«Poetas en tiempo escaso».
Los seres humanos comunes soñamos con producir un acto que rompa la normalidad en que vivimos, la que es monótona y repetida. Sabemos que esto no es otra cosa que la monotonía de la escena que armamos desde el fantasma donde estamos instalados.
Por ello, es que a la felicidad la deseamos como a una manifestación excelsa, y ella, en cambio, sólo existe como un contraste, es algo que rompe excepcionalmente la rutina de una normalidad que para el común de los seres humanos es, a veces, más bien infeliz.
Los hablantes-seres soñamos con una experiencia en que, aboliendo el tiempo y por una eternidad, su intensa y vertiginosa experiencia nos saque de las obligaciones, las preocupaciones y limitaciones múltiples en que discurre nuestra vida; queremos nos exalte, colme, y nos dé la ilusión de ser otros. Vale decir, soñamos con un acto que nos haga otro y también, en ese horizonte, para los neuróticos, aparece la ilusión de la pasión.
Desde siempre se sueña con una pasión que al sujeto lo saque de sí mismo, de ese “sí” que quizás no se soporta, que hace que un día sea tan igual a otro al arrastrar la morosidad de no haber hecho lo que se sueña; lo que muchas veces, pasivamente, se espera de alguien ubicado en el lugar del buen Otro. Es un entre tener la vida.
Hay quienes prevén un futuro aciago, de una plenitud que esconde, pues todo parece estar disponible, rápidamente, donde basta la demanda, sin lugar para el psicoanálisis en un mundo en que las cosas se resuelven según lo que otros ofrecen. Donde el mundo parece «estar comunicado» y además «totalizado en una aldea global», aunque en realidad, sólo sea estar “conectado”.
Contra esto tenemos que plantarnos, tenemos que darnos el tiempo de pensar qué queremos, aún hacer, a partir del psicoanálisis.
Les vengo a decir que como siempre lo estuvo, el psicoanálisis, escuchen que no digo los psicoanalistas, refiriéndome a todos, repito, el psicoanálisis, hoy está mal en esta cultura, pero eso ya no es suficiente, tenemos que avanzar un poco más y generar nuevamente un verdadero «Malestar en la cultura», que se plante frente a versiones tecnocráticas, científicas, fascistas o idílico-románticas, que sólo ofrecen una grotesca caricatura de la situación del hablante-ser.
Pero, ¿cómo lo vamos a hacer dirán Uds.?
Seamos “poetas en tiempo escaso”
La respuesta puede ser, demos un lugar a lo imposible y a la falta, seamos «poetas en tiempo escaso».
Se trata de » . . .un despertar, pero un despertar difícil, y sospechoso. No es seguro que uno está despierto más que si lo que se presenta y representa es sin ninguna especie de sentido.» Nos dice F. Hölderlin.
Poetas en la dimensión de la escritura, del agujero, para poder crear así la dimensión de lo olvidado. Sabemos que la poesía tiene una licencia, así como el psicoanálisis tiene una regla, ambas procuran la dimisión del saber. También sabemos que tanto la libre asociación, como la licencia poética, no son tan libres, lo que nos muestra que ese poco de libertad sólo se alcanza dentro de ciertas reglas que pongan al sujeto a producir más allá de lo que sabe. No hay libertad sin unos límites cuyo objetivo sean la creación.
La escritura poética une, deshace, limita, ahonda, bordea la sutil materia que recorre el cuerpo en busca de palabras que la nombren. Llega más profundamente ahí donde apenas roza las superficies, ¿acaso el camino hacia lo profundo no se hace rozando las superficies? ¿Es que hay otro?
El transcurso recorre y recuerda el límite. Cuando las palabras tocan los bordes, recostándose en los límites, crean lo que de otra manera no puede decirse, hacen sentir aquello que ocurrió de otra manera.
Es la escritura poética cuando en su decir nos lleva más allá, al recorrer los límites, dibuja el mapa de lo inefable, es un tejido donde el punto no hace pantalla del agujero. Donde el trazo está hecho para darle lugar a lo que falta y no sólo para servirse de ella.
