«El h_embrollo de Freud»
Homenaje a Freud
Para todos los psicoanalistas, y para mí especialmente, cualquier momento parece apropiado para homenajearlo, es más, me doy cuenta que nunca dejo de citarlo.
A veces para apoyarme en lo que nos ha enseñado, otras, para discrepar con lo que plantea. Siempre sintiendo que él es alguien con quien puedo dialogar, que me sigue enseñando, llevándome a producir. Si hasta le he realizado una entrevista, y si esto les parece una locura personal, los que la han publicado también se han asociado a mi delirio.
Freud fue el creador del psicoanálisis, nos ha legado su letra ahí donde se jugaba su deseo, y tan importante como ella, propuso en acto una ética, al escribir lo que sucedía en él, la relación con sus pacientes y el malestar con su tiempo. Esta es una posición de Freud en relación al saber que iba produciendo. Nos sucede los mismo que a él, nosotros también somos hijos de nuestro tiempo, con todo lo que ello conlleva.
Hoy, a ciento veinte años de la creación del psicoanálisis, en Montevideo, un grupo de personas nos seguimos reuniendo por la enseñanza del psicoanálisis, seguimos leyendo sus textos, revisándolos.
Como ven, el psicoanálisis sigue vivo, aunque nos separen muchos años desde su creación y muchas diferencias personales y temporales con su creador; nuestra apuesta, es tanto ceñirnos a esa ética que él nos propuso en acto y que Lacan formuló, como el intentar dar un paso más. Sabemos “que no hay progreso”, pero en su diferencia, los nuevos significantes que podamos producir, ceñirán de otro modo lo Real, y esa es la apuesta.
A un creador le importan más las críticas que los halagos. Porque los halagos no conducen a los interrogantes y los analistas sabemos que son en ellos que nos sostenemos. El mismo Freud fue quien dijo en 1914, en su “Historia del movimiento psicoanalítico”:
“Algunos decenios después, otro, infaliblemente, tropezaría con esas mismas cosas para las cuales ahora no habían madurado los tiempos, haría que los demás las reconociesen y me honraría como a un precursor forzosamente malogrado.” (Obras Completas. Tomo XIV Amorrortu Ed. Pág. 21)
Les propongo un acercamiento a los textos de Freud y de Michel Foucault sobre el tópico que nos ocupa, la sexualidad en el hombre y la mujer, viendo las analogías y las divergencias entre sus pensamientos.
En varios pasajes de los “Tres ensayos. . .” puede leerse cómo Freud acentúa una lectura biologicista. Dice:
“Estamos autorizados a pensar que en el sector intersticial de las glándulas genésicas se producen ciertas sustancias químicas que, recogidas por el flujo sanguíneo, cargan de tensión sexual a determinados sectores del sistema nervioso central.”.( Sigmund Freud: Tres ensayos de la teoría sexual (1905), en Obras Completas , 1ª ed., Bs. As., Amorrortu editores, 1978, vol. VII, p. 196)
El punto de apoyo en lo biológico, es un argumento de central importancia para él. Lo que no es otra cosa que abordar los tres del lado de lo real orgánico, como lo llamo y del saber sobre él.
Por supuesto está su concepción psíquica de la sexualidad, que sabemos es lo central de su posición. Ahí ya tenemos a los dos, lo orgánico y lo psíquico, donde introduce su concepto de pulsión, dándole un estatuto de límite entre lo orgánico y lo psíquico.
“Por fuente {Quelle} de la pulsión se entiende aquel proceso somático, interior a un órgano o a una parte del cuerpo, cuyo estímulo es representado {repräsentiert} en la vida anímica por la pulsión. No se sabe si este proceso es por regla general de naturaleza química o también puede corresponder al desprendimiento de otras fuerzas, mecánicas por ejemplo.” (Pulsiones y destinos de Pulsión. 1915)
Si lo escribimos utilizando el nudo de tres de Lacan, ocuparía el lugar de intersección entre lo real orgánico y lo psíquico.

Pero también Freud explora el tercer elemento, la cultura. Dice que:
En “. . . ocasiones externas son decisivas para la reaparición de la actividad sexual”.
(Ibíd. p. 173) Las ocasiones externas y contingentes “cobran importancia grande y duradera”. Este exterior contingente pero duradero es para él, la cultura. Ahí justamente donde nombra el malestar.
En otra oportunidad, Freud reconoce un carácter histórico de este “afuera”:
“Por otra parte en estos poderes que ponen un dique al desarrollo sexual –asco, vergüenza y moral- es preciso ver también un sedimento histórico de las inhibiciones externas que la pulsión sexual experimentó en la psicogénesis de la humanidad”. (Ibíd. Pág. 147)
Freud y Foucault
Construyamos entonces un cotejo, entre dos pensadores que no fueron contemporáneos.
En M. Foucault, según su “Historia de la sexualidad”, en lugar de reprimir un sexo original y primario, desde la cultura el poder produce, por medio de una red de prácticas y enunciados (el dispositivo de sexualidad), la idea de “sexo” a los fines de profundizar su inserción y de extender su control sobre el conjunto de la sociedad. Por lo tanto, la sexualidad es una construcción discursiva entre la economía del poder y los placeres del cuerpo.
