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«Institución Lacaniana: Cómo hacer hoy»

Primero que nada, les agradezco a mis colegas de la mesa y a ustedes, por el espacio para trabajar esta pregunta de cómo hacer hoy institución lacaniana, que a priori, pensando en lo que implica la formación de los analistas, supongo que no será posible responder, pero sí es necesario abordar.

Entiendo que es una cuestión ética incluir en el trabajo de los miembros de una institución, la reflexión acerca de qué institución estamos formando, cuál es nuestra función en la institución y qué función tiene para cada uno. Dice Lacan, en la primera reunión de su Seminario RSI, que “es indispensable que el analista sea al menos dos. El analista que produce efectos y el analista que, a esos efectos, los teoriza”. Un analista se interroga por su clínica y su formación.

En su proposición del 9 de Octubre de 1967, deja para preguntarnos ¿cómo poner a jugar la lógica de un análisis en la formación, cómo adecuar en la extensión eso que se pone en juego en un análisis, cómo hacer que en la relación entre quienes están jugados en el análisis, se ponga en juego lo real del análisis?

La dirección de la cura y la formación se sitúan en relación a la falta. En tiempos de extensión, partimos de la falta en saber, que abordamos a través del discurso, poniéndonos producir, ubicándonos no por lo que sabemos, sino por lo que nos falta en saber, que será lo que nos mueva a interrogarnos.

Es el deseo de formación y nuestra posición frente a la falta que permitirá que pongamos a jugar nuestro saber con otros y eso tendrá que ver con el análisis que cada uno haya atravesado.

Así como en el análisis, el saber está en el propio sujeto del inconsciente, en la formación el saber está en el sujeto y en su pregunta.  Al ser la formación, la formación del inconsciente, no podemos pensarla como algo predeterminado en una institución o pensar en un analista ideal. La formación es de cada uno y cada analista se irá formando de una manera singular. Habrá tantas formaciones como analistas.

De ahí la importancia de que cada uno vaya estableciendo sus propias interrogantes a trabajar y no quedar puesto a merced del supuesto saber de otros, ni a la primacía de un maestro o los propios textos de Lacan, en los que nos basamos y los que necesariamente tenemos que interrogar.

De otro modo, caeríamos en una sacralización de la letra o de nuestros maestros, dando a la letra de Lacan un saber revelado. Sea lo que sea que se produzca desde esa posición, no será un analista.

Podemos reconocer la trayectoria y experiencia que cada uno puede tener, pero la cuestión no es quien dice lo que dice sino como uno es tocado por la letra. La validez no está en la persona sino en el efecto de su discurso. En la transmisión va a haber algo de lo real en juego que tendrá que ver con la posición de quien enuncia el enunciado, y la de quien lo escucha.

Los maestros, en posición de analizantes, van a ser necesarios, pero ese lugar lo va a otorgar cada uno.

Entiendo que cuando Lacan nombra la escuela, vuelve al concepto antiguo para distanciarse del discurso universitario en el que hay un saber que está en el lugar del amo y los demás vienen a adquirirlo. Donde unos autorizan a otros por lo que saben.

Si vamos a aquel concepto de escuela, pensamos en un maestro al que la gente buscaba para reunirse y escuchar. En la escuela, cada uno elegía otros, con los que estaba transferenciado y a los que les suponía un saber.

En la enseñanza analítica se trabaja con el deseo del sujeto. Nos ubicamos como sujeto analizante, desde el lugar de no saber y sostenemos nuestra formación ahí porque fuimos tocados por la letra de un modo particular. Si nos interrogamos con otros, a los que les suponemos un saber, no es para la obtención de un saber oficial ni para obtener un título, sino para ponernos a producir nuestras interrogantes, aceptando la falta, sosteniendo nuestro deseo de formación. No vamos a desconocer que giramos en otros discursos que producimos y que por ejemplo un título o un certificado puede ser necesario para acceder a determinado lugar, pero eso no va a ser lo central a la hora de elegir seguir este camino.

