«Que me hice contigo»
«¿Qué me hice contigo? Lo extimo, los goces y las escenas en juego en la violencia doméstica»
Agradezco a la coordinación del plenario de la Red la posibilidad de trasmitir algo de lo que sucedió en la Reunión Lacanoamericana de Mar del Plata. Esta oportunidad tiene que ver con compartir el trabajo presentado en ese momento titulado ¿Qué me hice contigo? Lo éxtimo, los goces y las escenas en juego en la violencia de género y doméstica, para articularlo al amor y al odio en psicoanálisis.
El trabajo surge de algunas cuestiones que me han ido interrogando desde mi experiencia clínica y también por mi trabajo, desde otro rol, en un juzgado especializado en violencia de género y doméstica.
Sobre la violencia desde el psicoanálisis
La violencia en nuestra sociedad se sustenta en las relaciones de poder.
Para Freud (1930), en el malestar en la cultura, la agresividad “es una disposición pulsional autónoma, originaria del ser humano” (117) que encuentra límite en la cultura. La cultura es el escenario en donde se desarrolla la lucha entre Eros y Thanatos, la pulsión de vida tiende a la conformación de la humanidad, promueve la reunión de los individuos, mientras que la pulsión de muerte tiende a la disolución de estos lazos. Es en la cultura que Freud ubica la pulsión de muerte como expresión orientada hacia el exterior. Estas expresiones van desde el rechazo al otro hasta su aniquilamiento o destrucción.
En su trabajo “El porqué de la guerra” Freud (1932) dice: “El ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino la tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infringirle dolores, martirizarlo y asesinarlo” (108).
Lacan, no utiliza el termino violencia, pero si hace referencia a la agresividad, tanto en “La agresividad en psicoanálisis” (1948) como en sus escritos “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica” (1949), propone a la agresividad como propia a la estructura narcisista, ubicándola en el plano imaginario.
Dice: “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo” (Lacan, 1948: 102). Ante este planteo podríamos afirmar que la agresividad es estructural.
El “yo” que propone Lacan, es esta erótica, esta organización pasional en la que los seres humanos se fijan a una imagen que los aliena de sí mismos, proceso de la identificación narcisista mediante, que “determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo” (Lacan, 1948: 102), construye un mundo a imagen y semejanza, colocando en el exterior lo propio, tomando todo aquello que lo confirma y excluyendo todo lo que viene a romper con la idea de completud.
Por otro lado, podríamos pensar que el objeto agalmático, imaginariamente ubicado en el otro y que en un tiempo deslumbra y captura, en otro tiempo, puede presentarse hostil, competitivo. Ese objeto, que imaginariamente colma el deseo del Otro sin dejar resto, con elementos imaginarios de completud puede presentarse como rival cuando se enfrenta al ideal del yo, ya que en la lógica imaginaria no hay lugar para dos, lo que puede desatar la agresividad ante la posibilidad de ubicar algo de la carencia propia o provocar la idea de fragmentación, ante un otro completo.
El amor y el odio son afectos, marcas producidas ante el encuentro traumático con el goce de cada uno, marcas de goce que involucran lo más particular del sujeto. La ilusión del amor, que sustenta la creencia sobre la posibilidad de hacer uno de dos, se desvanece ante el encuentro con el goce de cada uno.
El amor, intento de soldadura, de reparación de algo del encuentro traumático de cada uno con su goce, fracasa muchas veces ante la repetición, que se impone produciendo desavenencias en la vida amorosa. Freud, demostró la incidencia de la repetición en el amor. El objeto primario deja su impresión, sus restos, marcas heredadas tanto del objeto edípico como de los primeros encuentros con el goce, algo sentido, visto u oído que deja vestigios, marcas de goce. Ese encuentro siempre traumático que Lacan llama “acontecimientos de cuerpo”.
