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«El Otro goce, un goce místico»






LADO HOMBRE LADO MUJER

(El Seminario XX, Aún, cap. VII ‘Una carta de almor, Ed. Paidós, pág.95)

Del lado hombre, dice Lacan, donde todo x es función de phÍ de x aborda a la mujer; a menos que haya castración, es decir, algo que dice no a la función fálica, no existe ninguna posibilidad de que goce del cuerpo de la mujer, de que haga el amor.

La experiencia analítica arroja este resultado, lo cual no impide que el hombre pueda desear a la mujer de todas las maneras, aun cuando esta condición no se cumpla. No sólo la desea, también le hace toda suerte de cosas que se parecen asombrosamente al amor.

Al contrario de lo que formula Freud, el hombre – el macho- sin saber qué hacer, aun siendo un ser que habla -, el hombre es quien aborda a la mujer, o cree abordarla. Sin embargo, sólo aborda la causa de su deseo, que se designa con el objeto a. El acto de amor es eso. Hacer el amor, tal como lo indica el nombre, es poesía. Pero hay un abismo entre la poesía y el acto. El acto de amor es la perversión polimorfa del macho, y ello en el ser que habla.

Del lado mujer, cuando Lacan escribe negando el cuantor que se lee para todo (letra A al revés) está en phí de x, introduce el no-todo del lado de La mujer sin olvidar que no existe La mujer como Universal, por eso escribe ese La tachada, no hay La mujer puesto que – por esencia – ella no toda es.

Ese la es un significante. Con ese la simbolizo el significante del cual es indispensable marcar el puesto, que no puede dejarse vacío. Este la es un significante al que le es propio ser el único que no puede significar nada, y sólo funda el estatuto de la mujer en aquello de que no toda es. Lo cual no nos permite hablar de La mujer.

Sólo hay mujer excluida de la naturaleza de las cosas que es la de las palabras, y hay que decirlo: si de algo se quejan actualmente las mujeres es de eso, sólo que no saben lo que dicen, y allí reside la diferencia entre ellas y yo.

Si la naturaleza de las cosas la excluye, por eso justamente que la hace no toda, la mujer tiene un goce adicional, suplementario respecto a lo que designa como goce la función fálica.

Notarán que dije suplementario. ¡Dónde estaríamos si hubiese dicho complementario! Hubiésemos ido a parar otra vez al todo.

Las mujeres se atienen al goce de que se trata, y ninguna aguanta ser no toda; nos equivocaríamos si no vemos que, en líneas generales, y en contra de lo que se dice, son ellas, después de todo, las que joden a los hombres.

El hombre de pueblo llama a su mujer la doña. Y eso es lo que quiere decir. El pisado es él, no ella. El falo, o su hombre, como ella lo llama, no le es indiferente, cosa requetesabida desde Rabelais. Sin embargo, la mujer tiene distintos modos de abordar ese falo, y allí reside todo el asunto. El ser no-toda en la función fálica no quiere decir que no lo esté del todo. No es verdad que no esté del todo. Está de lleno allí. Pero hay algo de más.

Hay un goce del cuerpo que está más allá del falo que daría verdadera consistencia al MLF. Un goce más allá del falo…

Hay un goce de ella, de esa ella que no existe y nada significa. Hay un goce suyo del cual quizá nada sabe ella misma, a no ser que lo siente: eso sí lo sabe. Lo sabe, desde luego, cuando ocurre. No les ocurre a todas.

Lo que da cierta plausibilidad a lo que propongo, que de este goce la mujer nada sabe, es que nunca se les ha podido sacar nada. Llevamos años suplicándoles, de rodillas suplicándoles a las psicoanalistas – que traten de decírnoslo, ¿y qué?, pues mutis, ¡ni una palabra!

