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«Más allá del amor y del odio»

El estatuto de los afectos.

El amor y el odio son afectos, de la misma manera como calificamos al miedo y a la angustia, para citar algunos de ellos.

A lo que agregamos que para el psicoanálisis el afecto es un concepto.

Sí, un concepto, como también lo es la conciencia, la pulsión, el inconsciente, el placer, el goce, la falta y otros.

 Y si bien el uso de estos términos es muy anterior a la creación del psicoanálisis, a partir de Freud se convierten en conceptos que forman parte de una teoría, la psicoanalítica. Y cada uno de ellos se va definiendo en relación con los otros, así es como se construyen los fundamentos del psicoanálisis.

Y tiempo después, estos conceptos se revisan, y pueden cambiar, pero siempre dentro de un sistema teórico que mantiene una coherencia lógica entre los fundamentos y la práctica clínica.

Fundamentos que sabemos son fundamentales, pero también, que son a fundamentar para cada uno de nosotros, vale decir, una tarea a la que los invitamos.

Estos afectos que nos ocupan, cuyo estatuto teórico es el de ser un concepto, van alejándose del sentido coloquial, inclusive de la definición académica propia de otras disciplinas que lo han usado.

Entonces, ¿qué estatuto tiene el concepto llamado afecto, para el psicoanálisis? Para procurar una primera respuesta a esta pregunta, tenemos que volver a Freud, al creador del concepto, a lo que él formuló, y que aún sigue en la base de la teoría psicoanalítica.

Voy a citar, aunque ustedes ya lo conozcan, lo que Freud dijo en su texto “Lo inconsciente”:

“Una pulsión nunca puede pasar a ser objeto de la conciencia; sólo puede serlo la representación que es su representante. Ahora bien, tampoco en el interior de lo inconsciente puede estar representada si no es por la representación.” (Freud, Sigmund. “Lo inconsciente”, Obras completas. Amorrortu Ed. Tomo XIV pág. 173)

Lo que una pulsión pone en juego en tanto que goce, no es consciente; vale decir, no sabemos conscientemente cómo estamos abordando al otro desde el goce que ponemos en juego, ni siquiera a uno mismo, salvo en un psicoanálisis. Así que todo este mecanismo, para el sujeto, es como si fuera inexistente, o en ocasiones, si se realiza una disociación, y se lo proyecta en un objeto exterior, lo pone afuera y deja de ser inexistente para pasar a ser extraño. Entre la inexistencia y la exterioridad ubicamos al goce en tanto que inconsciente.

Los hablante-seres sólo decimos conscientemente lo que podemos conocer racionalmente, pero además de lo que pensamos y decimos conscientemente, también está la irrupción consciente de los sentimientos, los afectos, que los sentimos y a veces podemos conocer, nombrar, pero ello no quita que las más de las veces no sepamos por qué ocurren. Freud lo dice así, en ese texto:

“. . . la respuesta a la pregunta por las sensaciones, los sentimientos, los afectos inconscientes se resolvería con igual facilidad. Es que el hecho de que un sentimiento sea sentido, y, por lo tanto, que la conciencia tenga noticia de él, es inherente a su esencia. La posibilidad de una condición inconsciente faltaría entonces por entero a sentimientos, sensaciones, afectos.”

En este texto, que es de 1915, Freud advertía que a sus colegas a quienes le había enseñado las bases del psicoanálisis, no mantenían el estatuto del afecto tal como el situó. Por lo que les dice:

 “Pero en la práctica psicoanalítica estamos habituados a hablar de amor, odio, furia, etc., inconscientes, y aún hallamos inevitables la extraña combinación “conciencia inconsciente de culpa” o una paradójica “angustia inconsciente”. (Ibídem)

. . . “En rigor, . . . no hay por tanto afectos inconscientes como hay representaciones inconscientes.” (Ibídem, pág 174)

Sigamos la indicación del maestro, seamos rigurosos, lo que sí hay inconsciente, en la aparición del afecto, es lo que lo causa, lo que Freud llama en este tiempo una representación inconsciente de la pulsión. Sigamos con la cita para ver que es para él, esta representación:

“. . . Toda la diferencia estriba en que las representaciones son investiduras – en el fondo, de huellas mnémicas -, mientras que los afectos y sentimientos corresponden a procesos de descarga cuyas exteriorizaciones últimas se perciben como sensaciones.” (Ibídem. Pág. 174)

Son procesos de descarga de una escena inconsciente, por eso una vez más puntualiza:

“. . . el sistema Cc normalmente gobierna la afectividad, así como el acceso a la motilidad y realza el valor de la represión, por cuanto revela que no sólo coarta la conciencia sino el desarrollo del afecto y la puesta en marcha de la actividad muscular.” (Ibídem., Pág. 175)

Porque el afecto está unido al concepto de conciencia, que es lo que Freud está marcando.

El estado del afecto, siendo consciente, también es el de la ligazón del sujeto con el objeto elegido; hoy podemos decir que es la manera en que la estructura de un sujeto se extiende hacia un objeto elegido, generalmente a través de un rasgo, que podemos llamar “familiar” para el sujeto, tal como nos enseñó Freud que sucedía con las elecciones del objeto. ¿Lo recuerdan?