Puede ser un espacio mágico donde se puede reunir, lo que la conciencia y la represión separan, lo que la moral dicta y lo más primario, donde la ambigüedad triunfa sobre la binaria lógica racional, donde los sentimientos se duplican, triplican, se imbrican, vienen de la carne y se hacen carne, se subliman, y nos recuerdan, que somos eso, y también que no lo somos.
Es la relación que Lacan establece entre la escritura poética y la interpretación analítica, en tanto que desarticuladora de un sentido, que no es otra cosa que la trama en que el sujeto está enredado con el objeto.
La poesía es “efecto de sentido, pero también efecto de agujero”, con ello tenemos que manejarnos poética y analíticamente. Juega con el sentido hasta deshacerlo.
Pero ¿por qué lo de tiempo escaso?
F. Hölderlin
Hace ya mucho tiempo, pocos años antes del mil ochocientos, el poeta y filósofo alemán Friedrich Hölderlin, en su Elegía «Pan y vino», nos lanzaba esta pregunta:
«¿Para qué poetas en tiempo escaso?». Y la respuesta la pone Hölderlin en boca de su amigo Heinze:
«Pero ellos son, dices tú, como los sacerdotes sagrados del dios del vino, los que fueron de un país a otro en noche sagrada»
«Heidegger comentó estas estrofas en una conferencia dada en 1946, con motivo de los 20 años de la muerte de R. M. Rilke de la manera siguiente: » Apenas comprendemos hoy la pregunta. ¿Cómo queremos comprender ya la respuesta dada por Hölderlin?, . . .La palabra tiempo significa aquí una era, a la cual pertenecemos también nosotros, con la aparición y la inmolación de Cristo comienza para Hölderlin, de acuerdo a su experiencia histórica el fin del día de los dioses.»
«Comienza a atardecer. Desde que los «tres unidos», Heracles, Dioniso y Cristo, han abandonado el mundo, la tarde de la época del mundo se va volviendo noche. . . La época del mundo está caracterizada por el hecho que los dioses permanecen alejados, por la «falta de dios». Se los digo, no es que «Dios está muerto» como plantea Nietzsche casi un siglo después. Es que aparece una ausencia allí donde estaba.
«. . . La falta del dios significa que ningún dios reúne de manera visible y unívoca a los hombres y las cosas, coordinando en dicha unión la historia del mundo y la estancia de los hombres. . .. El tiempo ha llegado a ser tan escaso, que el hombre no es capaz de advertir la falta de dios como falta«
Esto les suena a algo conocido, él dice que el tiempo es tan escaso, que falta la falta, como Lacan en el Seminario La Angustia.
Dice Hölderlin que «no se trata de abandonar la noche, sino de experimentarla como tal. Sólo la experiencia de la ausencia, como ausencia, puede preparar una presencia.»
«Mientras que para el hombre que vive su día, el hombre diario, la ausencia no es, y todo va cayendo en este olvido . . .»
«Una manera de ser de lo presente se define desde dos ausencias. Una manera de ser de lo ausente en el presente, son sus «huellas». Hölderlin no plantea una búsqueda romántica de un pasado extinguido, no es tampoco la búsqueda de una relación que otros vivieron, sino que es la búsqueda de «lo propio»; pero dice Hölderlin, lo propio no se opone simplemente a lo propio de otros, hay algo en común. Desde allí le es dado a cada uno algo propio, dentro de lo cual uno va y viene. La búsqueda es por tanto de un lugar, es decir de un espacio.
Piensen Uds. que este texto apenas tiene dos siglos desde su realización. ¿No es este un pensamiento topológico?, ¿no nos recuerda desde su tiempo, que debemos repensar eso que llamamos lo «propio»?, ¿o eso que, sin llamarlo, o sin cuestionarlo, parece formar la «esencia de lo que somos»? Tenemos que encontrar el espacio donde se borran los límites de «lo propio».
¿Qué huellas nos ha dejado Dioniso y Cristo?, según Hölderlin, el pan y el vino.
«¿Qué significan estas huellas?, . . .pan y vino son signos del ser del hombre en la época escasa. Ser poeta en esta época es seguir estas huellas, es vivir la noche como «sagrada», es recordar al olvido como olvido, es darle lugar a que falta la falta.
