«La conciencia trágica de la vida, la muerte».
Poema «Los heraldos negros» (César Vallejo)
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozará en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristo del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
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Algunas consideraciones sobre Psicoanálisis y Arte.
La poesía se caracteriza por su riqueza dentro del arte. Su potencial literario, estético y social han hecho de ella una gran obra artística a lo largo de la historia. Se podría afirmar que la poesía ha contribuido en el desarrollo del pensamiento como así también en las manifestaciones del inconsciente ya que en ella los sujetos nos hemos encontrado con el amor, el dolor, la angustia, la fe, la esperanza y el miedo, entre otros.
La poesía habla desde y para los sujetos y a través de sus recursos literarios como, por ejemplo, la metáfora, la hipérbole y la anáfora, entre otras, constituyen la función poética del lenguaje, tan rico y valioso tanto para el psicoanálisis como para el desarrollo de la humanidad.
Jacques Lacan en Escritos 1 (Función y campo de la palabra) afirma que «el inconsciente está estructurado como un lenguaje». Lacan establece que el inconsciente es un discurso, mas precisamente, una parte del discurso. Continuando con esta idea, en La instancia de la letra(…) (1957) plantea que gracias a la experiencia psicoanalítica se puede descubrir en el inconsciente la estructura del lenguaje (p. 462). Ergo el entorno cultural en el que le tocó vivir inscribe en él n Discurso existencialista muy rico desde donde se desprende que tanto el psicoanálisis como la poesía han contribuido en el desarrollo social, político y cultural de la humanidad.
Resulta pertinente enmarcar este poema en el descubrimiento, por parte del poeta, del sentimiento absurdo de la vida. En la búsqueda propia de una conciencia ultrasensible, característica del poeta, y de un compromiso con la unidad misma que exige una solución final, sin que ésta deje de ser transformada y transformante.
En Los heraldos negros se vislumbra la conciencia trágica de la vida: la muerte.
Para una personalidad cuya infancia estuvo marcada por lo religioso, la situación que provoca el encuentro con esta realidad necesariamente se orienta hacia una angustia constante. Vallejo se dobla ante esos “golpes” que “abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”. La crisis espiritual producto de esas “caídas hondas de los Cristos del alma” se refleja directamente en la obra poética. Sensibilidad de introvertido, Vallejo deja caer, sutilmente, sus angustias y tensiones en sus versos.
“Los heraldos negros”, describe con fatalidad el mensaje que trae, que no es otro que un grito de cuestionamiento por dos componentes inherentes a la existencia humana: el dolor y la muerte. Mientras Dios parece contemplar a lo lejos.
El poema trata sobre la existencia humana como un espacio para el dolor inevitable, un dolor que acompaña la vida. Al mismo tiempo, el poema resulta en un reclamo a la fe cristiana, cuestionándola de manera implacable.
“¡Yo no sé!” es una confesión para aceptar que como seres humanos carecemos de conocimiento, pues sabemos muy poco de los hilos que entrelazan y escriben nuestros destino. Expone cómo es esta lucha de desigual, pues muchos son los golpes y zanjas que recibe su rostro y espalda, comparándolos con heraldos de la destrucción. Cada golpe que recibe es un mensaje de muerte. Y al final, dejan una “resaca” que se empoza y es muy difícil de superar. No obstante, estos golpes, desde el psicoanálisis, se acompañan, se trabajan y, algunas veces, sanan.
Si nos atenemos a las explicaciones existencialistas, la soledad, como principio de la angustia, da inicio a las preguntas que el hombre se hace sobre su origen y destino, sobre su esencia, sobre su papel en la vida. Es después del enfrentamiento con un mundo hostil, lacerante, que se interpone entre el ideal y el hombre, lo que inicia, en la reflexión solitaria, la llamada duda existencial. Vallejo es, en no poca medida, el resultado de una angustia llevada creativamente hasta sus últimas consecuencias. Y en cierta forma, sus poemarios se adaptan a ciertas etapas de la vida, sin que por ello abandonen nunca el permanente lamento y el dolor por la desgraciada suerte del hombre. Proveniente de una familia de escasos recursos, Vallejo desarrolla un gran sentido de solidaridad con el hombre. La unidad del ser se rompe a partir del choque entre los ideales y la realidad cotidiana. Surge allí la angustia que inquiere del mundo una respuesta que éste no puede darle o que, por el contrario, la respuesta que le da es el anuncio permanente de un destino fatal, donde la muerte es, inevitablemente, el destino final previsto, a cuyo puerto es imposible no anclar.
