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«El Pecado del Padre»

No hay nada nuevo bajo el sol, y la eterna repetición de las cosas es la eterna repetición de los males. Cuanto más se sabe más se sufre. Y el justo como el perverso, nacidos del polvo, en polvo se vuelven.

EÇA DE QUEIROZ, Las ciudades y las sierras.

 Alá quita el juicio de los chiflados para que no pequen.

MACHADO DE ASIS, El Alienista.

El propósito de esta exposición es hacer un comentario a una observación de Lacan, cuando está tratando de uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis en los primeros capítulos del Seminario dedicado al tema – la repetición –, aunque esta prioridad, como bien saben, sea sólo retórica, pues en la vida todos los conceptos aparecen intrincados, lo que equivale a decir que uno no es sin los demás.

Y es por hablar de la vida que muchas veces se confunde el psicoanálisis con una Weltanshauung, con una visión de mundo. Pero no, la teoría psicoanalítica está construida sobre el setting analítico. Interesa al psicoanálisis lo que pasa en la sesión psicoanalítica, aunque, para su comprensión, muchas veces tengamos que buscar recursos extramuros. Es por eso que podemos decir que, de inicio la red de significantes está dada, como afirma Lacan. No estamos hablando de la constitución del sujeto sino de las formaciones del inconsciente. Sabemos que las cosas se repiten. Algunas porque son buscadas y otras porque no se las puede evitar. A los niños les gusta oír siempre las mismas historias, mientras que los adultos tienden a sentirse molestos con la repetición sin diferencia. Para los niños, la repetición del mismo les da seguridad y tranquilidad. Las historias que se les cuentan antes de dormir, necesitan ser repetidas palabra por palabra y rechazan cualquier modificación. Incluso los pasajes más tenebrosos necesitan ser repetidos ipsis verbis, pues, por peores que sean, son siempre mejores que sus propios pensamientos. En cuanto a los adultos, éstos exigen la diferencia. Esta es una consecuencia del ingreso en el campo de la cultura, en el campo del padre, digamos así porque, mientras la maternidad puede ser observada y comprobada, la paternidad es siempre un dato de la cultura, la cual incluye el conjunto de todos nuestros conocimientos transmitidos de generación en generación. Su particularización se da por áreas y muchas de ellas estructuradas como ciencias.

Habrán notado, en sus lecturas, que Lacan, en ese momento de su Seminario, parece entusiasmado con la posibilidad de incluir el psicoanálisis en el campo de las ciencias porque, después de todo, las ciencias siempre tienen un maestro, y para Freud, él reconoce, no se puede recusar este lugar. En ese momento, Lacan ya sabe de la importancia del habla e incluso critica a los analistas que desprecian o critican su valor, pero es solo diez años más tarde, sin embargo, cuando hace algunas conferencias en el Estado de Massachusetts, que él abre el ciclo afirmando, con todas las letras, que la lingüística sería el lugar por donde el psicoanálisis podría engancharse en el campo de la ciencia. Pero no, el psicoanálisis no es una ciencia sino una plática, definida ésta como la conversación que se da entre dos personas a medida que se frecuentan. Es en ese encuentro singular, eminentemente discursivo, que la cadena significante ya está. Otro motivo que me ocurre para apartar al sujeto del campo de la ciencia, ese sujeto que lo conocemos gracias a Descartes, como dice Lacan, pero cuyas raíces ya están en Cicerón y San Agustín, es el hecho de él hacer obstáculo al avance de la ciencia. Las diferencias en la acuidad de observación de los científicos, los llevó a crear una fórmula que les anulase.

Recordemos que el concepto de plática tiene también una vertiente religiosa. El momento de la plática es cuando, en la misa, el sacerdote hace el sermón. No se sorprendan con la mención de la religión. Ella es un recurso siempre presente en el campo del conocimiento. Cuando nos encontramos con lo inexplicable, las divinidades son convocadas. La construcción de la Gnosis se da así, recuerda Lacan, al aproximar el conocimiento místico de los gnósticos primitivos al epígrafe tomado por Freud de los versos de la Eneida para su libro La interpretación de sueñosFlectere si nequeo superos, Acheronta movebo. En ese camino, Lacan se recuerda de Emilio Servadio que, en el año 1932, estuvo entre los fundadores de la Sociedad Psicoanalítica Italiana y que fue un apasionado, durante toda su vida, por la parapsicología y por los fenómenos físicos del espiritualismo. Pues a mí me parece que el fenómeno subyacente a esta preocupación con la intervención del más allá consiste en el paso de la naturaleza a la cultura. El significante, él es dado por la naturaleza, pero la cultura encontró un medio de servirse simbolicamente de él y de operarlo. Es de la combinación de estos significantes que se forma la estructura que da su estatuto al inconsciente, una estructura que tiene en la discontinuidad una de sus marcas y permite a Lacan asociar el Unbewuste freudiano con el Unbegriff, traducido por él como concepto de la falta, pero que también le permite transliterarlo como une bévue, un engaño. Uno dice una cosa, otro escucha otra.

