo de encajes negros; una visita inesperada, incluso al Papa que, tomado por sorpresa, deja que su oración se deslice al revés. En lugar de Corpo de Dio, le sale: – Dio, ¡qué corpo! – Quiero decir, el cuerpo es de verdad algo que se impone.
Sabemos que, para Lacan, el cuerpo es del orden de lo imaginario. Supongo que lo aprendió de Charles Baudelaire. Su admiración por Poe, el Poe de su PurloinedLetter, me hace pensar que sí. Fue Baudelaire quien, en sus Escritos sobre el arte, vio en la imaginación del hombre el sentido moral del color, del contorno, del sonido y del perfume. Para este poeta maldito, fue la imaginación la que, en el comienzo del mundo, creó la analogía y la metáfora. Para él, la imaginación era la reina de las facultades. También recordamos el significado, tan querido para nosotros, de la expresión lacano-americanos, atribuida por Lacan a aquellos que lo conocieron por la letra, aquellos para quienes su figura, es decir, su cuerpo, no sirvió como pantalla. Su argumento es un símil de la situación analítica, en la que se busca elidir el cuerpo, precisamente para no servir de pantalla al analisante. De hecho, no creo que sea demasiado pensar en esta pantalla como un sinónimo o, al menos, como un apoyo a la resistencia del analisante. (Soy consciente de que Lacan atribuyó la resistencia al analista, pero también creo que esta será otra historia). Lo importante es que el cuerpo conduce a lo imaginario. Está hecho de imaginación.
Escuchen este verso de Walt Whitman, en la parte 5 de su Canción de mí mismo, Song of myself:
Recuerdo cómo nos acostamos en una mañana transparente de verano,
Cómo descansabas tu cabeza en mis caderas y la girabas dulcemente hacia mí,
Y abriste el pecho de mi camisa, y zambulliste tu lengua hasta que tocó mi
corazón desnudo […]
I mind how once we lay such a transparent summer morning,
How you settled your head athwart my hips and gently turn’d over upon me,
And parted the shirt from my bosom-bone, and plunged your tongue to my
bare-striptheart […].
Como se puede imaginar, el cuerpo es más que su volumen, más que su forma. ¿Recuerdan el dibujo de El Principito, Le petit Prince, de Saint-Exupéry, que parecía un sombrero pero era una serpiente que se había tragado un elefante? Pues yo, en los últimos días, vi una fotografía de un joven, pero con una barriga tan grande, pero muy grande de verdad, acompañada de un texto el cual decía que el personaje había comido tanto, durante la pandemia, que terminó tragándose a su esposa y a dos hijos.
Pues entonces, si el cuerpo del analista ya estaba fuera de la mirada del analisante, que ya no estaba sentado al frente, ahora, causado por la contingencia de la pandemia, el cuerpo del analisante también ya no está presente. Sin embargo, si previamente estuvo presente en el espacio de la consulta, esto no significa necesariamente que haya estado presente en la mirada del analista. En cuanto a mí, aprendí desde muy temprano a privilegiar la escucha. La sorpresa de Ernst Jones por el hecho de que Freud escuchaba a sus pacientes, algo que hasta entonces ningún médico lo hacía, dio lugar a pensar en el origen hebreo del psicoanálisis debido a su privilegio de escuchar a los cantares y a las escrituras, en lugar del gusto por la contemplación griega de las esculturas. Pero eso no es todo. Hay un momento inicial y un momento final en cada sesión, cuando el analista y el analizado se encuentran y se miran. No importa que este encuentro sea con o sin apretón de manos, incluso es algo que podemos discutir, pero lo importante es que estos momentos existen, y son tan importantes como la mayúscula inicial de una oración – con sus verbos, sustantivos, objetos, adjetivos, oraciones primarias y secundarias con todos sus tropos –, y su punto final. En estos son momentos, mismo los olores son contemplados. ¿Y eso es importante?
Es que esta pregunta me lleva a un congreso de psicoanálisis en elque un colega mencionó su práctica de atención por teléfono. Esto, hace muchos años, en un momento en que la pandemia era solo una cuestión de historia y libros. ¡Fue una gran sorpresa para mí! Más tarde me enteré, por otros colegas que lo conocían mejor, que esta era su práctica habitual. Pero, en el momento de la presentación, cuando le pregunté por qué lo hacía, su respuesta justificó la práctica diciendo que estos analisantes vivían lejos y los viajes eran caros y laboriosos, lo que les tomaba mucho tiempo. ¿Un hombre humanitario, caritativo? Creo que sí, aunque no creo que este sea el propósito del psicoanálisis. Lo importante – como dijo Luisa Bertolino en su publicación, en la página web de Red –, es la posición subjetiva desde la que escucha el analista, y la caridad no suele ser una referencia. Recuerdo a Lacan hablando de la importancia del cauri.
Las notas de Cecilia también mencionan las llamadas de Skype y me gustaría saber un poco más sobre esta modalidad, porque en ella, como me informan, también existe la posibilidad de que el analista y el analisante se vean. Mi prejuicio dice que nuestra evitada entrevista puede regresar allí. Por eso, debido a que la contingencia también me obligó, tuve que elegir los atendimientos a la distancia, pero no con el objetivo de facilitar las cosas, sino porque era la única forma posible, y por eso, he preferido atender por teléfono, sin una imagen mediante.
Bueno, mis notas no agotan las de Cecilia. Tocan solo una pequeña parte de una gran cantidad de puntos relevantes ya discutidos por ustedes y, si corresponde, podemos volver a ellos.
Gracias.
Luiz-Olyntho Telles da Silva.
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