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«Re-petición y gozo»

Por Maria da Glória S. Telles da Silva [1].

La verdad a veces duele. A veces mata, pero siempre es verdad. Las marcas dejadas, sean por amor, corte o tatuaje, se quedan para siempre. Hacen parte del alma de nosotros(…). Las marcas que quedan en la gente son lo que olvidamos y lo que somos para siempre. GABRIEL MOJEEN, Historias tatuadas.[2] 

Hoy, a propósito de esta Jornada para pensar los Fundamentos del Psicoanálisis, quiero incluir también, al lado de los cuatro conceptos fundamentales destacados por Freud -el inconsciente, la repetición, la transferencia y la pulsión-, una de las importantes contribuciones que Lacan nos aportó para pensar la estructura de lo parletre: la cadena borromea. Allí, enlazados en una única estructura, encontramos los elementos que considero esenciales para dar soporte a nuestra práctica como psicoanalistas. 

Como Lacan lo dice, y yo estoy convencida, lo que caracteriza nuestra condición como humanos es que estamos marcados por el significante. 

El lenguaje es un instrumento potente, lecho donde el sujeto asegura su existencia. En el uso de la palabra, puede construir y apropiarse de una historia, resignificar sentidos. Puede producir saber a lo que antes estaba solamente como experiencia vivida y ampliar, así, el campo de reconocimiento del sujeto. Como nos dice Liliana Donzis, la entrada en la lengua hiere la carne. El sujeto es permeable a una herida que «[…] desgarra todo lo que él vivía, y que tal vez, o seguramente, le causó la vida misma[3]

Pero la palabra, en cuanto recurso simbólico, también tiene su límite para sostener lo que del real insiste en inscribirse en la estructura. 

Las marcas que portamos, son marcas producidas desde los tres registros, RSI (Real, Simbólico e Imaginario), que conforman, dan contorno y delimitan la particularidad de cada sujeto, sin, en él entonces, cubrir o eliminar las grietas de un vacío innominable. 

Y si, estamos de acuerdo con lo que dice Lacan en su Seminario RSI: que el sujeto es causado por un objeto que sólo es notable por una escritura.[4] Producto de una falta radical, el sujeto necesita entrar en el juego de la vida con los recursos que le serán aportados por el Otro. Cuerpo y letra forjarán un tramado por las vías del imaginario y del simbólico, llevando al sujeto a navegar por los rastros de esa siempre precaria e ilusoria plenitud. Reconocerse sujeto, movido por un deseo que lo identifica como nacido del Otro, aunque sea el punto de partida, es siempre lo que pasa en el horizonte, y dar lugar a la palabra es lo que posibilita tal reconocimiento. 

En el caso de los adolescentes que, en determinado momento de su arreglo estructural no encuentran soporte por la vía discursiva y se valen de objetos al alcance de su mano, como láminas, cuchillos, y otros objetos afilados, para abrir grietas en la propia piel como forma de dar el flujo al dolor de existir. 

Tales heridas son generadoras de gran inquietud. 

¿Qué lleva a alguien a soportar, a ser soporte de un acto que produce dolor y espanto? ¿Qué arriesga el sujeto al rayar la propia piel? 

En un trabajo anterior[5], exploré esta cuestión por el sesgo del cambio en la posición subjetiva a que estos sujetos vivencian en este tiempo del adolescente, así como su relación con la asunción de la posición femenina, considerando que esos actos se manifiestan en gran parte en niñas, de una ruptura traumática de la posición del sujeto en su relación con el Otro. 

Seguí mis interrogantes buscando identificar mejor lo que, en cada caso se produce en ese corte, en relación con esa ruptura traumática frente al lugar del sujeto en el fantasma del Otro. 

Sin ningún vínculo entre sí, y con diferentes historias de vidas, curiosamente, estos adolescentes repiten en sus discursos un mismo dicho. Siempre, invariablemente, justifican el acto de cortar-se como medio de sentir alivio de un dolor, un dolor que no viene del cuerpo, sino que causa tristeza y sufrimiento[6]. Es decir, los cortes realizados en el cuerpo producen una sensación inmediata de alivio de una angustia, generadora de ese dolor reverberado en el cuerpo. 