Mientras que para Freud el inconsciente es una parte del aparato psíquico, aunque la parte mayor, y él se vale de la metáfora del iceberg para representar, en su parte sumergida, al inconsciente, para Lacan el inconsciente tiene que ver con la relación del sujeto al Otro. Allí, en esa relación, es que aparecen las obscuridades evocadoras del mundo del más allá. Para Lacan, el ejemplo princeps es el del sueño de apertura del capítulo VII de La interpretación de sueñosPadre, ¿no ves que estoy ardiendo?

Para buscar las respuestas al enigma abierto por la pregunta del sueño, Lacan sugiere la tragedia de Hamlet. Y cuando tomamos en cuenta que la pregunta del hijo aparece en el sueño del padre, podemos considerarlo como una interpretación de lo ocurrido (el hijo muerto está realmente ardiendo porque le cayó una de las velas funerarias). Claro! Pero no sólo. Se quema también por el peso de los pecados del padre, pecados por los que ya se imaginaba en el infierno. Estas, por cierto, son, prácticamente, las mismas palabras del fantasma del Rey Hamlet: cuando cuenta su tragedia al hijo para pedirle venganza, él dice haber sido muerto en la flor de los pecados. Cut off even in the blossoms of my sin. Cuando la crítica analiza este verso suele decir que, para su comprensión, él necesita ser leído junto con los versos siguientes:

Fui cortado en la flor de mis pecados

Sin comunión, desprevenido, sin extrema unción,

Sin rendir cuentas, pero enviado para el juicio

Con todos los pecados pesando en mi cabeza.

Cut off even in the blossoms of my sin,

Unhousel´d, disappointed, unanel´d,

No reckoning made, but sent to my account

With all my imperfections on my head.


El profesor Élvio Funck – que está traduciendo toda la obra de Shakespeare a la Editora Movimento –, llamó mi atención hacia la metáfora del árbol que fue cortada en pleno florecimiento, es decir, en la fase en que muestra su mayor vigor, mayor aún que cuando da sus frutos. De un lado, entonces, tenemos que el Rey dice haber sido muerto cuando sus pecados eran más abundantes, y morir de repente, durante el sueño, sin tiempo para hacer una buena confesión, era la gran tragedia. Morir en estado de pecado mortal, sin haberse confesado al sacerdote, era un camino directo al infierno, condenación a la pena eterna. Aunque los pecados sean siete, diría que los primeros a ser recordados son los de la carne, la lujuria. Pero tenemos que considerar también que, en la época, el mayor vigor sexual se daba entre los 20-25 años; después de eso ya venía el declive. Al morir, sin embargo, el Rey debía caminar entre los 45 y los 50 años, cuando su potencia supuestamente debería haber decaído por completo. Al ser envenenado, el Fantasma del Rey dice sentirse como un árbol que fue cortado, un árbol que, al sufrir el corte, florecía en pecados. Equivale a decir que, al comer el fruto prohibido, el veneno en él contenido lo transmuta en pecado. La floración a la que se refiere ya no era de su potencia. Al retirarse a la siesta, en el jardín, el Rey era un hombre triunfante, había regresado hace poco de la campaña contra Fortimbrás, el Rey de Noruega. Huérfano, el príncipe Fortimbrás, quiere venganza para recuperar las tierras, y el reino de Dinamarca se arma para defender al conquistado. Muerto, su Fantasma todavía porta la armadura usada en la batalla, lo que nos lleva a pensar haber muerto preocupado, temiendo, quizá, ser tomado por la vanidad y la ira. La Prof. Dulcinea Santos, estudiosa de los clásicos, ve en la armadura ahí presente un símbolo de la vida ética, del deber y del triunfo de la voluntad, de la cual ya no es potente. En cualquier caso, podemos suponer que soñase. Es un juego de espejos: mientras un Príncipe (Fortimbrás) quiere vengar a un Rey, otro Rey, ahora muerto, pide al Príncipe (Hamlet) que lo vengue. La angulación de los espejos permite que las imágenes del odio, de la venganza y del amor imposible se multipliquen al infinito. Tuviera Lacan, en este momento de su Seminario, indicado el mito de Edipo, habríamos asociado con la Ley del Padre – como yo, serás; como yo, no serás –, y el pecado del padre estaría en la falla de la interdicción al incesto. Sin embargo, para comprender la angustiosa unión de padre e hijo, por medio del pecado soñado por el padre y dejado al hijo como herencia, Lacan nos aconseja recurrir a Kierkegaard, y está allí, en El concepto de angustia. Para este pensador, el pecado transmitido como herencia, de generación en generación, es el pecado adámico. Lacan nos dice ahí para mirar un poco atrás, en la historia de la humanidad, para comprender mejor al Edipo, pues fue con ese pecado originario que adentró al mundo la pecaminosidad. Es necesario dejar claro que, como estado de potentia – su determinación cuantitativa –, el pecado no es, mientras que de actu o en actu – su determinación cualitativa –, es y vuelve a ser. El pecado, pues, es realidad efectiva, wirklichkeit, es acto. 

