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«Ateísmo psicoanalítico, Sujeto supuesto al Saber»

En esta ponencia se pretende reunir, espero con acierto, lo que podría nominarse un cierto ateísmo en el campo del Psicoanálisis de Sigmund Freud, desde la lectura de Jacques Lacan – y una noción cara a este último: Sujeto supuesto al Saber. No será ajeno a esta presentación el Otro goce, el de Dios, Místico y de algunos que se sitúan del lado Mujer de dichas fórmulas. Me ocupé de ello en la LacanoRío 2017; pero, siempre, habrá más para decir.

Sujeto supuesto al Saber.

                 En el principio era la Transferencia: «¿Se podría decir que el encuentro entre un analista y un analizante es, primero, un encuentro entre dos palabras vivas que hasta entonces no habían dado una con la otra?

                 Es un efecto de poesía, y sólo después, si se da, una relación profesional entre un psicoanalista y un haz de síntomas neuróticos o de otra índole con los que sufre el individuo.

El sujeto de la petición es un a priori necesario para la identificación del objeto en la petición. ¿Qué otra cosa hay en una petición – no diré de análisis, pues la petición se puede volver analítica, pero no lo es de por sí – sino la espera del reconocimiento por el Otro de un discurso latente que contiene algo real? Se trata de una petición de traducción.

Petición de una lectura diferente, de una lectura en otro idioma de aquello que es causa del conflicto en el decir del sujeto – lo que constituiría una doble lectura, ya que el paciente lee su inauditosin saberlo y se lo da a leer al analista, que lo apresa en las redes de su propio inconsciente, lo trabaja y lo devuelve con motivo de una acentuación (escansión o silabeo) selectiva de los propósitos del analizante.» (1).

                   «En la traducción médica hay un pasaje (Pas sah, Pascua) del estado de crisis al estado de salud o de bienestar; un proceso llamado de curación o de remisión; una procesión biotecnológica hacia la curación, que sitúa al paciente en el basamento del saber médico. (…) El médico sólo podrá traducir el síntoma si lo ha leído bien, haciéndolo pasar desde el estado de enigma mórbido a la traducción lo más completa posible, idealmente total. La buena lectura con fines de diagnóstico es garantía suplementaria de la solución feliz del síntoma. El cuerpo bien traducido se vuelve cuerpo curado, cuyos parámetros son perfectamente legibles desde el punto de vista clínico. (…)

(1).A. COSTECALDE I.GÁRATE-MARTÍNEZ D.LACHAUD y C.TRONO «HACERSE PSICOANALISTA Las Formaciones de lo Inconsciente» Psicología y Educación, Alianza Editorial, 1999, Madrid, España, Cosimo Trono en capítulo 3 ‘Discurso y recorrido analítico, del plural al singular’, págs. 64-65.

                     (…) Lo mismo pasa con la petición cuando se convierte en petición de análisis. Sólo que el analista no es más que un lector traductor a quien se le supone un saber sobre el objeto que se sitúa detrás del biombo de la petición. Le dice al paciente, en vías de convertirse en analizante, que se le ha oído bien en el sitio desde donde habla. Pero no le ha oído desde fuera, como un sujeto extraño a su sufrimiento. Le ha oído precisamente porque el decir encallado  de su paciente se acaba de traducir por primera vez en la estructura de sus asociaciones.

El analista ha desemboscado  un sentido en el propósito del paciente que ya le representa en su traducción, pero que no puede traducir por sí mismo con sus propios términos, pues representarían al analista en vez de a la traducción por venir en el paciente.

La interpretación adquiere toda su realidad reveladora, no a partir de un material que ya estaría ahí y que habría que traer de nuevo a la superficie, sacándolo de un  pozo tenebroso con la anudación de algunos de sus significantes, anudación que se establece entre las palabras del analizante y el pensamiento inconsciente del analista, al que este accede con la práctica de la ‘atención libremente flotante’.» (…)

¿Qué efecto producirían las asociaciones del analizante si no estuviesen  en tensión con la textualidad traductora del analista? Dicho de otro modo, con el proceso (o la procesión) inconsciente del analista, su material connotativo se anuda con el del analizante gracias al proceso transferencial que ofrece con su petición este último».  (2).

