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«Homo y Fêmina»

Octubre / Noviembre de 2009

Del “Homo homini lupus”, extraído del tiempo de Plauto, y dicho en el de Hobbes, hay algo que quiero interrogar. Este “Homo”, este hombre que es un lobo para otro hombre, ¿incluye a la fêmina?, ¿es que este “homo” lo tenemos que tomar por el universal del ser humano?

Supongo que en esos tiempos fue tomado como un universal, pero hoy quiero remitirlo al hombre, al macho de nuestra cultura, dado que fue ejemplo de la forma completa de lo universal.

No podemos seguir confundiéndonos en esto, no sólo no puede ser el portador de la forma completa de la condición humana, sino que algunas de sus características, imputables a todos los seres, no son las de las fêmina(s), o de las mujeres.

Las pasiones de los hombres, propias de su condición, no son las de las mujeres, por lo que esto lo tenemos que afinar en nuestra elaboración. ¿Quiénes determinan las guerras?, ¿quiénes combaten?, ¿de qué género provienen la mayoría de los asesinos?, ¿acaso no es de este “homo”, me refiero al hombre, o a los hombres?

La forma final del enfrentamiento de un hombre a otro sujeto es la guerra, la destrucción del otro. Y en estos niveles lo hace desarrollando una pasión que es propia de su posición masculina.

Así es que encontramos que la moral del honor, esa que hace sentir a un macho como “todo un hombre” surge de la exclusiva identificación fálica y del rechazo de la falta. El honor, la moral y el superyó masculino se sostienen de un goce, de un mandato social al cual los hombres se encuentran atados. Y se apasionan por mostrar que están a la altura de su “alta dignidad”, por supuesto, de la “alta dignidad” de ser hombres y no pertenecientes al otro género.

Sabemos que para el hombre, no cumplir con el mandato superyoico no es ponerlo en falta, sino fallar; se trata de un hombre fallado, por lo que, es mejor antes de que ello ocurra, morir dignamente. Lo que no deja de ser parte del mandato.

Por el contrario, al romper con la obediencia superyoica a través de un análisis, el hombre se libera de la influencia totalitaria y criminógena del superyó. Porque el superyó, en su figura feroz, como nos enseñó Lacan, opera reduciendo al sujeto, al signo, para realizar su mandato de goce más allá de la castración. Allí donde está en juego lo que un sujeto “se dice a sí mismo”, lo que la voz interior le susurra o le grita, y finalmente lo que las voces alucinadas le insultan.

Para las mujeres su “juego” es otro, se involucran al hacer su deseo del deseo del otro, al querer ser aceptadas y queridas por lo hombres, por ese sujeto que las participa de su juego. Son las posiciones propias del dominio y de la sumisión. Las mujeres juegan así, el juego del otro. Sabemos que los hombres son también prisioneros e, irónicamente, víctimas de la representación dominante, por más que sea conforme a sus “intereses”.

Quiero señalar, que inclusive en la mitología romana de donde proviene el “Homo homini lupus”, hay una diferenciación respecto al “lupus”, ya que la loba, está unida a la vida y a la creación. Roma la identificó con uno de sus mitos fundacionales:

Rea Silvia, hija de Numitor, el rey de Albalonga, se hizo vestal, sacerdotisa de la diosa del hogar, Vesta; cuando su tío Amulio destronó a su padre. El voto de castidad obligatorio para las vestales fue quebrantado por Rea Silvia ya que tuvo con Marte dos mellizos. Por ello Amulio, el nuevo rey, la condenó a muerte y a los mellizos a ser arrojados al río Tíber que atraviesa Roma.

Pero los esclavos encargados de cumplir el castigo se apiadaron de los pequeños y dejaron la canasta en la orilla del río. Cuando una loba se acercó al río a beber oyó los llantos de los niños y los amamantó hasta que el pastor Fausto se hizo cargo de ellos. Cuando se enteraron de la verdadera historia de su nacimiento, mataron a Amulio y restauraron en el trono a su abuelo Numitor.

Abandonaron el reino de Albalonga y decidieron fundar una ciudad en el sitio donde fueron encontrados. Rómulo trazó el contorno de la ciudad con un arado y juró que mataría a quien franqueara las imaginarias murallas de Roma. Su hermano Remo pensó que la amenaza de Rómulo no sería efectiva y cruzó la línea. Rómulo mató a su hermano y se convirtió en rey de la nueva ciudad. Estos hechos dicen que sucedieron hacia el año 754 a.C.

Vean ejemplarmente, en esta leyenda romana  a dos lobos, un lobo y una loba. La loba que alimenta y mantiene con vida a quienes lo necesitan, origen de la creación romana, y a un hombre, lobo de su hermano,  homi – cida, de homo (hombre) – cidium (deriv. caedere “golpear”). Por lo que el sentido latino del “lupus”, como ven, cambiaba, según si se trataba de un hombre o de una mujer.

Pienso que estamos en el tiempo de plantear una paradoja que quiero señalar: la mujer en falta, en déficit a partir del falo, la llamada no-toda-fálica por Lacan en “Encore”, es la que precisamente por eso, está en mejores condiciones de anudamiento borromeo de la estructura. Es por eso, que el análisis lo pensamos como el camino que recorremos desde la falta fálica a la castración del Otro, lo que implica el encuentro con el esencial des-ser. Donde no hay una identidad plena, ya que estamos entre el ser y no ser.

Y esta posición femenina ante la falta, al cambiar el sentido del signo, y la llamada “debilidad del superyó de las mujeres”, hacen que su pasión, cuando no están en una posición fálica, sea diferente a la de los hombres.

Quiero precisar una vez más, que en el uso retórico de “hombre” y “mujer” y sus diferencias, hago hincapié en la posición subjetiva de cada uno en relación al falo y a la falta. Por lo que, aunque generalizamos, esta posición siempre es del orden de lo particular. En  la historia encontramos muchos ejemplos donde lo particular contradice lo que aspiramos a formular generalizando.

Para finalizar, insisto en lo siguiente, la incompletud, cuando es consecuencia de un descompletamiento, es tan necesaria para el ser humano, que es el motor de todos sus avances, del amor, del deseo, y del saber. Y también, del análisis.

Poner la falta en juego, es una condición para que todo sujeto transforme los signos en significantes, lo que permite abordar al objeto por fuera del mecanismo de la Renegación.

Ricardo Landeira.

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