Coincidentemente, el pecado – del que nos vamos a ocupar –, en la medida en que es objeto de aquella predicación en que habla el individuo, como el individuo que se dirige al individuo, como pondera Kierkegaard, tampoco tiene su lugar en ninguna ciencia. Su lugar de enganche sería la Ética, aunque, dice, si esa ciencia lo acogiera, ella perdería toda su idealidad.

Al desobedecer a la ley divina, de no comer del fruto del árbol del bien y del mal, Adán se alejó de la gracia de Dios. Como se ve, Shakespeare lleva al Rey de vuelta al Edén y lo pone otra vez a soñar. Y el árbol, como se lee en Génesis 2:9, es el de la ciencia y está colocado al lado del árbol de la vida, que está en el centro del jardín. En algunas traducciones, ambas forman el centro, y también se puede entender que el segundo especifica el primero, como se lee en Génesis 3:3 y 3:24. De modo que el gran pecado del padre, la violación de la ley divina, consiste en la afirmación de su voluntad de saber. De este modo, podríamos incluso decir que los mencionados versículos del Génesis se constituyen en un elogio a la curiosidad intelectual del hombre, pues, sin ese pecado, la vida, tal como la conocemos, nunca habría existido. Lo que esta metáfora nos revela, sin lugar a dudas, es un acto de rebeldía. La insatisfacción con lo que está nos lleva en busca de lo que no está. Al representar lo que se sabe cómo inscrito en un círculo y lo que no se sabe por fuera de esa esfera, podemos comprender que a cada conquista de un nuevo saber, crecerá la esfera del conocido y también aumentará el área de contacto de lo conocido con lo desconocido proporcionando, a cada avance, el reconocimiento del aumento gradual del no sabido frente al conocido. Cuanto mayores, menores seremos frente a lo desconocido. Cuanto más sé, reconozco que no sé. Viajando por las estrellas, podemos ver el diminuto tamaño de nuestro acuario.

Antes de proseguir, hagamos un pequeño intervalo para examinar la palabra pecado. Del latín peccare, antes de adquirir el sentido de transgresión de precepto religioso, hacia el siglo XIII, connotaba engaño y tropiezoIn syllaba peccare significa engañarse en una silaba y equus peccat quiere decir que el caballo tropieza. El sentido moral del término, al parecer, nació como una metáfora añadida, a su vez, a la metáfora adámica. En algún momento, para explicar la siempre enigmática origen del hombre, alguien – quizás el propio Moisés –, usó la figura de Adán, hecha del polvo, y la de Eva, hecha de los sueños del Adán, y pareció tan buena que la posteridad la congeló y hasta la petrificó en distintos lugares, como por ejemplo, en las columnas que conforman los marcos de las puertas de entrada de la iglesia de Orvieto, la misma que, por sus frescos, Freud se dejó fascinar. Pero, una vez congelada, la metáfora pierde su valor primero, y es denominada – en la nueva retórica (Chaim Perelman) –, de metáfora-palabra, por oposición a la metáfora-viva. En cuanto esta, según Benveniste, es en la secuencia de su coaptación que las palabras adquieren valores que en sí mismas no poseían y que son incluso contradictorios con los que poseían en otra situación. Es este valor instantáneo, provisional, que le da vida. Pasado su uso instantáneo, sin embargo, adquiere el mismo valor de un signo y, como tal, la gente tiende a darle crédito. Ninguna conquista es sin angustia, pues el resultado de la batalla sólo es conocido après coup. Hasta el final, vigora la angustia de la incertidumbre. Además, el árbol de la vida fue siempre interpretado como símbolo de la inmortalidad. Fue por haber probado de su fruto que el hombre se tornó mortal. Así podemos pensar en la prohibición al saber cómo un modo de evitar la angustia de castración. La vergüenza de la desnudez puede haber sido el modo de expresar el reconocimiento de la diferencia, inicio de la cultura. Pero la pequeñez del hombre fue asociada a la sexualidad – no a su escaso conocimiento –, y luego su condena parecía ser por eso. No por casualidad el conocer bíblico connota un acto sexual.

Y ahora, para terminar, retomando el epígrafe de Eça, cuando dice que no hay nada nuevo bajo el sol, quiero contarles que, al escribir el texto, mi musa estuvo encarnada en un analisante que, por recordar poco de su infancia, la repetía, así como afirmaba Freud. El análisis de los recuerdos de la infancia, no raramente encubridores de lo reprimido, abre la posibilidad al sujeto de incorporarlas a su vida de un modo más pleno. Si los hechos que se repiten, como en la perspectiva de Eça, dicen de un Real que está siempre ahí, las posibilidades de lectura de estos hechos, ofrecidas por el Simbólico, siempre están siendo renovadas. Y no debemos olvidar que las fuentes del Imaginario, como decía Freud de los orígenes del sueño, comparándolas al filamentoso micelio de los hongos, son siempre plurideterminadas.

Es eso. Missa est.

Luiz-Olyntho Telles da Silva.

Segundas Jornadas de la Red Lacaniana de Psicoanálisis 14 de abril de 2018

[1] Apresentado às 2as Jornadas de Psicoanálisis Lacaniano “Fundamentos del Psicoanálisis”, una promoción de la Red Lacaniana de Psicoanálisis. Montevideo, 13-14 de abril de 2018.

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