Me pregunto si podríamos pensar la institución poniéndola en función de analista, con la que hacemos lazo, a la que cada uno le otorgará ese lugar para colocarse como analizante, en el discurso. Esto, con el tiempo, será poniéndola también en falta. Dependerá del lugar que la institución ocupe para el sujeto, y de su tiempo.

¿Qué sucede en las instituciones?

Lo colectivo hace a la formación de cada uno, en esto de ponerse en falta poniendo a jugar el saber con otros que se ponen a interrogar con nosotros. Producimos a partir de la discusión, de la escucha, y es con el otro que iremos contribuyendo a la formación de nuestras propias interrogantes.

La formación, al ser personal, podrá ocupar un lugar distinto y una función diferente para cada uno. La otra vez hablábamos, que por ejemplo hay analistas que llegado un tiempo, deciden no dedicarse más al psicoanálisis, algo así como que se jubilan, y otros, que se jubilan,  siguen trabajando como analistas hasta su muerte y no dejan de dedicarse al Psicoanálisis. Para cada uno el Psicoanálisis y la formación va a ocupar un lugar distinto y tenemos que estar advertidos de ello, no podemos esperar que para todos sea lo mismo ni que todos hagan lo mismo.

En una institución, la formación será en transferencia, y se irá produciendo algo mohebiano, con el análisis en intensión y el análisis en extensión, produciendo letra y haciendo lazo con otros.

Para sostener una institución que tiene como objetivo la formación de analistas, tendremos que estar advertidos de que se desplegarán transferencias imaginarias, que intentaremos limitar con la transferencia de trabajo.  Tendremos que intentar lograr la primacía del discurso analítico, por sobre los demás, que no podemos desconocer que están.  Ahí es importante pensar nuestra posición respecto de esos discursos, de los que también formamos parte y producimos.

Cada cual tendrá un estilo para dirigirse al otro, que lo hará desde una posición. A veces sucede que, poniendo a jugar transferencias imaginarias, el superyó actúa y se siente que hay que hacer las cosas de determinada forma porque quien es ubicado en el lugar de amo, lo dijo, o que alguien está obligado a hacer algo, sea porque lo dijo quien lo dijo, o porque alguien está pidiéndonos que hagamos lo que dijimos querer hacer.

El mandato es de estructura. Entonces, a pesar del discurso con el que se presente quien diga lo que tenga para decir, el efecto va a ser distinto según en qué posición estemos ubicados quienes escuchamos ese discurso. El mandato viene del Otro con mayúscula, no de los otros.

La única exigencia a la que deberíamos subrogarnos es a la que comprende el sostén de nuestro deseo y el compromiso con la causa de cada uno. Cuando las exigencias a las que nos comprometemos en el orden colectivo las vivimos como mandato, eso tendrá que ver con nuestra posición y cómo enlazamos con los otros. En la medida en que los otros nos hacen de límite y sustraen una parte de nuestro goce, el superyó podría actuar y podríamos pasar a molestar a nuestros semejantes.

Recordemos que el deseo de cada uno va a llegar hasta donde su fantasma se lo permita y es desde ahí que va a hacer lazo. En la institución, las transferencias van a ser múltiples. Lo que se juegue ahí va a tener que ver con el análisis que cada uno haya atravesado.

Ya nos advierte Freud, en Psicología de las Masas y Análisis del Yo, hasta dónde pueden llegar los colectivos. Nuestra institución no está exenta de los fenómenos de masa y sus efectos.

En esto también está la pregunta de cómo hacer, cómo hacer para resolver estos conflictos, reducir los efectos transferenciales imaginarios, trabajar con los síntomas.

Las molestias e incomodidades, el conflicto, son parte de la institución, del colectivo. La cuestión es qué hacemos con eso, cómo resolverlo, para poder continuar produciendo, si se puede.

En lo propio, deberíamos volver a nuestras interrogantes y no a lo que el otro hace o no hace, dice o no dice. En lo colectivo, deberíamos pedirle al otro que haga lo que dijo querer hacer, sin caer en lo obsceno. En la institución, crear dispositivos que instalen transferencias de trabajo, a medida que hagan falta.