“Yo no soy bastante poeta”
«No hay más que la poesía, se los he dicho, que permita la interpretación. Es por eso que no llego más, en mi técnica, a lo que ella sostiene. Yo no soy bastante poeta («Je ne saris pus poate-assez»). “No soy bastante poâte» (Lacan, 1977ª).
Esto dice Lacan en el seminario veinticuatro en el que nos orienta a la poesía para inspirar nuestra intervención clínica.
Así como Hölderlin piensa el habitar y el poetizar por vía del construir, Lacan propondrá un final de análisis que compromete el hacer y para ello, tiene dos vías poéticas, una, el saber jovial, entusiasta podríamos decir, de los poetas y la otra es la poesía china; ambas se encuentran en un saber-hacer-con el vacío central,el das Ding de Freud o la falta en la estructura. Así la poesía no sólo es modelo para el hacer clínico del analista, sino que homologa el hacer del analizante en el final del análisis.
Con lo que les digo, no les estoy proponiendo una nueva forma de religión, donde debamos atestiguar de la falta de Dios, sino que tomo estos «poetas en tiempo escaso», como aquellos que pueden darle una presencia a lo ausente, redimensionar el presente dando un lugar a lo complejo de lo que llamamos el pasado y también el por-venir. Intento lograr que cada uno mantenga su heterogeneidad con relación al otro.
Los analistas sabemos de estas dos ausencias, la de lo primario y la del por-venir, porque vivimos entre dos ausencias, también sabemos que ellas están pobladas. Y que los humanos viven angustiados, buscando todo tipo de control y de seguro, en un porvenir que no deja de ser la pantalla en la que proyectan las marcas de lo que ignoran de sí.
Por eso el neurótico es un desesperanzado, ya que presiente su futuro, y este conocimiento muchas veces negativo, cancelador de lo que quiere, trata de mitigarlo con sus fantasías, con sus ensueños, con sus síntomas, y en ellos se entretiene un tiempo, aunque sabemos que no le alcanza. Y hay veces que esto llega a un nivel de certeza, lo que podemos llamar el mal de Casandra.
Esto es porque hay un continuum, sin corte, entre las dos ausencias, donde lo por-venir adquiere las formas de lo que está determinando al sujeto, de lo que el superyó le niega.
¿Le daremos su lugar a cada ausencia?, ¿sabremos desamarrarnos de lo imperativo de un presente, que a la vez que nos presiona en nuestros nombres, no permite la falta, la presencia de la ausencia?
Resguardar lo imposible y lo heterogéneo de estas ausencias, es una manera psicoanalítica de ser «poetas de tiempo escaso».
Cervantes tampoco era bastante poeta
«Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta la gracia,
no quiso darme el Cielo,
quisiera despachar a la estafeta mi alma, . . .»
Al igual que Lacan, tampoco era Cervantes lo bastante poeta. Como dice Guido Castillo en su trabajo sobre Cervantes: «. . .este conmovedor texto lo realiza Cervantes en el «Viaje del Parnaso», a sus sesenta y tres años y después de haber escrito la primera parte del Quijote y las Novelas Ejemplares.
Casi al final de su vida, y cuando ya era un novelista reconocido, Cervantes nos dice, con resignada y melancólica sonrisa, que Dios le ha negado la gracia de la poesía. . . Como ven otro más que apela a la poesía para bordear eso que de otro modo se le escapa.
Lo cierto es que su fracaso en la vida, el teatro y a la poesía, fue imprescindible para la creación del mundo de la novela.»
Cervantes con el Quijote nos lanza a la aventura. Esa «aventura» cuyo nombre proviene del latín venire y de éste el término adventus, que significa lo que vendrá. Y lo que vendrá es inesperado y misterioso, a condición de que lo hayamos sabido esperar.
Es como dice Heráclito:
«Si no esperas, no te sobrevendrá lo inesperado, que es inalcanzable e inaccesible.»
Heráclito en esa frase parece estar adelantando lo que es la situación del psicoanalista: a la espera; sosteniendo lo inesperado en la clínica, con el fin de ir llegando a lo inalcanzable e inaccesible.
Mejor dicho, para que lo inalcanzable e inaccesible vaya siendo cada vez otra cosa, aunque se parta de lo mismo.