Según Freud: “Decimos más o menos lo mismo si derivamos la oposición entre cultura y sexualidad del hecho de que el amor sexual es una relación entre dos personas en que los terceros huelgan o estorban, mientras que la cultura reposa en vínculos entre un gran número de seres humanos.”(“El malestar en la cultura” Amorrortu, Tomo XXI, Pág. 105).
Vean como van produciéndose diferencias, en relación a este “exterior”, llamado social o cultural.
Eso que Freud llama “el amor sexual”, está según él realizado entre dos personas, a diferencia de la cultura. Evidentemente, Freud lo concierne en una pareja, omite la consideración de otras situaciones. La cultura es para el maestro vienés exterior a la sexualidad. Cultura y naturaleza son diferenciados y esta diferenciación no produce una interrelación armoniosa entre lo sexual y la cultura.
Veamos lo que sigue diciendo: “Reconocemos como culturales todas las actividades y valores que son útiles para el ser humano en tanto ponen la tierra a su servicio, lo protegen de la violencia de las fuerzas naturales, …”.(Ibíd. Pág. 89)
Pero nos advierte que estas “hazañas” de la cultura: “No sólo parece un cuento de hadas; es directamente el cumplimiento de todos los deseos de los cuentos”.(Ibíd. Pág. 90)
La cultura, ese tercer elemento entre lo psíquico y lo orgánico, no es para Freud un posibilitador psíquico de lo orgánico o de la “naturaleza”. Ella se relaciona con la sexualidad de modo restrictivo, negativo, represivo “. . . la cultura nunca se conforma con las ligazones que se le han concedido hasta un momento dado, que pretende ligar entre sí a los miembros de la comunidad también libidinalmente…”, “. . .Para cumplir esto propósitos es inevitable limitar la vida sexual”. (id. Pág. 106)
Es cierto que desde Freud, cultura y naturaleza son diferenciadas e irreductibles la una a la otra; también que la sexualidad tiene al menos un punto de apoyo o ligadura a lo biológico; y que lo cultural aparece más vinculado a lo represivo, considerando sólo los aspectos negativos. Aunque esto último habría que matizarlo, recordando que él también plantea que las construcciones culturales son posibles no sólo por la represión, sino también por la sublimación de la pulsión sexual.
Vamos a ver como esta separación tajante, no le va a permitir a Freud, tomar en cuenta la inserción de la cultura en su propia concepción de la sexualidad. A eso quiero llevarlos.
No podemos identificar totalmente los argumentos freudianos con la hipótesis represiva presentada por Foucault pero sí parcialmente cuando el carácter negativo del poder queda manifiesto. Dice Freud:
“De tal suerte, las fuerzas valorizables para el trabajo cultural se consiguen en buena medida por la sofocación de los elementos llamados perversos de la excitación sexual”. (“La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna” (1908) Amorrortu. Ed. Tomo IX, Pág. 169)
La misma cultura, es para Freud, una consecuencia de la des-sexualización, por la sublimación de lo que originariamente eran pulsiones sexuales.
De ahí cierta antinomia entre lo cultural y la sexualidad. Punto ciego de Freud, que va a determinar toda su teoría de la sexualidad y de los sexos.
¿Qué piensan Uds. en relación a esto?, ¿Tiene esto que ver con la moral victoriana de la época de Freud?, ¿Uds. siguen siendo freudianos en esta conceptualización de la sexualidad?
En los textos de Freud o de Foucault reconocemos una fuerza o entidad, distinta y exterior al sujeto. En Freud a este “afuera” lo identificamos con la cultura y en Foucault con el poder en relación a la sexualidad. La sexualidad se realiza según un exterior, que dependiendo del autor, se relaciona de un modo distinto con ella.
Lo digo claramente, desde el inicio, entre el Freud que acentúa de la incidencia cultural, sólo la represión hacia la sexualidad, y la propuesta de Foucault, que abre la perspectiva de la incidencia discursiva del poder sobre la sexualidad y que responde no a lo que restringe y constriñe (al menos no únicamente) sino que “. . . las relaciones del poder con el sexo y el placer se ramifican, se multiplican, miden el cuerpo y penetran en las conductas, . . . Poder y placer ni se anulan; no se vuelven el uno contra el otro; se persiguen, se encabalgan y reactivan. Se encadenan según mecanismos complejos y positivos de excitación y de incitación”. Me inclino por esta última.
Es necesario que plantee en este tiempo, dos puntualizaciones:
Una, es que para poder comprender lo que plantea Foucault, tenemos que admitir que «el poder no se posee sino que se ejerce, que no es un privilegio adquirido o conservado por la clase dominante, sino el efecto resultante de sus posiciones estratégicas… Este poder… no se aplica, pura y simplemente como una obligación o una prohibición, a quienes ‘no lo tienen’, sino que los impregna, pasa por ellos, del mismo modo que ellos, en su lucha contra el poder, se apoyan en las acciones que éste ejerce sobre ellos» (Foucault , Historia de la sexualidad, 1. La voluntad de saber. México: Siglo XXI. . 1976).