En las primeras décadas del siglo XX Vallejo descubre, al igual que Camus, Sartre (“la existencia precede a la esencia”), Heidegger y los demás existencialistas no teístas –herederos de Kierkegaard– que el destino necesario de la vida es la muerte, que su nacimiento no tiene otra finalidad que el deceso, que la vida es, en tal sentido, un absurdo. Esta angustia se trasluce en numerosos poemas. Igualmente, este descubrimiento provoca la conciencia trágica, fatídica, que Vallejo vierte con fuerza desgarradora en sus versos. Es el alma descubierta dentro del mundo alienado, del hombre asesino del hombre, del homo homini lupus. Esta conciencia del absurdo lleva a Vallejo a mantener la muerte siempre presente.
Retomando a Lacan en Escritos 1 donde afirma que»es el mundo de las palabras el que crea el mundo de las cosas» (Escritos 1, pág. 265) resulta pertinente destacar las sensibilidades de la palabra en los versos de Vallejo. Detengámonos aquí para poder disfrutar de la fuerza de las palabras como componente del Discurso, como potencia transformante y transformadora en lo sagrado de poder hablar.
La palabra sobre la palabra también es enunciación, no hay duda al respecto. Puede ser escrita u oral porque es sonido y grafía, es social y corporal, es cursiva, manuscrita, braille. También es racial, porque puede ser negrita para que resalte. Las palabras se balbucean, gritan y asimilan; son asfixiantes, pues se atoran en la garganta para ser escupidas o vomitadas y, aun así, se reflexiona acerca y sobre ellas. Algunas veces son mordidas porque suelen estar mochas o entrecortadas.
Las palabras son alimento que nutre. Recordemos que algunas de ellas llevan comillas como para decir lo que no se quiere pronunciar, pero se parecen a eso que se desea proferir. Hay palabrotas que por su dimensión se atoran entre dientes y se hacen silenciosas. Otras son ligeras a un grado que se las lleva el viento.
Las palabras son ricas por sus diversos significados y de cualquier manera economizan su expresión, por eso se producen, intercambian y consumen. Hay veces que hasta sobran, y cuando no alcanzan se prestan. Aun así, cantan, mueren, se olvidan para ubicarse en la punta de la lengua. Se mal dicen y maldicen porque son más chuecas que derechas. Las palabras son un acto de grandes dimensiones en la vida del ser humano; se puede solicitar que se midan, por eso las hay grandes y pequeñas, esdrújulas, agudas y graves. Así mismo ellas crean las cosas que ya están creadas en el Discurso como, por ejemplo, al leer en el poema de Vallejo «Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema». Todos interpretamos la metáfora que le da fin al pan, una vez más nos encontramos con un final previsto, al igual que la muerte.
Las palabras se aniquilan porque pueden ser atropelladas, y hay que recordar que el pez por su boca muere. Tienen identidad porque gozan de pertenencia; además son intercambiadas, compartidas o robadas. Son puestas en la boca de otro y, en ocasiones, se confunden porque son decires de otro. Siguiendo a Lacan cuando afirma «Usted podrá saber lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó» se podría plantear la discusión de que si con las palabras el mundo deja de ser el mundo real para ser la metáfora de éste, o bien, son la forma en que se humaniza el mundo.
Con base en esas cualidades de las palabras, el ser humano puede generar categorías que definen a los objetos y logra que trasciendan las cosas, el mundo y el universo, para transmutar la materia en el alma de la realidad.
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