Este objeto exterior que ubicamos conscientemente como causa de lo que sentimos, es según Lacan, una fantasía o un señuelo, y es heterogéneo a la verdadera causa del afecto que está del lado de la huella y del goce inconsciente.

Observen que, la causa del sentimiento no está en el objeto exterior enlazado al afecto, amor u odio, sino en una escena interior, en “la otra escena”, como la llama Freud.

Lamento desilusionarlos, no nos enamoramos a causa de esa persona que apareció en nuestra vida, sino que nos enamoramos u odiamos, a partir de la activación de una escena interior, por lo que ese otro objeto exterior que manejamos conscientemente como causante de lo que sentimos, es lo que podemos alcanzar a través de lo consciente, y del que, además, buscamos que tenga una adecuación lógica de causa y efecto que justifique el sentimiento. Las causas ocurren entre bastidores, como se usa decir en el teatro, fuera de la escena que se muestra.

Y si damos un paso más, podemos decir que los afectos pueden ser producidos por el anudamiento con diferentes goces que convergen. Para utilizar una frase de Freud, “sirven a dos amos”.

Nos queda claro, entonces, que hay desencadenantes que, a través de la puesta en juego del fantasma del sujeto, producen respuestas que en el sujeto neurótico se realizan en ideas, actos, síntomas, inhibiciones y también afectos.

Y sabemos que más allá del principio del placer, encontramos la aparición de goces que no se entraman en el fantasma, por estar más allá de la castración; y que, al ser activados, tienen otra manera de presentarse, otra irrupción en la vida del sujeto, que también producen afectos acordes a lo activado.

La señal.

El afecto en psicoanálisis es el último eslabón de varios enlaces estructurales inconscientes, y como tal, es la punta del hilo que nos advierte como señal, y del que nos tenemos que servir clínicamente, para ir hacia las causas que lo produjeron.

¿Recuerdan cuando Lacan nos dice que la angustia es una señal de que el sujeto está ante la falta, o, ante la falta de la falta en el tiempo de la castración?

¿O cuando en el seminario Aún, Lacan dice que el enamoramiento cumple con suspender el “no hay relación sexual” propio de lo Real?

¿O cuando Lacan dice en el Seminario La Angustia, que el soñante, cuando está atormentado por el terror de una pesadilla, … este tipo de miedo y de angustia son experimentados como las del Goce del Otro”?

Entonces el afecto, que es consciente, puede clínicamente ser una señal. ¿Pero una señal para quién?, porque para quien lo experimenta no es una señal.

Es una señal para el psicoanalista que dirige la cura, porque hay una relación entre cada uno de los afectos con la causa inconsciente que lo provoca, y que está anudada en la estructura en determinados lugares que tenemos que conocer.

Pero para ello hay una condición, y es que el psicoanalista sepa o pueda relacionar los afectos con la posición de sus causas en la estructura. Esto que dice Lacan en torno a las señales, es una consecuencia de su conocimiento de la estructura. Lo demás es unir un afecto con una causa y situarlo.

Vayamos al amor, más adelante vamos a tratar lo referente al odio.

Los tres: el amor, el goce y la identidad.

Hace un tiempo, escuchaba a una analizante quejarse amargamente porque el hombre de quién está enamorada, no la trata bien.

Cuenta que ella le dijo, reprochándole, que eso era porque él no la quería; a lo que agregó, que, si la quisiera, la trataría de otro modo. Lo que luego, terminó diciéndole esto: “Porque, entonces, ¿qué soy para ti?”

¿Cuántas veces hemos oído esta asociación de ideas en nuestro consultorio?, ¿a ustedes, esto no le es extraño?

Porque son frases muy comunes, que sostienen una cadena lógica que es bueno que analicemos, porque está en juego el amor, en este caso en su dimensión de enamoramiento, de eso se trataba en esta joven analizante; también está la expectativa de un bien a recibir del otro y, por el contrario, ella vive un maltrato. Finalmente, también está en juego la identidad, ¿qué soy yo para ti?

¡Cuánta heterogeneidad contenida en estos pocos enlaces discursivos!, ¡y cuántos siglos que se precipitan en un instante, en un decir, y que conllevan un saber sobre el amor!, y esto realizado con una trama de causalidades que se sostienen en la creencia lógica, romántica, de que siempre hay una adecuación entre la causa amorosa y el trato esperado.

Sabemos que, en el amor, mejor aún, en el enamoramiento, se “elige” al otro por un signo, también por una imagen y a partir de ahí, sostenemos que ese sentimiento para los lacanianos tiende a suspender lo Real, aquello de que “no hay relación sexual”.

Lo que esta analizante no sabía o aún no quería saber, es que el amor, por más fuerte que sea, no conduce necesariamente al bien que se espera. Sino a un bien que no está inscripto en el afecto, en el amor, y sí lo está básicamente en el goce, y sabemos que el goce no es uno, y que además se anuda en la estructura de maneras diferentes.

