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«La irrupción del Objeto a en la clínica, cuestiones transferenciales»

 Que el objeto a irrumpe en la escena psicoanalítica es una afirmación bastante provocativa, si se quiere, ya que el campo de estudio de Freud y que Lacan retoma, tiene una característica que paradójicamente es por la cual subsiste, y es que se pierde, su objeto nunca se presenta de forma plena.  Me pregunto ¿qué efectos tiene esto en nuestra práctica, como se juega la partida en relación con esta pérdida para el analizante y para el analista y entonces no puedo dejar de asociarlo a la transferencia. El inconsciente es los efectos de la palabra sobre el sujeto, en el nivel en que el sujeto se constituye por los efectos del significante. El inconsciente de Freud, nada tiene que ver con el instinto; y el sujeto con el que trabajamos nada tiene que ver con la sustancia sino más bien con el sujeto cartesiano, el que aparece cuando la duda se reconoce como certeza en tanto que esta certeza tiene estructura de equívoco, yerra.  En la clase X del Seminario 11, Lacan critica a los psicoanalistas de la época, dice que la transferencia “en la opinión común es representada como un afecto” positivo o negativo, se la admite como el amor, se la nombra como falso amor, pero dice Lacan que este término así usado es muy aproximativo y que se aleja de los planteos de Freud, más adelante va a aproximarnos a la noción de SSS, y dirá que el amor es al saber, pero sostengamos un poco este conflicto. Así abre la pregunta por este concepto en relación a si está ligada o no a la práctica analítica, si es un producto o incluso si es un artificio, y sí es preexistente al dispositivo psicoanalítico o puede darse por fuera de él.  “Aunque tuviéramos que considerar la transferencia como un producto de la situación analítica, cabe decir que esa situación no puede crear en su totalidad el fenómeno y que, para producirlo, es preciso que, fuera de ella, ya estén presentes posibilidades a las cuales ella proporcionará su composición, quizás única” Lacan utiliza la transferencia para abordar el concepto de inconsciente y advierte que no es posible separarlo de la presencia del analista. La presencia del analista queda comprendida así en el concepto de inconsciente, y en este punto la presencia del analista es irreductible, por ser testigo de esa pérdida, pérdida que es retomada en la función de la pulsión. Lejos de intentar colmar esa falta, la pulsión la pone en juego bajo la forma de un circuito que bordea un vacío. Lacan subraya que la satisfacción pulsional no se alcanza en la captación de un objeto, sino en el recorrido mismo de ese circuito. El objeto a es correlato de la pérdida, es aquello que indica que algo se ha perdido estructuralmente. En tanto tal, funciona como causa del deseo y como soporte del circuito pulsional. ¿Cómo se involucran en un análisis la presencia del analista y el objeto a? En la clase Presencia del Analista del Seminario 11 Lacan dice: “Los psicoanalistas de hoy tenemos que tomar en cuenta esta escoria en nuestras operaciones, como el caput mortuum del descubrimiento del inconsciente” El término caput mortuum —tomado de la alquimia— designa el residuo inerte que queda tras un proceso de transformación. Esta “escoria” no es un accidente ni un fracaso del análisis, sino un componente estructural del campo analítico, que se articula con el objeto a y con un núcleo de goce que persiste más allá de la simbolización. Lacan nos dice que “El inconsciente es aquello que se vuelve a cerrar en cuanto se ha abierto, según una pulsación temporal; sí, por otra parte, la representación no es simplemente estereotipia de la conducta, sí es repetición con respecto a algo de siempre fallido, ya se habrán percatado de que por sí sola la transferencia (como nos la presentan, como modo de acceso a lo que se esconde en el inconsciente), sólo puede ser una vía muy precaria. Sí la transferencia es repetición será siempre repetición del mismo malogro” y nos dice además que: “Podemos concebir el cierre del inconsciente por la incidencia de