Volviendo la angustia, los actos vuelven a repetirse. Y es desde el asombro que me causa tales repeticiones que traigo mis consideraciones. 

Lo que la humanidad más teme es la soledad y la muerte. Hoy, la herramienta princeps para aplacar la inestabilidad e incertidumbres de la vida está dada por conectividad digital. En especial, en ese tiempo de paso que marca la adolescencia, en que todas las creencias hasta entonces solidificadas, se liquidan tiempo este en que el anhelo de pertenencia a alguna colectividad en que se sienta reconocido, tiene el poder de tranquilizar al sujeto, que lleva a creer que las personas comparten, es decir, sufren de los mismos problemas. Se abre, así, una vía para la identificación y para algunos sujetos la reproducción de esa acción de cortarse aparece como una solución. 

Recuerdo aquí de las palabras de Hamlet, para Horacio:

Hay más en el cielo y en la tierra de lo que supone tu filosofía.[7] 

Es decir, hay razones inconscientes, inaccesibles incluso al sujeto, que llevan a la realización de esos actos, lo que me llevó a considerar que este mismo dicho, no corresponde a la misma causa en cada uno de los casos. Hay una singularidad en estos actos que el que llega a un analista esta buscando reconocer. 

Pero, antes de llegar a la motivación particular de cada sujeto, fui a buscar identificar a qué punto estructural esas palabras, asociadas a estos actos de cortarse, estaban relacionadas. 

Tal repetición, ¿a qué arreglo estructural corresponde? 

Sabemos, desde Freud, que lo que no puede ser recordado es actuado. Freud identificó esa actuación como repetición, en la transferencia, del conflicto que el sujeto no produce por la vía de la rememoración. En su texto Recordar, repetir y elaborar, escrito en 1914, después de abandonar la hipnosis como técnica terapéutica, él nos dirá: 

…el analizando no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, pero como acto lo repite, sin, naturalmente, saber que lo está repitiendo.[8] 

Y más adelante añade: 

Mientras el sujeto permanece sometido al tratamiento no se libera de esta compulsión de repetir, y acabamos por comprender que este fenómeno constituye su manera especial de recordar. (…)

No tardamos en advertir que la transferencia no es por sí misma más que una repetición y la repetición, la transferencia del pasado olvidado (…).[9] 

Sin embargo, en estos casos a que me refiero y me he ocupado, estos actos que producen los cortes se presentan antes incluso del sujeto venir a buscar análisis. Por lo tanto, ocurren aún sin el efecto de la transferencia. De modo que podemos pensar que se trata de un acto sin discurso. 

Lacan fue a buscar en Aristóteles, en su teoría de los principios,[10] los conceptos de Tyche y Automaton. 

Para Aristóteles, todo lo que sucede, sucede a partir de algo, de que no hay movimiento o cambio sin causa.[11] En las causas accidentales (symbebekos), Tyche designa una causa oculta para la razón, pero asociada a una necesidad desconocida y dotada de cierto grado de deliberación, contraria al Automaton, más cercano al azar, causalidad donde no hay deliberación humana o divina que la produzca.[12] 

Esto me ayudó a reconocer por qué a través de estas acciones encuentran su motivación. No las colocaría del lado del Automaton, tal como nos dice Lacan, ya que, esta repetición no está movida por la rueda del significante. Tal repetición la encuentro más cercana a Tyche, si consideramos que es en esa vía que Lacan inscribió la idea de una repetición asociada al azar, mientras que un encuentro faltoso. En este acto que surge y se repite, algo de lo real se presenta movido por una fuerza del azar, o sea, trae un efecto no esperado, revelándose como accidente, como fuerza de excepción. 