La agresividad se pone de manifiesto desde un abanico de posibilidades que van desde el desfiladero de la palabra hasta la consumación de un acto. El acto sobreviene cuando la palabra cae, agota sus posibilidades.
Me gustaría acercar algunos datos estadísticos de Uruguay en relación con este tema, pero que entiendo guardan relación con la situación que atraviesa la región y que resultan consternadores.
Los datos reflejan que, en el año 2023, se registraron 43.245 denuncias de violencia doméstica, siendo el 72% de las víctimas mujeres, se registraron 56 homicidios a mujeres, enmarcándose un 39% en un contexto de violencia doméstica
No soy omisa a esta realidad, ni deja de sensibilizarme, aunque entiendo que desde el psicoanálisis debemos poder pensar desde nuestra propia teoría, en la posición que cada sujeto ocupa con relación al Otro (A), más allá de una cuestión de género y cómo esa relación se imprime o se transfiere en alguna medida a la del partener.
No se trata de negar los hechos de la realidad sino de poder pensar qué posibles intervenciones pueden realizarse desde el psicoanálisis en personas, hombres o mujeres que se encuentran en situaciones de violencia de género y doméstica.
Desde mi experiencia clínica quien viene a consultar a raíz de este malestar se ubica como víctima de la violencia del otro. Desde mi experiencia judicial encuentro muchos casos en los que las denuncias se reiteran interminablemente, muchas veces la misma persona realiza denuncias a distintos parteners o inclusive al mismo y viceversa.
Entonces, ¿Dónde ubicamos la violencia que se pone en juego en las relaciones de pareja? ¿Podríamos hablar de repetición? ¿Qué posición habita en relación al Otro quien se encuentra una y otra vez vinculado a este tipo de escenas? ¿Qué es lo que se pone en juego?
Trabajaré sobre el caso S, en relación con estas preguntas.
S llega a la consulta con 37 años, se casó hace 11 años y tiene dos hijos de 6 y de 1 año. En la primera entrevista viene cargado de cosas colgando de su cuerpo, bolsas de mandados, mochilas de niño, un termo de café muy grande. Dice “Soy un árbol de navidad, cargado de chirimbolos”. Retornó del extranjero unas vacaciones, allí tenía un muy buen trabajo relacionado a lo que le gusta hacer, conoció a su futura esposa y dice “dejé todo para formar una familia. La que yo no tuve”. Al retorno se casa con esta mujer muy adinerada, maestra, dueña de la propiedad en la que pasan a vivir. Comienza a estudiar una carrera que abandona dos materias antes de terminar.
A partir del nacimiento de su primera hija S marca un viraje en la relación. La esposa muy obsesionada con su cuerpo, con su ascenso laboral y académico, no logra sostener el cuidado de su hija, demandando a S los cuidados de la casa y de la crianza. S se levanta a las 5 de la mañana para estudiar, se encarga de los cuidados de su hija, luego va al trabajo, se encarga de los quehaceres domésticos, bajo la mirada cuestionadora de su esposa quien se nombra a sí misma como “mamita paganini”, refiriéndose al poder adquisitivo y con el que sustenta la mayor parte de la mantención del hogar. S tiene un sueldo muy inferior al de ella resultando insignificante para el nivel de vida que mantienen. Posición fálica, en tanto ella tiene el falo que él no tiene. Al llegar a la consulta S presenta una ulcera de córnea debido al tiempo que pasa en la computadora estudiando, recordemos que se presenta con un termo de café siendo la hora de la consulta en la noche, había sufrido tres accidentes de tránsito sin consecuencias graves producto de la distracción, narra que ha sido despedido – echado de todos los trabajos que ha conseguido.