La otra, es que al preguntarnos sobre la represión sexual, sabemos que la insatisfacción que tenemos la vamos a ubicar en algún lado, sea la sociedad o la cultura, estos son buenos lugares para ser depositarios. El goce y la represión son ubicados en el campo del Otro, y muchas veces los personificamos. Y esto sucede hasta que sobre ello opera el psicoanálisis de cada uno.
Tenemos que ver en lo que estamos enredados, no hay “un poder”, ese que justamente suponemos lo tiene el otro, hay poderes y nosotros ayudamos a construirlos y sostenerlos.
«Por lo tanto, no preguntemos por qué cierta gente desea dominar, qué busca, cuál es su estrategia general. Preguntemos en cambio, cómo funcionan las cosas al nivel de la presente subyugación, al nivel de esos procesos continuos e ininterrumpidos que sujetan nuestros cuerpos, gobiernan nuestros gestos, dictan nuestras conductas, etc. En otras palabras, antes que preguntemos cómo aparece el soberano ante nosotros en su altivo aislamiento, deberíamos tratar de descubrir cómo es que los sujetos son constituidos gradual, progresiva, real y materialmente por medio de una multiplicidad de organismos, fuerzas, energías, materiales, deseos, pensamientos, etc…» (Foucault M. Historia de la sexualidad, 1. La voluntad de saber. México: Siglo XXI. . 1976).
¿Por qué tomo este camino de pensamiento?
Porque nos permite entender el embrollo freudiano en que nos hemos enredado durante bastante tiempo.
Teorías sexuales infantiles y conocimiento científico
Vayamos al inicio, Freud comienza a dar cuenta de la sexualidad, y más específicamente de la sexualidad infantil, a través de dos direcciones, una de ellas es el llamado conocimiento científico de su época en relación a la biología, y la otra dirección, es la que él llamó las “teorías sexuales infantiles”.
Veamos lo que dijo sobre una y otra dirección.
“El supuesto de que todos los seres humanos poseen idéntico genital (masculino) es la primera de las asombrosas teorías sexuales infantiles, grávidas de consecuencias. De poco le sirve al niño que la ciencia biológica dé razón a su prejuicio y deba reconocer al clítoris femenino como un auténtico sustituto del pene. En cuanto a la niñita, no incurre en tales rechazos cuando ve los genitales del varón con su conformación diversa. Al punto está dispuesta a reconocerla, y es presa de la envidia del pene, que culmina en el deseo de ser un varón, deseo tan importante luego.” (“Tres ensayos de teoría sexual”, “La sexualidad infantil”. 1905)
Acá tienen ya una seria aseveración freudiana, la de que la ciencia biológica da razón a las teorías sexuales infantiles, del idéntico genital, siendo el único, el masculino. Por tanto para Freud, el modelo masculino, digámoslo, el androcentrismo, es sobre el cual giran estas “teorías”, y también el conocimiento de la ciencia biológica de su época.
Por el lugar represivo que Freud le da a la cultura, no puede abordar las determinaciones sociales en relación a este tipo de pensamiento infantil, que en realidad es social y cultural. Porque estas teorías no derivan de lo que el niño o niña percibe, sino de la manera, como significa lo que ve. Y esta significación es la cultura la que la provee a través de la mediación particular del Otro. Ahí se encuentra generalmente la madre, como trasmisora acrítica y en el mejor de los casos, en conflicto que aún así no deja de trasmitir.
Sabemos desde Lacan que «la mirada es este reverso de la conciencia» («Los cuatro conceptos . . . ”. Barral pág. 93). Porque vemos un mundo hecho y por ello no tenemos conciencia de lo que ha sido creado a partir de nuestra mirada.
Con lo que la imagen, lo que percibo, pasa a tener una construcción muy compleja. La mirada sostiene una imagen en el punto mismo en que ella está cubriendo un vacío, un agujero. En pocas palabras, vemos en una imagen lo que la mirada ya ha creado.
Por ello decimos que la mirada es anterior a la imagen. Ella la produce, por lo que, la imagen que vemos, es ya una construcción donde la mirada está en juego.
Si nuestras acciones también derivan de lo que vemos, podemos decir que realizamos un acto o a veces nos precipitamos en él, cuando reconocemos en la imagen, justamente aquello que previamente hemos producido. Por tanto, la percepción de los sexos, de su diferencia, ya está determinada desde una mirada conectada a través del Otro, con la información cultural.
Y sabemos que en nuestra cultura, “El hombre (el macho) es un ser particular que se ve como ser universal (homo), que tiene el monopolio, de hecho y de derecho, de lo humano (es decir, de lo universal), y que se halla socialmente facultado para sentirse portador de la forma completa de la condición humana.”(Pierre Bourdieu “La dominación masculina” (Ed. Anagrama, Barcelona 1999. Pág. 4)
Lo ideológico y sus fuentes
Los invito a ir directamente a lo que determina esta visión de las diferencias sexuales, para lo cual los invito a articular la propuesta de Foucault y la de Pierre Bourdieu:
El “. . . programa social hace aparecer la diferencia biológica entre los cuerpos masculino y femenino, y de manera particular la diferencia anatómica entre los órganos sexuales como la justificación indiscutible de la diferencia socialmente construida entre los sexos.” (Ibíd. Pág. 8)
Porque “El sexismo es un esencialismo: al igual que el racismo, étnico o clasista, busca atribuir diferencias sociales históricamente construidas a una naturaleza biológica que funciona como una esencia de donde se deducen de modo implacable todos los actos de la existencia.” (Ibíd.)