No pretende Lacan hablar de la pretendida frigidez, pero hay que dar cabida a la moda en lo que concierne a las relaciones entre los hombres y las mujeres. Es muy importante. Claro que todo eso, en el discurso de Freud, lamentablemente, y también en el amor cortés, está recubierto por consideraciones menudas que no han dejado de hacer estragos: sobre el goce clitorideano, vaginal, y se habla del polo posterior del útero. Si la mujer simplemente sintiese este goce, sin saber nada de él, podrían albergarse muchas dudas en cuanto a la famosa frigidez.

Esto es un tema también literario y de los filósofos en cuanto al amor. A la postre, naturalmente el cristianismo terminó inventando un Dios que es quien goza.

Lacan leyó de un tirón a Hadewijch d’Anvers, una begüina, una mística. La mística es una cosa seria y sabemos de ella por ciertas personas, mujeres en su mayoría, o gente capaz como San Juan de la Cruz, pues ser macho no obliga a colocarse del lado del para todo x phí de x. Uno puede colocarse también del lado del no-todo. Hay allí hombres que están tan bien como las mujeres. Son cosas que pasan.  Y no por ello deja de irles bien. A pesar, no diré de su falo, sino de lo que a guisa de falo les estorba, sienten, vislumbran la idea de que debe de haber un goce que esté más allá. Eso se llama un místico.

Ya hablé de otros que no estaban tan mal tampoco, por el lado de la mística, pero que se situaban más bien del lado de la función fálica, como Angelus Silesius, por ejemplo: confundir su ojo contemplativo con el ojo con que Dios lo mira tiene que formar parte, por fuerza, del goce perverso.

Con la tal Hadewijch pasa como con Santa Teresa: basta ir a Roma y ver la estatua de Bernini para comprender de inmediato que goza, sin lugar a dudas. ¿Y con qué goza? Está claro que el testimonio esencial de los místicos es justamente decir que lo sienten, pero que no saben nada.

A fines del siglo XIX, en la época de Freud, Charcot y otros, buscaban afanosamente reducir la mística a un asunto de puro joder. Bien mirado, la cosa no es así. Ese goce que se siente y del que nada se sabe ¿no es acaso lo que nos encamina hacia la ex – sistencia? ¿Y por qué no interpretar una faz del Otro, la faz de Dios, como lo que tiene de soporte al goce femenino?

Como todo eso se produce gracias al ser de la significancia, y como ese ser no tiene más lugar que el lugar del Otro que designo con A mayúscula, se ve el estrabismo de lo que ocurre. Y como también se inscribe allí la función del padre por referirse a ella la castración, se ve que con eso no se hacen dos Dioses, aunque tampoco uno solo.

No por azar descubrió Kierkegaard la existencia en una nimia aventura de seductor. Pensaba tener acceso a ella castrándose, renunciando al amor. Pero quizá, después de todo ¿y por qué no? También Regina existía. Y tal vez por intermedio suyo Kierkegaard tuvo acceso a esa dimensión: el deseo de un bien en segundo grado, un bien cuya causa no es un objeto a.

(mi lectura del ítem 3 del capítulo VI Dios y el goce de La (tachada) mujer, págs.88-93, clase del 20 de febrero de 1973.)

S (A tachada) se lee como el significante de la falta en el Otro e indica una ausencia de tal modo que, si el Otro goce no tiene significante, el sujeto sólo puede estar allí en tanto ausente. Puede experimentarlo pero ningún saber se puede inscribir respecto de él. Por estar fuera del lenguaje, el Otro goce no puede asegurar un complemento al goce fálico que depende enteramente del lenguaje. El Otro goce no es una extensión del goce fálico, tiene con éste una relación de infinitud. Se puede ilustrar, dice Lacan, con la paradoja de Zenón referida a la carrera de Aquiles con la tortuga: “Aquiles y la tortuga, tal es el esquema del gozar de un lado del ser sexuado (…). Aquiles no puede sino rebasar a la tortuga, no puede alcanzarla. No la alcanza sino en la infinitud”.

(mi lectura de Contexto en psicoanálisis, (2004) “Los goces” en Daniel Gerber ‘La perversión y el goce de Dios’, págs..63-66, Ed. Lazos, Bs.As., Argentina).

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Psicoanalista Sergio Abreu

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