S no quiere separarse viene a buscar ayuda para que su esposa entienda que su deseo ha quedado reducido a la nada en lo que tiene que ver con su desarrollo personal. Este reclamo, torna la relación mucho más violenta, hasta que un día siendo insultado y menospreciado verbalmente por ella, S le da una cachetada. Esto desencadena por parte de su esposa un litigio jurídico que se extiende en el tiempo por años, S no ve a sus hijos por mucho tiempo, es echado de su casa y despojado de los bienes en común, se muda a un lugar precario y en una próxima sesión enuncia “Al final estaba mejor con mis pantuflas escocesas y una camioneta en la puerta de mi casa” pienso a partir de esta enunciación si no pudiera traducirse en prefiero gozar.
La escena primaria en juego
Sus padres se separan a sus 6 años, pasando a vivir con su madre, su padre es echado por su madre al plantear su homosexualidad, nombrado por su madre y por S como “puto de mierda”. Su madre se vincula con otros hombres aún antes de la separación, hecho conocido por S y puesto en situación de complicidad.
S tiene un hermano 10 años mayor, quien vive en el exterior desde hace muchos años, muy prestigioso académico en su área.
Su madre muy ocupada de su apariencia, una mujer muy adinerada, y con gran prestigio académico.
A los 8 años, S es echado de su casa por su madre, quien lo nombra como “problemático” termino con el que él también se nombra. Su madre no va a buscarlo y S relata que ese día se queda vagando por la calle, hasta que vuelve por sus propios medios.
Lo identificatorio
Freud (1921), en el texto “Psicología de las masas y análisis del Yo” trabaja “La identificación”. La define como “la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona. Desempeña un papel en la prehistoria del complejo de Edipo”.
A partir de aquí, es que iremos pensando cómo se ha jugado esta ligazón en el caso S.
Freud expone que, en el caso del varón respecto a la madre se da una investidura sexual de objeto, mientras que con el padre una identificación en donde este es un modelo a ser tomado por el niño.
Entiendo que hay rasgos identificatorios de S respecto a su padre, en tanto echado, en tano impotente, en tanto posición de objeto amado carente y desechable. Así vemos cómo actúa lo que es el revés del deseo, el Superyó, en esta búsqueda frenética de S por alcanzar un ideal sustentado en el sufrimiento padecido en su infancia.
Los goces en juego
Goce masoquista y sacrificial que lo lleva a no retirarse de la relación, aunque sea un destino anunciado, esto tiene que ver con la pobreza simbólica que no puede limitar el goce masoquista. Califica al otro como un gran Otro no castrado, sin falta, lo ubica como un amo.
En este caso aparece una fuerte contradicción entre deseo y goce y aunque reconoce algo del deseo propio, queda subyugado a la relación de amor-odio con el Otro, por no lograr ponerlo en falta. O dicho de otra manera el Otro no está barrado, es amo. Cuando el goce no encuentra límite se repite la matriz de la escena primaria, aunque no sea con los mismos actores.
La relación con el Otro y lo éxtimo
En la clase 20 de 1964 del Seminario 11 que Lacan titula “En ti más que tú” nos dice: “Freud nos designa su conclusión natural en esa función que tiene nombre: la identificación. El punto del ideal del yo es aquel desde donde el sujeto se verá, como visto por el otro -lo que le permitirá soportarse en una situación dual para él satisfactoria desde el punto de vista del amor. En tanto que espejismo especular, el amor tiene esencia de engaño. (…) si hay un terreno, en el discurso, en que el engaño tiene probabilidades de triunfo, su modelo es el del amor. ¡Puede haber mejor manera de reafirmar el punto sobre el cual uno se engaña que la de convencer al otro de la verdad de lo que uno afirma! ¿No es ésta una estructura fundamental de la dimensión del amor que la transferencia nos da la posibilidad de ilustrar? Persuadiendo al otro de que tiene lo que puede completarnos nos aseguramos, precisamente, de que podremos seguir ignorando lo que nos falta”.