¿Y de dónde proviene esto de denominan “naturaleza” biológica?
“El cuerpo masculino y el cuerpo femenino, y en especial los órganos sexuales que, como condensan la diferencia entre los sexos, están predispuestos a simbolizarla, son percibidos y construidos según los esquemas prácticos de (disposiciones culturales) abitus y de este modo en apoyos simbólicos privilegiados de aquellos significados y valores que están en concordancia con los principios de la visión falocéntrica del mundo”
¿Cómo piensa Bourdieu la determinación de lo fálico?
“No es el falo (o su ausencia) lo que constituye el principio generador de esta visión del mundo sino que es esta visión del mundo la que, al estar organizada, por razones sociales que convendrá tratar de descubrir, según la división en géneros relacionales, masculino y femenino, puede instituir al falo, erigido en símbolo de la virilidad, en principio de la diferencia entre los sexos. . .” (ibíd.)
Esto es donde Freud se embrolla, las “teorías” sexuales infantiles las intenta justificar desde un conocimiento científico articulado a la percepción, reproduciendo así, desde el psicoanálisis, el discurso del poder y el dispositivo sexual.
Avanza aún más Freud, cuando dice que:
“Toda vez que logra transferir la estimulación erógena del clítoris a la vagina, la mujer ha mudado la zona rectora para su práctica sexual posterior. En cambio, el hombre la conserva desde la infancia. En este cambio de la zona erógena rectora, así como en la oleada represiva de la pubertad que, por así decir, elimina la virilidad infantil, residen las principales condiciones de la proclividad de la mujer a la neurosis, en particular a la histeria. Estas condiciones se entraman entonces, y de la manera más íntima, con la naturaleza de la feminidad.” (“Tres ensayos de teoría sexual”, “La sexualidad infantil”. 1905. “La metamorfosis de la pubertad”)
¿Esto se entrama con la “naturaleza” de la feminidad?, ¿Cuál es la “naturaleza” de una mujer desde la biología?, ¿Y desde que perspectiva cultural la percibimos?
Vuelvo con Bourdieu, quien dice que “. . . la fuerza que ejerce el mundo social sobre cada sujeto consiste en imprimir en su cuerpo. . .un verdadero programa de percepción, apreciación y acción que, en su dimensión sexuada y sexuante, como en el resto, funciona como una naturaleza. “ (Ibíd. Pág. 8), en esto se asocia a Foucault.
Las teoría sexuales infantiles, son teorías sexuales “masculinas”, que en posición de dominio, contaminan las percepciones y los pensamientos, y tienen que ver con una organización social determinada, me refiero a la que conocemos como patriarcal.
Es lo que la sociedad ha considerado como natural en relación a los sexos por imposición significativa, y sabemos que lo natural sale de lo que es “normal” en un tiempo. Se trata de la norma, o de la mayoría de lo que se significa o se percibe, olvidándose de aquello que lo llevó a constituirse, de lo que en el orden simbólico e imaginario está en juego, para que durante cierto lapso las cosas “normales” parezcan “naturales”.
Una mirada común sobre las diferencias sexuales y anatómicas, vuelve normal la existencia del único órgano, el masculino, y de allí, a la naturaleza de todas las cosas, dado que van a girar sobre el falocentrismo, y este no es, sino, una consecuencia.
Vean que no digo que no exista, sino que acuerdo con lo citado, es una consecuencia derivada de la organización social. Así se realiza la tramposa conversión de lo “normal” en lo “natural”
La que a su vez, no permite que tengan lugar otras primacías que no sean las fálicas. Allí donde la falta y el agujero sólo se significan con la pérdida.
Ahora veamos esto a la luz de los nuevos conocimientos. Lo que les voy a proponer no es otra cosa que hacer, que el conocimiento científico actual, ponga un límite por ex –sistencia a este anudamiento de lo psíquico y lo cultural de Freud.
“Teorías” sexuales masculinas y la sexualidad femenina
Aún hoy, erróneamente, se considera que la anatomía sexual masculina es más amplia y activa que la de las mujeres. La eyaculación y el orgasmo explosivo son aceptados como emblemáticos de la mayor potencia sexual del hombre, cuyas fantasías sexuales son vistas como más activas y satisfactorias y cuya necesidad de sexo tiene la reputación de ser más intensa que la de la mujer.
Uno de los motivos por lo que el sexo ha sido considerado más dinámico y satisfactorio para los hombres es que el pene es aparentemente mucho mayor y más complejo – y por lo tanto más poderoso – que los genitales femeninos. El miembro viril llama la atención y dispara como una fuente en el orgasmo. Es decir que los genitales masculinos son los que los ojos pueden ver y la mirada significar.
Lacan también dice que “Se puede afirmar que ese significante (el falo) se selecciona como lo más saliente de lo que se puede atrapar en la realidad de la cópula sexual, como también lo más simbólico en sentido literal del término, puesto que equivale a la cópula. Se puede afirmar asimismo que por su turgencia es la imagen del flujo vital en tanto que formaliza la generación.” (Lacan. Ecrits, Seuil, París, 1966, p. 692)
A partir de esta forma de pensar, los órganos sexuales femeninos, son apenas considerados por oposición y como negativo de los masculinos.