¿La institución podría ser alienante?

Me pregunto si en algún caso podría producirse una cuestión identitaria que haga obstáculo a pensar la posibilidad de que circulen otros psicoanalistas, otros discursos, otras instituciones.

Ser parte de una institución, como miembro, no significa que solamente ahí haya que poner a jugar la extensión. En nombre propio, cada uno podrá participar de las instancias que le hagan falta, tanto fuera de la institución, como invitando a otros a participar.

Tendremos que cuidar y acotar la idea de la supremacía de las jerarquías, la sacralización y la endogamia.

El Más- Uno puede ser encarnado también por otros de otras instituciones.

También para la investigación, necesariamente tendríamos que consultar con otros campos y hacer lazo con otros que no estén jugados en un análisis ni en el deseo de formación.

Por lo dicho, entiendo necesario producir, dispositivos que habiliten espacios para la discusión con otros psicoanalistas, con otras instituciones, con otros discursos, como dice en el Acta de Fundación de la Red Lacaniana.

El diálogo con estos otros también nos hace falta, habilita a hacer circular la letra, a interrogarnos, a no caer en lo ya sabido.

En su tiempo, saliendo a buscar o llamando a otros a que hagan de-más uno, tendremos que poder consistir y hacer jugar la falta, habilitando la producción.

Ubicarnos en una institución como analizantes, también es pensar en nuestra permanencia. Preguntarnos ¿por qué estamos acá, qué estamos dispuestos a soportar para sostenerla? Nadie obliga a nadie.

Una vez, pensando en la pregunta que Lacan llama “del juicio final”, en la última reunión de su seminario de la ética, planteé que para pensar lo colectivo, cada uno tendría que hacerse la pregunta de si ha actuado en conformidad con su deseo de formación. Soportar, para sostener, implica hacer no sólo lo que se quiere hacer. Muchas veces podemos querer no hacer y habrá que hacer igual. O querremos hacer, y no podremos. Ya sabemos que deseo dista mucho de ganas o anhelo. No estamos hablando aquí de mandato, hablamos de deseo, que sostenerlo, también implica exigencias.

Y ante esto me pregunto: ¿qué institución queremos? ¿Cómo hacer hoy?

Nos referimos a que hay un real en juego, que hace que sostengamos estas tareas, sólo a condición de aceptar la inscripción de esa imposibilidad que tiene que ver con lo que no cesa de no escribirse. Bien podríamos pensar en instituir psicoanálisis como una posición imposible a sostener, que implica las tareas imposibles que decía Freud: gobernar, educar, psicoanalizar.

Si tengo que pensar en los fundamentos de una institución lacaniana, pienso en esta imposibilidad, permanecer con la impotencia.

No hay ideal de analista ni de institución. Como ya dijimos, no habrá garantías.

Entendiendo la formación de inconsciente, como dice Lacan, “como invención”. Comenzando a intentar abordar la pregunta de cómo hacer hoy, lo que se me ocurre es inventar la institución, poniéndola en falta.

Muchas gracias.

Referencias Bibliográficas

–          Freud, S. Psicología de las Masas y Análisis del Yo

–          Lacan, J. Seminario RSI.

–          Lacan, J. Proposición del 9 de Octubre de 1967.

–          Luisa Bertolino. Análisis lacaniano 

–          Luisa Bertolino. Pregunta del Juicio final 

–          Ricardo Landeira. ¿Es necesario en red dar la transferencia psicoanalítica? Porto Alegre, noviembre de 2003.

Luisa Bertolino.

Segundas Jornadas de la Red Lacaniana de Psicoanálisis 14 de abril de 2018

[1]Mesa – Institución Lacaniana: cómo hacer hoy. 2das Jornadas de Psicoanálisis Lacaniano: “Fundamentos del Psicoanálisis”. 14.04.18. Montevideo, Uruguay.

 Si desea enviar un comentario sobre el texto a la autora, puede dirigirlo a luisabertolino@gmail.com

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