Lacan aborda el concepto de extimidad principalmente en la clase 10 del seminario 11, se trata de aquello que ocupa un lugar en la estructura pero que no es localizable como propio, es inefable, no es reconocido por el sujeto, colocándose lo más íntimo como extranjero, en el afuera. Hay una disociación propia del sujeto poniendo en el afuera aquello que no reconoce como propio.
Lacan propone, cuando plantea que el inconsciente es el discurso del Otro, lo éxtimo del hombre, el Otro del significante y hago referencia a sus Escritos “¿Cuál es, pues, ese otro con el cual estoy más ligado que conmigo mismo, puesto que en el seno más asentido de mi identidad es él quien me agita?”.
Ahora bien, ¿De qué adentro y afuera hablamos? De la relación entre la fantasmática de cada sujeto y la posibilidad de interiorizar las relaciones de poder.
La violencia del síntoma es producto de lo no simbolizado, lo no dicho, lo que estalla es la potencia del Otro. El análisis debe posibilitar la noción de lo que sujeta al sujeto en la relación compleja entre el poder y la fantasmática de cada quien, posibilitando una nueva lectura.
¿Qué me hice contigo? Se titula este trabajo, intentando dimensionar lo íntimo puesto en el afuera, posición en la que se cronifica la queja, denunciando lo imperante de la posición gozante, colocando la violencia propia en el afuera para agredirse a través del otro.
Me gustaría dar paso del pensamiento aristotélico de es uno u es otro a lo topológico y poder pensarlo de otra manera.
¿Qué tengo que ver en esto que me pasa? ¿Cómo me implica? ¿Qué me hago con el otro? Y ¿Qué quiero que el otro haga de mí?
En Psicoanálisis, propongo, no existe la diada víctima – victimario.
La psique es extensa propone Freud en sus anotaciones del 22 de agosto en Esquema del psicoanálisis. “La espacialidad acaso sea la proyección del carácter extenso del aparato psíquico. (…) Psique es extensa, nada sabe de eso”.
“Lo hice por amor”
Lacan afirma en el seminario XX en la que relaciona ambos afectos: “El verdadero amor desemboca en el odio”, retomando lo que ya había enunciado en la octava clase de este mismo seminario: no se conoce amor sin odio (1973: 113).
Por otro lado, la experiencia de un análisis certifica que amor y odio no parecen estar tan lejos. Freud reservó la declinación del “No lo amo” para la psicosis. Lacan, en cambio, lo generaliza a todas las estructuras bajo el nombre de odioamoración u odioenamoramiento.
En efecto, este término creado por Lacan y presentado en el seminario XX, en el que afirma “No conocer para nada el odio, es desconocer también el amor (…) No hay amor sin odio”. (Seminario XX: 112-113). Si no se odia, no se es y no se ama (hay un juego de palabras homofónicas en francés entre los verbos ‘hait’ (hee)- odia y ‘est’(hee)- es). Lacan se refiere al odio como un afecto sólido que se dirige al ser.
También existe la posibilidad del odio, como signo de amor. Odiar con amor. O amar con odio. Cuántas veces en la clínica somos testigos de algo de esto. “Lo hago porque la quiero”, “lo hice por amor”, “lo hacía porque quería mi bien, me quería educar” y así infinidad de afirmaciones que dan cuenta de la coexistencia de los afectos del amor y el odio en la relación con el otro.
Asimismo, propongo apartarnos aquí también de la díada amor – odio para proponer la coexistencia de ambos en la relación con el otro. Este entreverado pulsional está presente en los lazos sociales que estrecha el ser humano, por lo que las pulsiones agresivas acompañan a todo vínculo, incluso a aquellos teñidos de amor y ternura.
En todo caso desde el psicoanálisis podemos apostar al final de un análisis en un sujeto que integre al otro desde una posición más femenina, esto es tanto para mujeres y hombres, integrado en su imposibilidad de completarnos y de perfección, es decir castrado.
Ana Paula Guerrero
21 de octubre de 2024 Plenario RLP
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