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«El odio entre hermanos»

La psicoanalista francesa Marie-Magdeleine Chatel logró plasmar en un neologismo la “frérocité”. Condensación en francés de hermano y ferocidad. Esto que ella presenta en 1990, cuando la prensa parisina en vista de lo que sucedía entre los analistas llamó “un odio fratricida entre psicoanalistas” en vistas de lo que sucedía una vez muerto Lacan, en lo que podemos llamar la corriente lacaniana del psicoanálisis francés. Esta “frérocité”, la ferocidad en la relación fratricida, que surge ahí mismo donde el otro, ese semejante, o falso semejante, nos recuerda el rasgo común, a la vez que lo que me falta. Ahí mismo, donde surge el lugar imaginario del deseo, como dice Lacan en el seminario “La identificación”: cuando habla de la imagen del otro como estructurante, “ese es el punto de nacimiento del deseo: es mi imagen en el sentido donde la imagen de que se trata es fundadora de mi deseo”(Reunión del 14.3.62) Una imagen estructurante, que nos recuerda el pasaje del Hombre-Hermano- Hijo. Ahí donde basculamos entre la prueba de la intrusión del otro, a la chance de la rivalidad, modulando el odio destructivo en agresividad competitiva. Lo que quiero destacar es que es que el goce de los celos, la “Jalouissance” como dice Lacan en “Encore”, que me atrevo a traducir como “goceloso” experimentada a la vista del hermano, no es vivido sólo en tiempos de la infancia, en los tiempos donde se constituye el Yo. El vuelve de manera privilegiada para cada uno a través de encuentros donde el deseo es impedido. Les hablo de situaciones donde este goce hace barrera al deseo propio. Y los hermanos de los que hablo, se extiende a otros “hermanos”, los hermanos de fe, de armas, de raza, de piel, los colegas, para no olvidarnos de lo que nos pasa.

¿Por qué nos sucede esto?

Porque el goceloso es una resonancia de la suposición del goce del otro, un goce que mata. Esto no es otra cosa que poner el obstáculo en el hermano, al tiempo que se niega o se “salva” al Otro con el cual se está alienado.

¿Porqué no pensar al hermano, como aquel a quien golpeamos, para dañar al Otro, al que a su vez, paradójicamente, a la vez lo excusamos? ¿Abel no es una criatura de dios, y la que recibe su aceptación, porqué no hacer doler a dios su rechazo? ¿porqué no matar a alguien terrenal, cuando un mortal no puede dañar a dios?.

En la Biblia se dice que Dios no conoce el odio, Lacan dice que entonces es el ser más ignorante justamente por su desconocimiento, pero este Yahveh sabe del odio de los mortales, y aún del odio hacia él. La cuestión es ¿cómo salirse de esta paranoia con los hermanos, que no sea dándoles un golpe?

Freud dice que la llegada del segundo o del intruso, crea la necesidad de saber, la construcción de las teorías sobre el origen de los niños. Como ven, una vez más, la sublimación era para él un camino. Y no está errado, pues el desalojo del primogénito de la comodidad de su goce, es lo que lo lleva a preguntarse, y a producir saber. Pero ¿es suficiente? En vista de lo que nos rodea, podemos decir que no, o que no todos pueden hacer de la sublimación una vía de salida.

Vemos como la suposición del goce del otro, se entrama con la propia insatisfacción. Cuándo la situación se enfoca como dual surge la pregunta ¿si el goce que le supongo, o que “veo” en el otro, es el que me falta?. Cuando aparece la “frérocité”, no hay ninguna duda de que ella es la consecuencia de una certeza. Ahí donde la falta está en función de lo que goza el otro y además, creemos nos pertenece. Nos falta lo que el otro tiene, ahí tienen en su máxima potencia a la envidia. Porque pensamos que el otro finalmente nos ha sacado el lugar que teníamos ante el amor del Otro; y porque no, ya que he tenido muchos casos en este sentido, también ante el odio del Otro.

Quiero acá hacer una puntualización importante que no he encontrado en los textos de Lacan, ante la pregunta ¿qué es un hermano?, no hay una respuesta automática, desencadenada sólo por la presencia del otro, sino que la clave, la respuesta a esta tan importante pregunta, nunca deja de venir desde el lugar del Otro, desde ese tercero que se encarna en una madre, padre o figura de autoridad. Por lo que planteo que la relación entre hermanos nunca es dual, salvo en la locura, pues desde el Otro, siempre se nos ubica o desubica de ese lugar que tenemos. Buscamos entonces en el Otro, la respuesta a ¿qué es un hermano? La respuesta que recibamos no va a ser sin consecuencias. Y esto nos puede suceder, aún cuando esto no lo hayamos vivido con nuestros hermanos y luego desplazado a otros, porque también por identificación podemos realizarlo.

¿Qué del deseo propio pueden preguntarse Uds., pues hemos estado hablando del goce, del goce de los celos, y de las lecturas paranoicas entre hermanos? Es que este goce que nos habita, guarda relación con lo que hacemos con la falta y la castración. Una salida puede ser este goce, y otra muy distinta, la del deseo propio. Ahí donde el deseo al anudar la falta y los goces, nos lleva a prestar atención, no al goce del otro, del “hermano”, sino al propio. Ese que luego tenemos que sostener.

Ricardo Landeira.

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