Observen las palabras que existen para nombrar los genitales femeninos.
El concepto androcéntrico de la sexualidad al que ya nos referimos, ha llevado a las mujeres a mencionar sus genitales como “aquí abajo”, o “la cola”, genéricamente, “el coño” usado también en forma despectiva, o a darles nombres infantiles tales como “chuchita” o “la cosita”, o la “concha”.
Parece paradojal, “A pesar de vivir en una cultura que parece obsesionada por el sexo, muchas mujeres no saben ni los nombres de sus genitales. Como máximo, las niñas aprenden que tienen una vagina y ella pasa a ser el nombre de “todo lo de abajo”; difícilmente digan que también tienen una vulva o un clítoris.” (León R. Gindin. “La nueva sexualidad de la mujer” Ed. Norma. Pág. 45/6)
Sabemos que “Freud estimaba que la vagina era la versión negativa del pene y que existían dos tipos de orgasmos: el clitoridial y el vaginal, siendo el primero el más común pero menos importante pues no se lograba con la penetración.
“ . . . gracias a los trabajos de Ernst Gräfenberg, reconocido fundador de la ginecología, en 1950 se comenzaron a romper los mitos. Este investigador descubrió las zonas erógenas de la vagina y su conexión con la glándula parauretral (punto G), a la vez que analizó el mecanismo de la eyaculación femenina.
. . . Como lo demuestra la popular obra Monólogos de la vagina, ésta se ha hecho el centro de la sexualidad femenina cuando en realidad, para la mayoría de las mujeres, lo son su clítoris o su vulva” (Gindin, León “La nueva sexualidad femenina”, Ed. Norma, Pág. 52)
“Si Freud viviera hoy, probablemente rectificaría sus hipótesis al saber que los científicos acaban de descubrir que el clítoris mide casi 10 cm. El botón encapuchado que asoma discretamente entre los labios de la vulva es la punta de un enorme iceberg integrado en el cuerpo de la mujer.” (Ibíd. Pág. 63)
Y que la vagina “Es capaz de albergar desde un dedo hasta la cabeza y el cuerpo de un recién nacido,… Su interior está recubierto por células húmedas” Y escuchen esto: “La parte externa es muy sensible y trasmite sensaciones agradables. La parte más profunda no es sensible y su estimulación no transmite ninguna sensación especial” (Ibíd. Págs. 49/50)
¿Por qué esto es así?
El clítoris y la vagina
Porque, “La vagina da acceso a la estimulación directa de la esponja uretral, que está en su parte superior. Por ello, para muchas mujeres la penetración vaginal es placentera y atribuyen erróneamente, estas sensaciones a la vagina en sí.”
¿Entonces aquello del pasaje del clítoris a la vagina que proponía Freud, qué fundamento tiene desde el punto de vista biológico?, se los digo, ninguno, sólo es ideológico, porque:
“Las sensaciones percibidas durante la penetración son causadas por la presión sobre las paredes del clítoris que rodean la abertura vaginal (bulbos clitoridianos, ramas o piernas, los músculos atravesados por la vagina y por la uretra) y la esponja uretral. Cuando están llenas de sangre, estas estructuras clitoridianas forman una cerradura gruesa en torno a la abertura vaginal y son altamente sensibles a las caricias, presión o vibración. La vagina contiene nervios que responden a la presión, de modo que se pueden percibir estas sensaciones cuando algo pasa a través de su orificio.” (Ibíd. Pág. 50)
Entonces, perciban esta paradoja: “Aunque los hombres se ponen orgullosos de la longitud de su pene, para la mujer lo más importante es su grosor. No olvidar que la zona más sensible de la vagina, porque tiene la mayor cantidad de terminaciones nerviosas, es el introito vaginal y que a su alrededor están el clítoris y sus estructuras periféricas, uretra y esponjas uretral y del perineo.” (Ibíd. Pág. 113)
Y esto no le ocurre ahora a las mujeres, por ser su descubrimiento de corta data, sino que ellas lo han sabido desde siempre, o confundidas con el “saber cultural”, lo han sufrido, creyéndose enfermas o por fuera de su “naturaleza”.
Cuando hablo de este “saber”, me refiero también a la introducción del conocimiento ideológico en el científico, observen lo que dice Freud en 1908:
“Enseña también la ciencia que muchas mujeres tienen menoscabada su función sexual porque esa excitabilidad del clítoris persiste tenazmente, lo cual las vuelve anestésicas en el coito, o porque la represión ha sido hipertrófica, de suerte -que su efecto es cancelado en parte por una formación sustitutiva histérica; nada de esto refuta la teoría sexual infantil de que la mujer, como el hombre, posee un pene” (“Sobre las teorías sexuales infantiles” 1908)
¿Por qué la excitación del clítoris sólo tiene que ser relacionada con el pene, con lo masculino?, ¿por qué no va a persistir si allí está la fuente orgánica de mayor placer?
¿Quieren un poco más del embrollo freudiano?