Pero esta espera tiene sus particularidades y a ellas quiero llevarlos.
Podemos decir que “Don Quijote” es la increíble e inesperada aventura creada por aquel pobre inválido, exsoldado y ex cautivo, que ya no pudiendo vivir como un aventurero novelesco, hubo de resignarse a inventar la más grande y creíble novela que se ha escrito.
En la cual, «Don Quijote» no es otra cosa que el nombre de la llamada «locura» de Alonso Quijano el Bueno; pero tengo que adelantarles que también es el nombre que inventó Cervantes para poder esperar de otra manera.
Si la batalla de Lepanto fue el último y el más esplendoroso hito de la grandeza del Imperio español, al desastre de la llamada Armada Invencible, lo podemos tomar como el principio de su caída.
¿No hay una cervantina ironía en el hecho de que Cervantes, héroe de Lepanto, tuvo que desempeñar el oscuro y mísero oficio de acopiador de víveres para la Invencible?, ¿qué hace Cervantes con ello?
Cervantes, sale por medio de creación, de la invención.
¿Qué es lo que inventa?, la verosimilitud de un personaje, que radica en el hecho de que es posible la existencia de un ser, que cree en la posibilidad de las cosas imposibles, que da lugar a la falta. Y una de las posibles lecturas de la obra es la que lleva a desdibujar los límites entre razón y sinrazón, hasta encontrar incluso, como ahí dice, “la razón de la sinrazón”, lo que nos haría ésta comprensible y explicable, como hace Freud con el análisis de los delirios.
Es Cervantes quien dice:
«Yo, que siempre guardé el común decoro
en las cosas dormidas y despiertas
pues no soy troglodita ni soy moro,
de par en par del alma abrí las puertas,
y dejé entrar al sueño por los ojos
con premisas de gloria y gusto ciertas.»
Don Quijote habla como un libro y vive la existencia de la realidad como una ventura poética, «un sueño contado por seres despiertos, o por mejor decir, medio dormidos».
A tantos siglos de distancia nos vuelve la pregunta ¿si hoy tiene lugar para los psicoanalistas lo imposible de las ausencias, de las faltas, de lo que bordean algunos interrogantes, de lo que no podemos escribir?, ¿y si este imposible del que hablamos, también lo soportamos?
Agregaría algo más, ¿qué hacemos con él?
Al igual que Don Quijote también hemos leído una gran cantidad de libros, ¿porqué no lanzarnos al camino aún a riesgo de extraviarnos?
Mucho se le ha reprochado a Cervantes que despojara en el final de su obra a Don Quijote de la Mancha, para dejarlo convertido en el simple Alonso Quijano el Bueno, vecino de la Mancha.
Don Quijote y su final
¿De qué lo despojó?, de su locura; Alonso el Bueno ya no está loco, lo estuvo tan sólo un momento, cuando dijo «Yo sé quién soy, y sé qué puedo ser», era la locura de saber quien es, vale decir, una quijotada.
Caída su locura, no quedó nada. Es en la terminación de la obra de 1615 que Cervantes realiza este diálogo final, en el cuarto donde agonizaba Alonso Quijano el Bueno, entre éste y Sancho:
Don Quijote «. . . volviéndose a Sancho, le dijo:
Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.»
A lo que le responde un Sancho perspicaz y agudo, y que no quiere que muera su señor:
«- (¡Ay! – respondió Sancho llorando -. No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. . . levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, . . .quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada. . .Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron . . .»
Lo que le está pidiendo Sancho es que vuelva a la locura de saberse el Quijote de la Mancha, que vuelva a levantar su mundo, que la melancolía que él tiene es no haber podido sostenerse fuera de este «Quijote», de este Sinthome.
Pero esto ya no era posible:
«Señores – dijo Alonso Quijano-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros de hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuesas mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía . . .» (Alianza Editorial- Vol. 1001 – págs. 488/9)
La alternativa que nos plantea Cervantes a través de Don Quijote, es Ser Don Quijote, un loco que cree en las cosas imposibles, y que ve lo que falta, o un des-ser, que lo lleva a morirse; pero con otro nombre: Alonso Quijano el Bueno, que de últimas no lo sostiene.