Nombres divinos: S (A)

«Lo que el discurso psicoanalítico aporta y acaso no sea después de todo la razón de su emergencia en un cierto punto del discurso científico es que hablar de amor en sí es un goce«. Jacques Lacan.

Propuesta de Lacan en Seminario XX “Aún” cap. VII “Una carta de Almor

En las fórmulas de la sexuación: Lado Hombre y lado Mujer, en acuerdo con Lacan, trasciende la anatomía; puede que coincida con ella o puede que no lo haga.

(2). Ibídem. págs.66-67

   Del  lado Hombre, Lacan en la fórmula superior, establece:

 1) existe al menos un elemento x,  que está fuera de la función fálica (mito del padre de la horda primitiva propuesto por Freud en “Tótem  y tabú”): el padre totémico que las posee a todas y habría sido asesinado por los hijos que, luego de su incorporación canibalística, quedan comprendidos en la culpa y se les  veda el acceso a las mismas.

2) La otra fórmula  plantea que Todo x (para todo x) está comprendido en la función fálica; no quedando la posibilidad de que exista algo por fuera de la castración.

                 En el cuadrante inferior como sujeto barrado: S : se dirige a alguien situado del lado Mujer situándole como objeto a, causa de su deseo (a este objeto a, habría que entenderlo como la falta y no como objeto pulsional) – y deja al falo situado en el cuadrante inferior del lado Hombre: sin relación con el Sujeto barrado.

Del lado Mujer, Lacan en la fórmula superior, establece:

1) No existe ningún x fuera de la función fálica (o sea están castradas, no todo se puede)- y

2) Al menos una x está fuera de la función fálica: refiere al no- todo del lado Mujer.

               En el cuadrante inferior del lado Mujer tenemos La (barrada: tachada), donde la barra sobre  La: les sitúa como No- todas :  

               a) las ubica dirigiéndose al lado Hombre, en procura del Falo: situado del  lado Hombre, en el cuadrante inferior – y:

               b) habilita  la posibilidad de un Otro goce: S (A) , el de Dios, del Místico, donde se goza y de eso nada se puede decir.  Significante de la falta en el Otro (Autre, en Francés); lo barrado es ese Otro (no todo se puede), no ocurre  lo mismo con el S – y al que Lacan ejemplifica con el arrobamiento místico de Santa Teresa de Jesús, plasmado en la escultura de Gian Lorenzo Bernini.

"Psicoanálisis y mística"

San Juan de la Cruz, el místico del Dios escondido.

                      Juan de Yepes Álvarez, Fontivero, Ávila (España) el 24/06/1542 y fallecido el 14/12/1591 en Úbeda, Jaén (España), a los 49 años de edad.

                       Fue un reformador de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (fundada en el siglo XII) y co -fundador (junto a Santa Teresa de Jesús), de la Orden de los  Carmelitas Descalzos. Religioso y poeta místico del Renacimiento español del siglo XVI.

«Y por tanto, no repares en parte ni en todo lo que tus potencias pueden comprehender. Quiero decir que nunca te quieras satisfacer en lo que entendieres de Dios, sino en lo que no entendieres de él; y nunca pares en amar y deleitarte en eso que entendieres de él o sintieres de Dios, sino ama y deléitate en lo que no puedes entender y sentir de él; que eso es, como habemos dicho, buscarle en fe. Que, pues es Dios inaccesible y escondido, como también habemos dicho, aunque más te parezca que le hallas y sientes y le entiendes, siempre le has de tener por escondido y le has de servir escondido en escondido».

Dedicatoria a la madre Ana de Jesús, su amiga, sobre el Cántico espiritual.

«El tema de la humildad es central en él. Humildad intelectual y espiritual, pero también humildad de lengua, y física, material. Esta humildad (humus, o tierra remite al «sermo humilis«, de San Agustín) antes que una elección, es puro y simple destino o circunstancia sufrida. Fue pobre de solemnidad, mendigo sin metáfora, durante los años de infancia y de juventud en Fontiveros, Arévalo y Medina del Campo.

Las categorías poéticas, filosóficas y teológicas que jalonan el camino del místico más fulgurante de Occidente (soledad sonora, noche, angustia, desierto, deshacimiento, negación, nada, Deus absconditus, secreto, ínsulas extrañas, crucifixión de Cristo, descuido, unión sexual, amor conyugal…) remiten a esa humildad, inicialmente concretísima, física y existencial, devenida luego pathos moral de su vida y de su pensamiento.» (3).