“Como sabemos, la sexualidad de la niña está bajo el imperio de un órgano rector masculino (el clítoris), y en muchos planos ella se comporta como la del varoncito. Una última oleada de desarrollo en la época de la pubertad tiene que remover esa sexualidad masculina y elevar a la vagina, derivada de la cloaca, a la condición de zona erógena dominante.” (“La predisposición a la neurosis obsesiva” “Contribución al problema de la elección de la neurosis” 1913)
Ahora sabemos la sexualidad femenina tiene que ver con el clítoris, con la vulva y con la parte anterior de la vagina. Y eso no la convierte en un varoncito.
. A la mujer permanentemente se la ha enfrentado con lo que no tiene y debiera tener de la condición masculina. Para ellas, lo que les falta lo tiene el otro, el hombre. Recuerdo lo que nos decía un profesor en el liceo: “el elefante no es un animal defectuoso por no tener jorobas”
¿Y cuál puede ser una de las consecuencias de tal concepción androcéntrica?, nos lo contesta Freud:
“Cuando la envidia del pene ha despertado un fuerte impulso contrario al onanismo clitorídeo y este, empero, no quiere ceder, se entabla una violenta lucha por liberarse; en esa lucha la niña asume ella misma, por así decir, el papel de la madre ahora destituida y expresa todo su descontento con el clítoris inferior en la repulsa a la satisfacción obtenida en él.” (“Sobre la sexualidad femenina”. 1931.)
La llamada “envidia del pene”, que no deja de existir, no es sino una consecuencia de una visión masculinizada de las diferencias sexuales, donde uno tiene lo que al otro le quitaron. Por castración, se entiende.
Sabemos que la “amenaza de la castración” no opera igual para hombres que para mujeres. Esta amenaza, implica una privación real para ellas, sólo le queda, según Freud, y en el mejor de los casos, buscar en otros los equivalentes fálicos.
¿Esta valorización de la vagina como negativo del pene, hecha por la cultura y tomada por Freud, no significa que el clítoris que sirve para el placer, y que es más pequeño exteriormente que un pene masculino, tiene que ser dejado de lado, pues es en la vagina donde se juntan placer y reproducción?
¿Es que a diferencia del pene, la mujer no puede tener un órgano con el cual sólo obtiene placer, justamente allí donde sexualidad y reproducción se separan?
¿Y la cultura como interviene en estas “visiones científicas” sobre la mujer?
¿Cuál es la Naturaleza de la Mujer?
La actitud masculina respecto a la feminidad siempre ha sido contradictoria, oscilando de la atracción a la repulsión, de la admiración a la hostilidad. El judaísmo bíblico y clasicismo griego expresaron a su tiempo estos sentimientos opuestos.
El alto nivel de idealización de la mujer en tanto que madre, representada por la Virgen María, y la idealización del amor cortés elevando a la mujer a la dignidad de la cosa, convivieron con el rechazo de la fisiología femenina unida a las fases lunares. Es conocida la constatación humillante de San Agustín: Inter urinam et faeces nascimur (Nacemos entre la orina y las heces)
Donde está en juego el flujo menstrual, los olores, las secreciones, el líquido amniótico, las expulsiones del parto.
Mujeres perseguidas e idolatradas, vírgenes y brujas.
“Mal magnífico, placer funesto, venenoso, engañador, la mujer ha sido acusada por el otro sexo de haber introducido en la tierra el pecado, la desgracia y la muerte. La Parca, la Pandora griega o la Eva judaica, ha cometido el pecado original abriendo la urna que contenía todos los males o comiendo el fruto prohibido. El hombre ha buscado un responsable al sufrimiento, al fracaso, a la desaparición del paraíso terrestre, y ha encontrado a la mujer.” (Pierre Bourdieu “La dominación masculina” Ed. Anagrama, Barcelona 1999. Pág. 477)
Y en el caso del hombre y de la mujer la naturaleza siempre fue muy difícil de definir, también para la Iglesia. Al tiempo que se exaltaba y aún exalta la virginidad y la castidad por parte de la mujer, la Iglesia mantiene la misoginia esencial en nuestra cultura.
¿Cómo se concilió el antifeminismo, con la enseñanza evangélica sobre la igual dignidad del hombre y de la mujer?
Observen este texto que he conseguido: “San Agustín hace esa conciliación gracias a una sorprendente distinción: todo ser humano declaró, posee un alma espiritual asexuada y un cuerpo sexuado. En el individuo masculino, el cuerpo refleja el alma, pero no es éste el caso de la mujer. El hombre es, por tanto, plenamente imagen de Dios, pero no la mujer, que sólo lo es por su alma, y cuyo cuerpo constituye un obstáculo permanente al ejercicio de su razón. Inferior al hombre, la mujer debe estarle sometida.” (K. E. Borresen, “Subordination et equivalence. Nature et role de la femme d´après Augustin et Thomas d´Aquin, Paris, Oslo, 1968, págs 25-114)
Y en esto San Agustín agrega el peso de los conceptos aristotélicos: sólo el hombre juega un papel positivo en la generación, no siendo su compañera más que receptáculo. No hay realmente más que un solo sexo, el masculino. La mujer es un macho deficiente. No es sorprendente que, como ser débil, marcado por la imbecillitas de su naturaleza, deba permanecer bajo tutela…del hombre.
