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«Análisis Lacaniano»

Una vez en el Plenario de la Red decíamos que no hay en Uruguay una oferta de empleo o un llamado a psicoanalistas lacanianos. No podemos esperar que un paciente llegue a la consulta sabiendo de qué se trata un análisis, pero sí suponer que no sabe. De hecho, de no saber es de lo que se trata.

Los pacientes no siempre se acercan disponiéndose a un análisis. Algunas veces sucede que alguien llega por la insistencia de otro, para cambiar algo que le afecta en la relación con otro, o ante determinada circunstancia en la que se desestabiliza, consulta en la búsqueda de la supresión de su malestar.

Buscar estabilidad no necesariamente quiere decir buscar un análisis. Suponiendo al sujeto, vamos dejando de lado lo que es terapéutico, entendiendo a lo terapéutico como un remedio o curación para recuperar el estado anterior. Si la estabilidad que se busca es regresar a ese estado anterior donde no existía ese malestar, entonces no hay posibilidad de análisis.

Tampoco basta con que aparezca la angustia, los síntomas o un malestar. En las primeras entrevistas habrá que construir la demanda y, para ello, es necesario que se produzca la falta en saber del sujeto acerca de lo que le pasa, en tanto que sepa que algo de lo que le pasa, tiene que ver con él, de modo que el malestar  o el síntoma pasen a ser reconocidos como propios.

Al plantearse la pregunta, supone que el analista tiene la respuesta, se pregunta por ese saber que le supone y es así, desde esa posición, con la falta en saber y suponiéndoselo al analista, que se puede dar entrada a un análisis, con el analista haciendo semblante de la transferencia.

Desde el lugar del analista, la estrategia para construir la demanda tendrá que ver con llevar las entrevistas al punto donde pueda haber ese posicionamiento de quien consulta con respecto a su goce.

Un paciente podría llegar a la consulta hablando de su malestar, suponiéndole el saber al analista, quedando a su merced, pidiéndole que le diga lo que tiene que hacer. Si el analista se coloca en ese lugar que espera el paciente, educándolo, el análisis no va a avanzar. En el discurso de analista, la suposición del saber al analista va a ocupar el lugar de la verdad, pero el analista, lo único que sabe, es que el saber lo tiene el analizante, aunque él no lo sepa.

La producción de saber está en el lugar de la articulación de los significantes y sus marcas, es seguir articulando las marcas con las que el sujeto se identifica y el goce del Otro. El goce está vinculado con la entrada en juego del significante en relación al rasgo unario. El saber sirve para gozar, quedando el sujeto como objeto del Otro.

El analista deberá sostener el no saber. La falta va a posibilitar el deseo, y así se puede construir la demanda.

Si la producción de saber es la articulación entre las marcas y el goce del Otro, que produce significaciones, el lugar del analista será hacer corte en esa articulación. La función del analista es la del a, en tanto objeto separador.

El analista se pone en función de su ignorancia, para que el propio sujeto produzca su saber inconsciente. Es con ese saber no sabido con el que vamos a trabajar y en el que vamos a operar.

El analista en tanto a, con la interpretación, produce un efecto de corte en la cadena significante para que advenga el sujeto. Mediante el acto psicoanalítico, hace surgir al sujeto dividido. Allí, donde estaba alienado, se produce separación.

Colocarse en el lugar del a, será limitar la producción del goce, impidiendo la significación. Haciendo samblante de a, anuda entre el campo del sujeto y el campo del Otro, operando como falta, desde el lugar de la causa de lo real, para que las causas discursivas vayan girando y cambie la secuencia fantasmática. Así, el sujeto irá desidentificándose de esas marcas del Otro.

Hay intervenciones que no tienen el estatuto de interpretación o de acto psicoanalítico, pero se hacen necesarias, por ejemplo para dar lugar a que se desplieguen las causas, el saber no sabido. Para operar sobre las significaciones, también habrá que darles lugar; sólo escribiendo al fantasma es que se podrá atravesar.

Hablando en términos de discursos, decimos que el analista no siempre está en ese lugar, sino que irá circulando. Me pregunto si será que el analista se corre de su posición, o si la posición del analista admite un como si amo, como si universitario, y hasta un como si histérica. Recuerdo la lectura de un caso en que un analista detuvo la sesión diciéndole a un paciente homosexual: “Ay, me tenés harto con tu homofobia!”. Si no conocemos el caso, podríamos pensar que en ese punto el analista se subjetivizó y en esa queja de hartazgo se colocó en posición histérica. Sin embargo, si esos dichos tuvieron un efecto de corte y habilitaron el advenimiento del sujeto, entonces, ¿no estaríamos hablando de que mantuvo su posición analítica?

La cuestión no está en las palabras ni en la entonación, sino en el efecto que se produce. El analista no sabe los efectos que van a tener sus intervenciones. Si propició división subjetiva, entonces hubo discurso analítico.

Para decir del trabajo de análisis, son los efectos los que cuentan.

Luisa Bertolino.

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