algo que desempeña el papel de un obturador, el objeto a”. La transferencia, no es identificación ni puede confundirse tampoco, con un simple medio de acceso al inconsciente porque sería insuficiente, tampoco es la puesta en acto de una ilusión. “La transferencia es la puesta en acto de la realidad inconsciente…” y agrega que no olvidemos que en Freud el inconsciente es inseparable de la realidad sexual, es decir que se estructura, por la lógica de la pulsión, el goce y las fijaciones libidinales y además Lacan va agregar que el inconsciente es  lo que pertenece al interior del sujeto pero que solo se realiza afuera, es decir, en ese lugar del Otro que es el único donde el sujeto puede adquirir su status, lo que se pone en acto es lo que divide al sujeto, es la manera singular en que el sujeto emerge en el campo del Otro, deviene deseo como deseo del Otro, deviene en sus modos de goce, en su posición en relación a la falta y a la demanda, por eso la transferencia no puede ser afecto positivo o negativo, sino el lugar donde juega en acto, la actualización de lo inconsciente. La sexualidad se instaura en el campo del sujeto por la vía de la falta y no preexiste al sujeto, se define en ese campo. La primera operación que funda al sujeto es la alienación, el Vel es la lógica de una elección imposible, en la que el sujeto solo puede constituirse en relación a la pérdida, del lado del ser, quedando por fuera del lenguaje, desparece como sujeto; del lado del sentido, entra en la lógica significante pierde algo de su ser.  En ese primer apareamiento S1 a S2, el significante unario aparece primero en el Campo del Otro, es decir que el sujeto se funda en el campo del Otro y en virtud de que el significante representa a un sujeto para otro significante, el sujeto solo aparece en la afanisis, en el fading, en la caída del sentido que le proporciona el S1 del campo del Otro cuando se enlaza a un S2. El significante, al mismo tiempo que le da existencia simbólica (lo nombra, lo hace existir en el lenguaje), también lo sustituye, habla en su lugar. Por eso el sujeto nunca está del todo presente: su estatuto es el de una presencia fugaz, siempre marcada por una pérdida, localizado únicamente en esa articulación significante donde, paradójicamente, se borra. Ahora, ¿cómo se produce la separación? Esta ya no es solo del orden del significante sino del deseo. Se juega en la pregunta por el deseo del Otro —ese “¿qué me quiere?”— frente a la cual no hay completud. En ese punto se revela que al Otro también le falta algo, que su deseo es inconsistente. Es ahí donde emerge el objeto a, no como un objeto concreto, sino como resto de la operación de alienación y causa del deseo. La separación introduce entonces un margen: el sujeto ya no queda totalmente capturado por lo que el Otro dice de él (“soy lo que el Otro nombra”), sino que puede situarse respecto a ese deseo opaco del Otro. Si en la alienación domina la captura y la pérdida de ser, en la separación aparece una posibilidad de juego, una vía para la subjetivación a partir de la falta, tanto propia como del Otro. La transferencia en análisis entonces posibilita que este recorrido, se vuelva a actualizar y solo podrá abrirse la vía del inconsciente si el analista ha admitido poner a jugar ese resto, esa escoria y puede sostener ese lugar de vacío que causa.  Así como Alcibiades viene a pedirle a Sócrates algo que él mismo no sabe que es, el agalma, el analista ocupa el lugar del objeto a para que la pulsión pueda hacer su recorrido, para que la realidad inconsciente se actualice transferencialmente produciendo ese resto que causa, causa de deseo.  Las preguntas que me interrogan y que les comparto son ¿Cómo nos las arreglamos cuando lo pulsional irrumpe en la escena analítica y nos toca, cuando se pone acto algo que intenta suspender el análisis? ¿Eso que suspende la producción inconsciente, que hace de límite al análisis y que se tramita en transferencia en la relación analista – analizante puede considerarse como cercano al amor?

Ana Paula Guerrero.

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