Por lo tanto, en esta acción de cortase, no se trata de retorno de lo reprimido, sino de la repetición en cuanto encuentro faltoso que en ese movimiento busca inscribir el objeto a en la vía del orden significante que ex-siste en el momento de estos actos. Por eso opté por escribir esa repetición de ese modo: re-petición, para diferenciarla de la wiederkehr freudiana, que apunta a la repetición como retorno de lo reprimido. Esta re-petición es lo que caracteriza el movimiento de la pulsión.

En el momento que el sujeto encuentra un espacio para hablar de esos actos, en el tratamiento, se abre una vía para la palabra. Analizando lo que lleva a repetir tales actos, aun reconociendo su fracaso para eliminar ese dolor del alma, por así decir, una fuerza mayor que la razón, lleva a tal repetición. Es como si dijeran: No pude no hacer

Se puede pensar entonces que algo del orden de lo imposible se hace presente allí. Se trata, pues, de la reverberación de lo real, real que se presenta como falta y no encuentra, ni por los objetos del mundo, ni por las palabras, una vía de representación para el deseo. Se vale por eso del cuerpo, materia primera de expresión del goce. 

Pero, ¿qué determina que ese real se presente en este acto de cortarse la piel? ¿Qué lleva a privilegiar, en estos casos, que partes específicas del propio cuerpo – en general brazos y piernas -, sean la materia escogida para la pulsión realizar su goce? ¿Y de qué gozo y de qué cuerpo se trata aquí? 

Considero que esta reverberación de lo real, en ese tiempo subjetivo de la adolescencia, tiene relación con la ruptura en el arreglo fantasmático al que el sujeto estaba sostenido hasta entonces. Hay una alteración en la posición de objeto con respecto al lugar que el sujeto ocupaba en el arreglo fantasmático del Otro que desorganiza su estructura subjetiva. Este desarraigo fantasmático genera también un nuevo direccionamiento en el movimiento pulsional, instaurando una petición, una demanda para que se construya una nueva realidad en torno a ese agujero que se presenta y pone en riesgo la existencia del sujeto; la demanda que busca restituir el fantasma, sustentación última de la condición deseante. 

Esta desestabilización del fantasma trae de arrastre una quiebra en la imagen del yo, i(a), y sin el soporte imaginario, sin la sustentación del yo como envoltorio discursivo, capaz de crear una imagen de ese cuerpo separado del otro, el cuerpo en su dimensión pulsional, vuelve a ser el puerto de entrada como medio de goce. 

A diferencia del miedo que se siente frente a un objeto o una situación determinada, y que es posible de nombrar, la angustia que se produce por esa desestabilización del fantasma es similar a la sensación de estar en un bosque en un día de niebla, donde no se ve un palmo delante de la nariz. Es no saber nadade lo que puede emerger por la niebla: inminencia del peligro de desvanecimiento. En ese sentido, el corte, objetiva y delimita esa angustia inagotable. 

Desde su creación de la cadena borromea, Lacan nos habla del entrelazado de los registros del RSI, así como de los gozos que esos entrelazamientos producen. Es en la articulación entre lo Real y lo Imaginario donde se presenta el goce del Otro, éste que está por fuera del lenguaje. 

En mi lectura, cortarse es una acción que surge cuando el sujeto se presenta eclipsado por el agujero, dando lugar al dominio del goce del Otro que encuentra allí una satisfacción. 

Freud deja claro que la pulsión necesita del cuerpo para alcanzar su realización. Y con Lacan podemos decir que el sujeto goza con su cuerpo. ¿Pero qué cuerpo es ése? 

En La tercera, Lacan nos dice que el cuerpo se introduce en la economía del goce por la imagen. La conformación del cuerpo para el sujeto pasa por la vía imaginaria. El corte es un intento torpe del sujeto de constituir una realidad, imaginaria y simbólica en torno a este real. 

Tal acto, al mismo tiempo que también pretende producir esa separación del sujeto de su relación con el Otro primordial, pretende también, por el retorno de la mirada del otro, restituir la imagen de unidad perdida. 

Cortarse evidencia, entonces, la fragilidad de esa frontera entre el yo y el otro, el interior y el exterior, el propio y el ajeno. 