Como dice la Summa Teológica, I, Q. 99, art. 2:
“La mujer necesita del varón no sólo para engendrar, como ocurre con los demás animales, sino incluso para gobernarse: porque el varón es más perfecto por su razón y más fuerte en virtud”
De ahí a lo demoníaco en la mujer y a su persecución, fue sólo un paso. Observen que están hablando de la “naturaleza” de la mujer.
Sobre esto, voy agrego dos puntuaciones más:
Lo científico “contaminado”
Y al lado de los hombres de ciencia, los médicos afirmaron la inferioridad estructural de la mujer. Donde la mujer para los médicos más ilustres del Renacimiento es “un macho mutilado e imperfecto”, “un defecto, cuando no se puede hacer mejor”. Así la ha hecho la Naturaleza, que la ha situado en un estatuto de inferioridad física y moral. La ciencia médica de la época no hace, pues sino repetir a Aristóteles revisado y corregido por Santo Tomás de Aquino. Teólogos y médicos aportaron argumentos complementarios para desvalorizar a la mujer.
Y esto se lo aportaron también a los hombres del derecho, los jurisconsultos afirmaron la categórica y estructural inferioridad de las mujeres. De allí la preponderancia del hombre en el hogar, desde las leyes el hombre es “amo y señor” “el jefe”.
Si bien en algunos códigos civiles últimamente se suprimieron las consideraciones sobre la “naturaleza de la mujer” en ellos aún restan las discriminaciones contra la mujer, que no son otra cosa que los vestigios de lo que venimos planteando.
En eso seguimos estando.
Virginidad y desfloración
Durante buena parte de la historia, el himen intacto fue considerado un indicador de la virginidad femenina, al demostrar que no había sido penetrada por el pene de un hombre. Este concepto se estableció en las primeras culturas patriarcales, en las cuales las mujeres y las criaturas eran consideradas propiedades y las niñas eran vendidas para casarlas al comienzo de la adolescencia. Las niñas tenían que ser vírgenes antes y permanecer fieles luego del casamiento, de modo tal que el marido tuviese la certeza de que los hijos de ella eran también suyos.
Son interesantes las conclusiones a las que llegó Freud, sobre la virginidad y la desfloración:
“A modo de conclusión podemos decir, pues: La desfloración no tiene sólo la consecuencia cultural de atar duraderamente la mujer al hombre; desencadena también una reacción anárquica de hostilidad al varón, que puede cobrar formas patológicas, exteriorizarse con mucha frecuencia en fenómenos inhibitorios de la vida amorosa matrimonial, y a la que es lícito atribuirle el hecho de que unas segundas nupcias sean a menudo más felices que las primeras.
Ahora bien, es interesante que en calidad de analistas encontremos mujeres en quienes las reacciones contrapuestas de servidumbre y hostilidad hayan llegado a expresarse permaneciendo en estrecho enlace recíproco. Hay mujeres que parecen totalmente distanciadas de sus maridos, a pesar de lo cual son vanos sus esfuerzos para desasirse de ellos. Toda vez que intentan dirigir su amor a otro hombre se interpone la imagen, del primero, a quien ya no aman. En tales casos, el análisis enseña que esas mujeres dependen como siervas de su primer marido, pero ya no por ternura. No se liberan de él porque no han consumado su venganza en él, y en los casos más acusados la moción vengativa ni siquiera ha llegado a su conciencia.” (Freud, S. “El tabú de la virginidad”, Amorrortu Ed. Tomo XI, 1917, in fine)
Lo que Freud no pudo decir es que la significación cultural del himen, como garantía del control patriarcal a los efectos de la trasmisión de bienes y personas como propiedad privada, pues así se ha significado y no por otra cosa, ha mantenido y aún mantiene a las mujeres durante mucho tiempo presas, reprimidas y como objeto de intercambio, donde su nuevo propietario, en un acto, llamado sexual, va a verificar la buena calidad de la mercadería
Pero, ¿y el deseo de la mujer no importaba, aún hoy, no importa?
Sí que importa, tanto, que generalmente nada se quiere saber de él. ¿Cómo no ver en esta situación de sumisión una gran violencia, multiplicada por quien luego las desflora, otra vez sin tomar en cuenta sus verdaderos deseos. Virginidad y desfloramiento son vividos como parte de la dominación masculina de las mujeres. Virtud originada en una moral cuyo bien no está en el bienestar de la mujer, sino en su valor como intercambio.
A diferencia de la de los hombres, la moral de la mujer está centrada en el uso de sus genitales.
Hay un texto del español Leandro Fernández de Moratín, en su obra “El sí de las niñas” que es del siglo XVIII, donde dice que a las mujeres se las considera buenas y honestas cuando logran ocultar sus verdaderos sentimientos y pensamientos. De allí a la sumisión y resignación o a la actuación por astucia, hay sólo un paso.
En esto está en juego para la mujer, el quedar alienada al deseo del Otro, y la posibilidad de salir de esa posición.
Porque esta violencia, ejercida mediante la educación, los buenos modales, y las amenazas más terribles, también se ha llevado al acto, y al acto de la castración, de la privación real de las mujeres, en lo que en última instancia se llama “infibulación” o ablación del clítoris.
