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«Búsqueda, Amor, Mujer»

Desde los tiempos más remotos la mujer y el amor están unidos por historias fantásticas, de sueños, deseo, locura y pasión. Pensemos en Romeo y Julieta cuando estos dos jóvenes dan fin a sus vidas para hacer de su amor eterno.

Como sabemos el amor se escribe, entre simbólico e imaginario a través del discurso, viene del inconsciente. Lacan hace referencia a la idea del amor como complemento, plantea que desde lo real uno no completa a otro, porque el objeto de amor solo puede hacer semblante con lo que no tenemos.

Sabemos que masculino y femenino no necesariamente guardan una equivalencia con el pene y la vagina. Pero hay algo que esta antes del sujeto, algo que lo trasciende y lo hace estar, nacer y crecer. Es el lenguaje. El lenguaje da vida o muerte a un ser. Es desde aquí que se nombra y se coloca a un sujeto en su condición de masculino o femenino.

La mujer es presentada como no toda siendo así como se presenta ante el amor. Ella interpela desde este lugar.  Este no toda, nos indica que no constituye uno, total, completo, sino que la mujer es cada una, ya que su inscripción dentro de la función fálica no es completa, hay algo que escapa. 

La mujer es una y más de una. Así como la pluma baila al ritmo del viento, la mujer entra a la femineidad zigzagueando entre lo fálico y algo que está más allá. Como dice la letra de esa canción, “la mujer, en tanto que tal, es variable, ligera, como pluma al viento”

La mujer, no existe, por lo cual el hombre siempre ha de dirigirse a un aspecto de ella, tomado por su fantasma, el hombre desde la posición masculina vera a la mujer no como una, sino como al fantasma masculino le convenga.

Existe un goce en la mujer que no se ha podido significar, Lacan lo coloca desde lo suplementario y no como complemento. Es así que coloca a LA mujer como no existente, no existe en función de que no cierra el conjunto para ser una totalidad. La femineidad hace de la mujer algo dinámico, sin estancamientos, circula por diferentes tiempos. El amor de las mujeres por un lado demanda al otro y por otro, depende de su goce, de ese goce otro que va más allá del sujeto.

La niña, al entrar el padre en el Edipo, y luego de la diferencia anatómica de los sexos, aparece como castrada. No se instaura la angustia de castración dado que el objeto ya se perdió. Desde esta posición de castrada, tiene tres posibles salidas: represión de la sexualidad, renegación de la privación del pene y la búsqueda de la femineidad.

Si nos detenemos en esta tercera forma de salida que Freud nos propone, reconocemos que en la mujer el objeto de identificación y el objeto de amor a quien ella dirige su demanda es el padre. Demanda un falo.

Entonces, al visualizar a su madre en falta debido a la entrada del Nombre del padre, la niña, se dirige al padre en busca del falo, la demanda de amor. Al ver a su madre castrada denota su propia falta, por lo tanto, lo que le queda es identificarse al padre, buscando ocupar el lugar de su madre y taponar esa falta en el Otro.

Podremos decir entonces que desde los comienzos la pregunta de ¿Qué es una mujer? está vinculada estrictamente a la relación de la niña con su madre, pero lo aborda a través del padre.

Este posicionamiento, niña, madre, padre, hace que la mujer busque en el exterior su femineidad y para encontrarla necesita al varón. Podemos decirlo así, para que la mujer pueda acercarse a su objeto tiene que identificarse con algo del otro que la guie en la respuesta a su pregunta, ¿Qué es ser mujer?

Recordemos a Dora y a su forma de acercarse a la Sra. K, busca respuesta a esta pregunta. Si su padre guarda un interés en la Sra. K y no en su madre, significa esto que la Sra. K tiene algo que Dora no tiene y allí su pregunta, ¿Qué es lo que mi padre encuentra en esta Sra.?, Dora se identifica con el Sr. K para acceder a su objeto que es la Sra. K. En el momento que el Sr. K aspira al amor de Dora, rompe el circulo.

La historia está plagada de mujeres que hicieron historia. Pensemos desde los más remotos tiempos, desde la creación de las civilizaciones actuales, siempre se nombra a una mujer que lucha por si, por otros, por todos. Pero sé nombra, otro la nombra, por lo general un hombre. Siendo muchas veces descripta desde ese lugar de inalcanzable.

La envidia al pene la ha constituido y colocado en un lugar mítico, pero también la envidia al útero, la ha dejado en un lugar satanizado. Las mujeres no se reconocen por la cantidad de sus orgasmos o excitación, sino que lejos de hacer alarde esconde ese goce. No pudiendo ser LA mujer, como lo plantea Lacan, elige ser UNA mujer, UNA mujer de UN hombre, tomando prestado este UN para no ser un sujeto más. El amor la trae hasta aquí, a esta posición. Ser la elegida por UN hombre. Por eso no nos resultará extraño que las mujeres se identifiquen tanto con el AMOR.

“Mujer, esa mujer, la barrada, la que inspira, la que actúa, la que siente, la que llora, la que no es, la no toda. LA QUE AMA.”.

Verónica Pérez.

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