¡Sácame de aquesta muerte

mi Dios, y dame la vida;

no me tengas impedida

en este lazo tan fuerte;

mira que peno por verte,

y mi mal es tan entero,

que muero porque no muero!

San Juan de la Cruz

ATEÍSMO Y NOMBRES DIVINOS EN EL PSICOANÁLISIS.

 «Luego me sentí consumida por el éxtasis de la unificación, como antes, y me hundía en las profundidades insondables, faltando para siempre las palabras para esta experiencia«. HADEWIJCH, Visions.

(3). Peñalver, Patricio, «La Mística española (siglos XVI y XVII)» Ed. Akal S.A., 1997, Madrid, España, pág. 79.

«En Freud, la evolución sobre las posiciones sobre Dios y la religión tiene lugar sobre un fondo de un ateísmo bastante unívoco. Lacan dirá sin embargo: Freud no cree en Dios. Porque opera en su línea. (…) En el seminario La ética… Lacan asume el enunciado «Dios ha muerto» como verdad histórica de nuestra época. Incluso plantea que Freud elabora el mito del asesinato del padre en Tótem y tabú y Moisés y la religión monoteísta a partir de allí.

En el seminario Los cuatro conceptos… (1964), Lacan opone «Dios es inconsciente» a «Dios ha muerto» como fórmula verdadera del ateísmo moderno. Este enunciado enigmático conlleva a la vez la idea de un ateísmo específicamente psicoanalítico, e, implícitamente, la idea de que el psicoanálisis permitiría liberarse de algunas formas manifiestas o latentes de creencia en Dios, cuando no de la cuestión misma de su existencia.

Por otra parte, «Dios es inconsciente» dice que hay algo irreductible en lo que lleva este nombre de Dios, y que la experiencia del inconsciente pone en evidencia.

La doble posición de un ateísmo interno al psicoanálisis – no sólo de su dificultad, sino de un carácter insuperado de la cuestión de Dios y su existencia – pasa por la designación de los lugares de esta cuestión en términos que son parte constitutiva de la experiencia psicoanalítica en la formulación y en la escritura que de ellas da Lacan». (4). 

Nombres divinos: Nombre- del- Padre.

Así, a propósito del Nombre – del – Padre, Lacan puede decir en Le Sinthome: «La hipótesis del inconsciente, Freud lo subraya, es algo que no puede sostenerse sino suponiendo el Nombre – del – Padre. Suponer el Nombre- del – Padre, por cierto es Dios (*) (…).(5)  Ibídem.p15

Nombres divinos: Dios y el Otro.

«El Otro es el lugar donde la palabra se plantea como verdad – y por ende lugar de toda garantía – de donde rápidamente se deduce su inexistencia. Es, asimismo, el lugar del significante, renombrado lugar del saber, especialmente inconsciente. Es, con el Nombre – del- Padre, el segundo nombre divino principal en el psicoanálisis, segundo porque es menos directamente freudiano, pero lógicamente anterior. ¿Será esta implicación teológica del Otro – aunque se trate de un argumento para el ateísmo – jamás desmentida por Lacan, lo que hace que tantos analistas lacanianos se sientan molestos?

(*) Es justamente en este movimiento donde Lacan afirma, inmediatamente después, que «el psicoanálisis, si triunfa, prueba que se puede prescindir de él a condición de utilizarlo». 

(4)  y (5)  BALMÉS, François. «DIOS, EL SEXO Y LA VERDAD» en «Ateísmo y nombres divinos en el Psicoanálisis», Ed. Nueva Visión, 2008, págs. (11-12) y (15).

Lacan destaca la «junción conceptual» en la que nadie, antes de él, había pensado, entre la dimensión de ese Otro como lugar radical y la «Otra escena», lugar del inconsciente freudiano. En el seminario L’ acte… indicará que todo parte de allí – todo, es decir toda la reformulación lacaniana del psicoanálisis.

Si su organización se hace recurriendo a la vez al Dios de  Descartes y al Dios de la revelación mosaica, los cuales serán opuestos ulteriormente, de entrada está definido como un lugar y no como un ser. Se lo designará a la vez como lugar irreductible de la cuestión de Dios, y como manera de laicizar, o mejor aún, de exorcizar, el «viejo Dios».