Este hombre amo y señor del hogar, o para decirlo con otras palabras “jefe del hogar”, es a su vez esclavo de una organización social que lo somete a no poder dejar de ser un amo autoritario que sojuzga a las mujeres, ¿este hombre sujetado a esos significantes-amos, va a permitir el goce femenino?, ¿puede disfrutarlo sin degradar a esa mujer?, ¿puede aceptarlo en las mujeres de su familia?
¿Es que el hombre no tiene también un programa, un libreto, desde el cual no sólo desconoce o desvaloriza lo orgánico de las mujeres, sino también su deseo? Podemos interrogar a los obsesivos, mayoritarios en la legión masculina, ¿qué les sucede con el deseo de la mujer?
¿No parte de allí su miedo ante el cuerpo y el deseo femenino, no se convierte en custodio moral del goce de las mujeres?
¿A esas a las que considera su propiedad, y a ese goce que juzga inmoral, no las termina matando cuando ellas no se quieren someter al ridículo y trágico desempeño de su autoritarismo como representante de una ley que nada quiere saber con el deseo femenino?
“Was will das Weib?”, Uds. saben que esa es una pregunta universal, atraviesa las distintas épocas y la encontramos en la filosofía, en la literatura, en los diferentes géneros musicales que se interrogan mediante una letra, en las artes plásticas, forma parte de las diferentes culturas, es en pocas palabras una interrogación que de diversas maneras trata de aprehender algo de lo mismo.
Dentro del psicoanálisis, es una pregunta freudiana, ya que Freud la realizaba a través de su obra, en diferentes momentos teóricos y encuentros con amigos, como lo atestiguó Alfred Jones.
¿Qué quiere una mujer?
“Was will das Weib?”, traducida literalmente es ¿qué quiere esa mujer?, o ¿qué quiere la mujer?
Pero Freud sabía lo que quería una mujer, el falo, y además sabía, lo que ellas querían de él, ese lugar paterno donde la demanda y el deseo se junta en la Ley. Un padre poseedor del falo, representaba la versión falicizada del objeto a.
¿Ahora bien, qué quiere una mujer, cuando no quiere ser el negativo del hombre? ¿qué quiere ella cuando no quiere lo que el Otro quiere? ¿Qué quiere, como dije ya hace un tiempo, cuando eso no es todo? Sabemos el costo para las histéricas cuando a través de su deseo se “cuelga” del deseo del Otro. Piensen en Dora o en la Joven homosexual de Freud.
Una mujer puede querer muchas cosas, pero entre ellas, ¿no querrá recuperar su cuerpo en tanto que diferente del masculino? ¿no querrá también, poder sostener sus goces sin tener que someterse a un dispositivo sexual, que la coarta, apresa, cuando no la castra ideológicamente?
Freud por tanto ha introducido en el psicoanálisis una forma de pensar los sexos y su relación, allí donde lo “evidente”, confirmaría lo que quedaba oculto de las determinaciones sociales. Me refiero al dispositivo sexual, que cada uno de nosotros puede contribuir a propalar.
Como una de las cosas que más admiro en Freud, es su honestidad en relación a lo que iba descubriendo y a lo que aún no sabía, es que finalmente, al final de su vida puede decir que:
“La biología es verdaderamente un reino de posibilidades ilimitadas; tenemos que esperar de ella los esclarecimientos más sorprendentes y no podemos columbrar las respuestas que decenios más adelante dará a los interrogantes que le planteamos. Quizá las dé tales que derrumben todo nuestro artificial edificio de hipótesis. Pero si es así, podría preguntarse: ¿Para qué tomarse trabajos como los consignados en esta sección, y por qué comunicarlos además? Pues bien, es sólo que no puedo negar que algunas de las analogías, enlaces y nexos apuntados en ella me parecieron dignos de consideración” (“Más allá del principio del Placer” Tomo 18, Cap`. 5 in fine)
Aún así, embrollado, Freud hace que su teoría sea no-toda, que pueda haber un más allá que la limite. Con lo que, nos vuelve a cada uno de nosotros, el desafío de que no tomemos sus textos como un relato bíblico, sino como fundamentos que son a fundamentar. Cada vez.
También dijo Freud, al final de su obra, sobre las diferencias que él articuló, lo siguiente:
“Aquí tenemos que describir por separado el desarrollo del varoncito y niña -hombre y mujer-, pues ahora la diferencia entre los sexos alcanza su primera expresión psicológica. El hecho de la dualidad de los sexos se levanta ante nosotros a modo de un gran enigma, una ultimidad para nuestro conocimiento, que desafía ser reconducida a algo otro. El psicoanálisis no ha aportado nada para aclarar este problema, que, manifiestamente, pertenece por entero a la biología. (Esquema del psicoanálisis. Parte II La tarea práctica)
La grandeza de Freud, no radica en no haberse enredado, sino en hacer de su embrollo teórico, una posibilidad de seguir avanzando con los instrumentos que tenía.
Y él sabía, porque lo dijo, que lo que creó iba a estar sujeto a revisiones, a nuevas lecturas, que lo iban a revalorizar.
Ricardo Landeira
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