Saberse «El Quijote» es su locura, pero también es el sostén de su vida, la que se extingue cuando cesa su locura de saber quién es y de cuál es su misión.
¿Por qué fuera de lo que él es en su alienación al nombre «Quijote”, no queda nada más que la melancolía y la muerte?
«Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno»
Volvamos a preguntarnos, ¿por qué esta melancolía y esta muerte?, sabemos que no es real que él ahora esté cuerdo. Don Quijote pasa de la locura delirante a una «melancolía», dicha en palabras de Sancho, ese parece ser su itinerario estructural. Dejó caer lo que lo sostenía.
El «Quijote» en tanto que nombre que su delirio sostiene, cae, pero ¿dónde?, recuerdan aquello que nos enseña Freud en «Duelo y Melancolía», que la sombra del objeto perdido recae sobre el Yo del sujeto.
Alonso Quijano el Bueno si ya no es el Quijote, es porque lo ha perdido. Y esta pérdida lo lleva a esa melancolía y a la muerte.
¿Qué nombraba el «Quijote»?, ¿Qué intentaba restaurar su delirio?, ¿qué creación a nombre de «Quijote» había inventado Alonso Quijano para sostenerse estructuralmente?
No sabemos lo que pasó antes de hacerse caballero andante, tampoco sabemos por qué se refugió de tal modo en la lectura de los libros de caballería hasta forjar este nombre y el delirio.
Lo que sí inferimos es que seguramente no lo volvió loco la lectura de esos libros de caballería, como nos dice Cervantes, sino que la locura buscó en esos libros la posibilidad de una creación, aunque sea delirante. También sabemos que no encontró otra forma de anudamiento.
Pero hubo una creación en su locura. En donde el nombre estaba suturado al ser de modo tal, que caído aquel, cae inexorablemente la trama que fue tejiendo y con ello su existencia.
Pienso que leo a la letra lo que nos legó Cervantes, cuando digo que para Alonso Quijano ser «Don Quijote», era una alternativa delirante que, nombrando el ser, sostenía un existir diferente de su vida monótona y sin pasión.
En la novela de Cervantes, a medida que el libro avanza le cuesta a don Quijote más dolor y más trabajo mantenerse en su locura y ser consecuente con quién es. En la segunda parte, la de 1615, vemos que el heroísmo se transforma cada vez más en un sacrificio y un martirio.
Al principio, Don Quijote actuaba a pesar de todos y de todo, y al final, tuvo que dar un paso más y actuar también a pesar de sí mismo.»
Lo imposible para Don Quijote es esta reversión que hace de la realidad, allí donde el límite siempre le viene de afuera; cree en las cosas imposibles, pero la suya es otro tipo de imposibilidad, no la del anudamiento de la estructura, no la de la falta o de las ausencias de que hablábamos, sino la imposibilidad de alcanzar aquello que busca.
Lo imposible aparece como la ligazón entre él y el mundo, y finalmente Don Quijote, quizá también Cervantes, se cansa de la repetición de lo mismo. La locura de saber quién puede ser, esta mántica que dijimos estaba alienada a la marca-ser, lo precipita en su imposibilidad, esa que no tiene que ver con lo paterno.
Unos meses después de la publicación de la segunda parte de esta obra de Cervantes, que fue en 1615, en la que al finalizar muere Don Quijote, fallece también Cervantes, el 22 de abril de 1616.
Aquí hay una Mise en Abyme, la vida de Alonso Quijano el Bueno y su sinthome como Quijote en la novela, y la vida de Cervantes y su sinthome que era la novela Don Quijote de la Mancha.
Hablamos al comienzo de Hölderlin y de la manera en que él planteaba sus dos ausencias y la falta de los Dioses, se los digo, Dios puede cubrir lo Real de cada estructura, esto no es original, ya lo dijo Lacan, les voy a decir porqué en este tiempo, no somos poetas; porqué no hemos avanzado sobre la falta, aún nombrándola. Al estar atados de una cotidianidad plena, a la vez que estirando la mano para que adivinen nuestro por-venir.
Freud se lanzó a la aventura del Quijote
Vean de que manera esto está relacionado con la creación del psicoanálisis.
Freud tuvo un gran interés tanto en los textos de Cervantes, y no sólo en “Don Quijote”.