Cortarse requiere la observancia de la mirada de uno y de otro y la marca de corte deja una cicatriz que quedará siempre como memoria viva, marco de un tiempo en que una nueva identidad intenta re-inscribirse. 

De lo que escucho de esos sujetos, tales cortes siempre surgen después de algún episodio donde se sintieron degradados en su imagen, sea por alguna ofensa directa, sea por un rompimiento de una relación amorosa, produciendo la ruptura en la imaginada unidad con el otro. Estas decepciones sacudensu ideal-de-yo, y son vividas como falla imaginaria de no ser perfecto para cubrir la falta del Otro. En la cicatriz, se condensa, para siempre su deseo y su fracaso de ser todo para el Otro. 

En este acto de lacerar la carne, se rompe con el imaginario de un cuerpo armonioso hecho para el placer. Y, como dice Le Breton, al cortar la piel, el individuo rompe con la sacralidad social del cuerpo. La piel es un recinto impenetrable, y el contrario causa horror.[13] 

La piel es la vía de la erotización del cuerpo. Un cuerpo lastimado mezcla fascinación y horror, provoca repulsión y se presenta como una declaración de que el sujeto puede gozar perversamente de su cuerpo, ya que rechaza la homeostasis de la tensión, camino buscado por la vía del placer, cuya energía se encuentra enlazada a objetos que proporcionan esa satisfacción parcial. De modo inverso, el goce incrementa la tensión, arriesgando el total desfallecimiento de la vida. 

Por todo ello, diría, entonces, que esos cortes quedarán para el sujeto como impresiones en el real del cuerpo, indicadoras de la marca de una herida narcisista que denuncia un tiempo subjetivo donde el yo del sujeto no fue suficiente soporte para estancar la sangría del goce del Otro. Tales actos declaran la fragilidad de la ley del padre para sostener al sujeto como castrado, encontrando en estas re-peticiones un recurso a restituir su posición discursiva para volver a ingresar en el circuito de la demanda, vía para el reconocimiento del deseo. El tiempo que presenta un sujeto en soufrance, suspendido, entre lo Real inalcanzable y lo Simbólico inaccesible, que se vale de las marcas en el cuerpo, en cuanto consistencia capaz de sostenerlo sin desvanecerse. 

Segundas Jornadas de la Red Lacaniana de Psicoanálisis 14 de abril de 2018

[1] Miembro Efectivo da BS Freud, Porto Alegre – RS.

[2] Moojen, G. Histórias tatuada. LPM, Porto Alegre, 2000.

[3] Donzis, L. Letra, Sonidos Dibujos, psicoanalisis com niños.Lugar Editorial, Buenos Aires, 2017. pg 22. A citação é de Alejandra Pizrnil (2005) “Los perturbados entre lilas”, em Prosa Completa. Barcelona. Lúmen.

[4] Lacan, J. Seminário RSI, aula de 21 de janeiro de 1974.

[5] Cortes na pele: tentativas de inscrever uma separação? Trabalho apresentado na X Jornada de Psicologia Hospitalar do GHC, em 27 de agosto de 2014, em Porto Alegre, RS, Brasil.

[6] Mi hipótesis en aquel trabajo fue que para aceder a una posición femenina, requiere aceptar  la cstración; en otras palabras, requiere la aceptación de que hay um enigma, al cual todos estamos sometidos, cuando nos preguntamos ¿qué es una mujer?

[7] Shakespeare, W. Hamlet, Ato I, cena V – No original: There are more things in the haven and in earth, then are dreamt of in your philosophy.

[8] FREUD, S. (1996). Obras completas de S. Freud. Rio de Janeiro: Imago, Recordar, repetir e elaborar, 1914, v. XII, p.161-171.

[9] Idem nota 6

[10] Livro I da Metafísica de Aristóteles

[11] Garcia-Rosa, L.A. Acaso e repetição em psicanálise. Jorge Zahar, Rio de Janeiro, 1986. Cap 4 p. 39.

[12] Idem nota 11. Pg. 40.

[13] LE BRETON, David. As paixões ordinárias: antropologia das emoções. Petrópolis: Vozes, 2009

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