Ese Otro  ya está desde hace un buen rato, desde luego. No se lo había despejado verdaderamente porque es un buen lugar y porque en él se había instalado algo que está aún para la mayor parte de ustedes, que se llama Dios. ¡Il vecchio con la barba! Siempre está. Los psicoanalistas realmente no han agregado gran cosa a la cuestión de saber, punto esencial, si existe o no existe. En tanto y en cuanto ese o se mantenga, siempre estará. No obstante, (…) podemos hacer como si no estuviera.

Obsérvese que, si se sigue este texto, a diferencia de otros, el ateísmo del psicoanálisis sería más bien metódico. El lugar de Dios se vuelve necesario, y se puede hacer como si la cuestión quedara zanjada por la negativa». (6). 

Nombres divinos: S (A).

«En La logique du fantasme, Lacan presenta dos lecturas de S (A) que jerarquiza, poniendo a cada una en relación con Dios.

La primera es que el Otro no existe, el Otro como lugar de la verdad. Esta tesis se establece en el plano  lógico por la inexistencia de un único conjunto de todos los conjuntos (…) en correlación con el ateísmo contemporáneo a partir del Dios filosófico como lugar donde preexistiría el saber. No existe, pero dado que se habla de él, se lo plantea. En tal sentido (que no existe), no se lo puede decir pero sí se lo puede escribir.

Una segunda lectura va más lejos: el Otro es un Otro marcado, marcado por el significante – y por lo tanto por la castración. Lacan lo introduce a partir de Dios, el Dios del Ehyéh asher ehyéh, «Soy el que Soy«, el cual se sustrae a la pregunta por su nombre y se manifiesta al mismo tiempo como un Dios que desea y que habla. En este punto, indica que los místicos son menos tontos que los filósofos.   

En 1968, en «La méprise du sujet supposé savoir«, retomará en el contexto de la «Proposition» sobre el pase esta dualidad, sosteniendo con Pascal la oposición entre el Dios de los filósofos y de los sabios – cuyo nombre psicoanalítico es el «sujeto supuesto saber», Dios, para llamarlo por su nombre (…) – y el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob con su apelación bíblica, en cuya línea se sitúa el Nombre -del- Padre sin este lugar marcado, sostiene Lacan, el psicoanálisis se reduce a un delirio schreberiano». (…)  (6).  Ibídem. págs. (17-18)

Cada uno de los dos dioses opuestos por Pascal recibe un nombre de estructura que lo implica en la práctica analítica, asociado a un destino muy distinto: si se trata de la caída del sujeto supuesto saber al final de la cura, prescindir eventualmente del Nombre – del – Padre, incluso «apostar a lo peor del padre» es toda otra cuestión.» (7). 

Ateísmo psicoanalítico y sujeto supuesto saber.

«El sujeto supuesto saber es uno de esos términos que denominamos «Nombres divinos en el psicoanálisis» a propósito del cual se afirma un ateísmo propiamente psicoanalítico. (…) está planteado como un equivalente de Dios en esta función divina de ser el lugar de un saber que está desde antes, desde antes que él viniera al mundo, preexistencia que da cuenta de dicho saber. Es el atributo de la omnisciencia, pero visto bajo una luz particular, que es más bien del orden de la posibilidad misma de un saber racional, confrontado con lo real.

El sujeto supuesto saber es puesto por Lacan en esta posición paradójica de ser a la vez lo que está al comienzo de la transferencia en la cura y aquello cuya caída condiciona el reconocimiento de lo que le sucede verdaderamente al inconsciente  – lo cual sería  posible, con toda propiedad, recién al final de la cura.

Si se aborda este sujeto supuesto saber exclusivamente a través de la experiencia psicoanalítica, su identificación con el Otro divino no es necesariamente evidente. (…) Es la negación de este sujeto supuesto saber que soporta la idea de un ateísmo respecto del Dios – razón de los filósofos y los sabios, que sólo el psicoanálisis acaso llevaría hasta el final. Lacan, por otro lado, se jacta de demostrar a todos sus oyentes que cree en Dios, crea en lo que crea creer o no creer.