Hay una cálida nota que Freud escribió a Luis López-Ballesteros y de Torres, traductor de su obra para la edición de Biblioteca Nueva, con motivo de la traducción que éste hizo a partir de 1922, dicha nota no ha de entenderse como una simple muestra de cortesía y dice así:
“Sr. D. Luis López-Ballesteros y de Torres. Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal “Don Quijote” en el original cervantino me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana. Gracias a esta afición juvenil puedo ahora –ya en edad avanzada comprobar el acierto de su versión española de mis obras, cuya lectura me produce siempre un vivo agrado por la correctísima interpretación de mi pensamiento y la elegancia del estilo. Me admira, sobre todo, cómo no siendo usted médico ni psiquiatra de profesión ha podido alcanzar tan absoluto y preciso dominio de una materia harto intrincada y a veces oscura. Freud. Viena, 7 de mayo de 1923.”
Tengo que decirles que la lectura que hizo Freud de El Quijote, en realidad, era una relectura, porque el primer contacto de Freud con Cervantes debió de ser muy anterior, desde 1871, cuando Freud contaba 16 años, encontramos cartas en las que se despide en español y, desde el año siguiente, cartas enteras escritas en nuestra lengua, aprendida por su cuenta y sin profesores, junto a su amigo Eduard Silberstein, un poco como una extravagancia que les apartaba de sus tareas escolares, pero a la que se entregaron con tal entusiasmo que llegaron a fundar una secreta Academia Castellana (Spanische Sprach Schule), de la que, por lo demás, eran sus únicos miembros. Ese español de la adolescencia de Freud era en español antiguo, el de la época de Cervantes, donde para dirigirse a su amigo Silberstein en las cartas, lo llamaba “Vuesa Merced”.
Escribe el joven Freud:
“Él (se refiere a Silberstein) se llamaba, tanto al escribirnos como cuando conversábamos, Berganza, y yo, Cipión. Cúantas veces le habré escrito Querido Berganza, firmando con: Tu fidel Cipión, perro en el Hospital de Sevilla” (lo que está entre paréntesis es un agregado mio)
En sus cartas, (se conservan ochenta cartas) comentan a veces temas triviales, pero también empleaban el español para referirse a sus primeros amores u otras cuestiones que quieren guardar en secreto, y las firman con los nombres de los animales protagonistas de El coloquio de los perros, que es una de las Novelas Ejemplares de Cervantes, asignándose Freud el papel del perro Cipión y Silberstein el de Berganza.
Así se lo comenta Freud a Marta, doce años más tarde, en febrero de 1884:
“Silberstein estuvo hoy aquí de nuevo; me sigue teniendo tanta afición como antaño. Éramos amigos en una época en que la amistad no era considerada como un deporte ni como una conveniencia, sino que, más bien, se necesitaba al amigo para compartir la vida. En realidad, pasábamos juntos todas las horas del día en que no estábamos sentados en los pupitres. Juntos aprendimos español y teníamos nuestra propia mitología y nuestros nombres secretos, que habíamos extraído de un diálogo del gran Cervantes […]. Él se llamaba, tanto al escribirnos como cuando conversábamos, Berganza, y yo, Cipión.” (https://www.redalyc.org/pdf/3611/361133108013.pdf)
Freud se comenzó a lanzar a la aventura como el Quijote, aun identificándose inicialmente con un perro que hablaba y con un amigo fiel que lo acompañaba, de ahí el nombre que adoptó. Luego pasó a ser un psicoanalista, para lo que tuvo que inventar el psicoanálisis. Vean ustedes la trilogía, la falta, el lanzarse a la aventura en lugar de cubrirla con algún objeto y finalmente, la creación y su sostén. Eso que llamamos el deseo de Freud. Como el de Lacan, también el de Cervantes, y porque no, el de Hölderlin, quién, aunque no lo sostuvo estructuralmente, hizo una obra que fue muy considerada en la tradición literaria y filosófica alemana, y al que hoy citamos.
Ricardo Landeira.
Si desea enviar un comentario sobre el texto al autor, puede dirigirlo a ricland@netgate.com.uy
Reunión del Plenario de la Red
Lunes 9 de agosto de 2022