Con todo hay dos negaciones distintas del sujeto supuesto saber que se componen en este ateísmo. Respecto de la ciencia, la negación recae primero en la preexistencia misma del saber. La textura del saber de la ciencia moderna parece llevar rasgos que exigen que se lo reconozca como inventado, y por ende contradecir la idea de un sujeto que ya lo sabría.

Para el inconsciente, su definición misma es ser un saber no sabido, ser algo en el ser hablante que sabe algo más que él. La preexistencia del saber aquí es constitutiva del Otro, en tanto lugar del inconsciente. La negación recae en la existencia de un sujeto de ese saber, que lo sabría desde antes, espejismo necesario  que suscita la situación analítica en la transferencia, pero cuya forma radical sería el Otro divino.

Hay saber, pero está sin sujeto; hay un sujeto pero es aquel que es el efecto de ese saber y no su amo, quien lo articula sin saberlo, sin poder captar jamás más que algunos cabos.» (8).     

(7) y (8).  Ibídem. págs. (20-22).

«¿Es posible detenerse en la idea de que es el Otro el que sabe? Seguramente no. El inconsciente como saber en sí mismo está gobernado por una falta central, un agujero. S (A) escribe también el agujero de lo reprimido original que centra y limita todo saber y que termina por coincidir con la ausencia de relación sexual, y donde Lacan instalará también el Nombre – del – Padre, por lo tanto a Dios.

En la cura, en tanto se trata de la transferencia, esta caída del sujeto supuesto saber va a jugarse con el analista que se ha dedicado a ser su soporte – paradoja del pase donde el analizante que pasa a analista decide reinstaurar la ilusión del sujeto supuesto saber cuya vanidad acabamos de experimentar, dado que el saber inconsciente mismo se ha revelado como «saber vano de un ser que se sustrae«.

Lo que resulta  negado con la caída del sujeto supuesto saber sería Dios como un Otro que reuniría en él el saber preexistente y el hecho de ser un sujeto.

«Dios es inconsciente«: el saber inconsciente, en tanto preexiste, no está sujeto; es, en un sentido, radicalmente sin sujeto, pero también esto quiere decir que dicho saber no es un saber acerca del mundo, que no funda la realidad sino en la medida en que, para el ser hablante, la misma está organizada por el fantasma.

La ciencia moderna y la posición freudiana  del inconsciente comparten el rechazo de la antigua idea de conocimiento, que supone una armonía preestablecida entre el mundo y el sujeto, y donde Lacan denuncia simplemente el invencible fantasma de la relación sexual.    Consecuentemente, toda teología, toda concepción del mundo, que incluye esta armonía le parece contradictoria respecto de la experiencia analítica». (9). 

Entonces (…) «el reconocimiento del inconsciente implica que se pueda medir el alcance  del hecho de que no hay Dios; solidario con las implicaciones analíticas en cuanto a la relación del inconsciente con el sexo: el inconsciente no es el saber de la relación sexual: en tanto regido por la significación fálica, es más bien lo que le hace obstáculo; como mucho, en tanto «lalangue«, es lo que lo remedia, es «lo que el humus humano» inventó para afrontarlo. (…) lo que se llama Dios es el inconsciente, pero éste, justamente en tanto no tiene nada de divino. El inconsciente produce un decir que se dice sin que se pueda saber quién lo dice.

No obstante, Dios, en Lacan, no deja de evocar cierta hidra de Lerna. Después de cada afirmación ateísta, resurge una nueva figura de Dios. En el lugar mismo del decir, negado en 1968, Dios reaparece en Encore: «Dios es el decir«, el «diosa decidora», mientras haya decir, Dios estará. Lo cual equivale a sostener que tenemos para rato. El agujero de la represión original es también el agujero de la enunciación – es el lugar del Nombre – del- Padre, como abismo, agujero anterior a los nombres del padre que fueron escupidos por él «. (10). 

 (9) y (10). Ibídem. 23 y 24, respectivamente. 

ANEXO I.

La intensa y radical búsqueda de la unión con Dios de San Juan de la Cruz, es explicada también con un dibujo, que ilustró la primera edición de Subida al Monte Carmelo.

ANEXO II.

Un cierre, que no es tal.

Estando ausente de ti

¿qué vida puedo tener,

sino muerte padecer

la mayor que nunca vi?

Lástima tengo de mí,

pues de suerte persevero,

que muero, porque no muero.

 San Juan de la Cruz

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