Ella como buena cristiana, tiene presente “el amarás a tu prójimo como a ti mismo” de los Evangelios, lo que ya Freud denunció desde su “Malestar en la cultura”, porque un sujeto no ama al otro como a sí mismo, a lo que podemos agregar, que esto también reposa en un supuesto que no siempre se cumple, y es que, ese sujeto también se ame a sí mismo.

El enamoramiento pone en juego un intercambio de afectos, de discursos y de imágenes, pero también abre la posibilidad de que los goces predominantes en uno y en otro de los amantes, así los voy a llamar, se pongan en juego a partir de la interacción. Esto es así, por lo que no hay contradicción lógica entre amar y el realizar actos que llevan a un trato, que no es el deseado por el otro.

Cuando dice la analizante: “Él no me quiere, si me quisiera. . .”, este aserto no es real, es justamente por amor, al ponerse en juego ciertos goces, que también se puede llegar a dañar al otro, hacerse dañar o inclusive, llegar hasta la muerte.

¿O es que ustedes piensan, que estas consecuencias trágicas de las parejas que estamos viviendo, de tantas mujeres violentadas, asesinadas por sus maridos, compañeros, y exmaridos, es siempre por falta de amor?, ¿o porque el amor no es suficientemente intenso?, o ¿porque es un amor “enfermizo”?

¿Es que las matan porque no las quieren, o vemos ahí vehiculizarse, en un afecto que logra borrar los límites y las barreras represivas, un goce que hace que el otro sea idéntico o parecido a lo que se quiere que sea?, ¿y aun cuando no hay una muerte en juego, cuál es el goce predominante en uno y en otro?

Por lo que el amar, poco o mucho a alguien, por sí, no determina lo que se realiza, justo es ahí, donde se denuncia que el objeto del amor no es el mismo que el del goce, aunque ambos se dirijan a la misma persona.  De allí que la fantasía o el señuelo amoroso, no coincide con lo que la pulsión procura en el otro. ¿O es que con el amor se domina o se llega a la pretendida “organización genital” como comando de los goces? 

Entonces puntualicemos, el que nos amen o el que amemos, no supone por si un bien determinado, sino que a través de la unión abre la posibilidad al intercambio de goces, y los bienes que desde ellos se realicen. Los amores llamados “clásicos”, “ejemplares”, aquellos que generalmente están marcados por la imposibilidad de reunión, o por el fin trágico de la muerte, atestiguan de qué modo se evita o se pone en juego un goce que opera a partir del afecto.

No hay un amor imposible.

Agrego algo más, que no sólo como eterno el enamoramiento, mientras dura, sino que no hay un amor imposible.

¿Por qué esto es importante?

Porque nos pone sobre el interrogante: ¿dónde ubicamos la imposibilidad con relación a la dis-toria del amor?, porque sabemos que la categoría lógica que llamamos lo imposible, que en la estructura es el «no cesa de no escribirse» de lo Real, es justamente lo que el amor intenta suspender.

Estamos acostumbrados a oír que hay «amores imposibles», y con esto la gente se refiere claramente a la imposibilidad de concreción del amor en una pareja, lo que podemos llamar la «imposibilidad de reunión de los amantes». Como si el resultado del amor se posibilitara o imposibilitara por la presencia del otro.

Pero esto no es así, nuestra experiencia clínica lo confirma. Y también, nos preguntamos si acaso ¿el amor de Dante por Beatriz era un amor imposible? ¿Y el de Romeo y Julieta? ¿No era verdadero el amor que sentía Don Quijote por Dulcinea? ¿Y que pensamos del loco amor de Werther por Carlota, ese que lo lleva al suicidio? Y finalmente, ¿el de Eloísa y Abelardo era imposible? Y esto sucede también con el odio.

Pero lo que en nuestra experiencia hemos aprendido, es al igual que lo que sucede con el amor, el odio también se imposibilita, – observaron que nunca se dice que el odio es imposible -, pero nosotros sabemos que el odio, como el amor, finalizan cuando cesan de escribirse en la estructura.

Pero finalmente, esta analizante pregunta algo más: “qué soy yo para ti?”, interrogante que nos lleva justamente al tercer elemento, que es la identidad buscada.

¿Qué soy yo para ti?

Y acá se pone en juego lo que está detrás de toda demanda de amor: y es el reconocimiento desde el otro, la identidad que esperamos desde el otro. Ya sea que nos nombre de otra manera, que dé otro sentido a nuestras marcas, y quizá, hasta que ayude a anudar nuestra estructura de otra manera. Es la búsqueda, si lo podemos llamar así, de un narcisismo terciario, que va a oscilar entre lo transitorio y suplementario.

Recuerdo esa frase de Nietzsche – que se encuentra en una de las últimas misivas dirigidas al erudito y crítico danés Georg Brandes-, que dice de esa relación peculiar con el reconocimiento desde el Otro:

“Después que tú me descubriste, no fue complicado encontrarme: ahora la dificultad está en perderme.”

Esto lo relaciono con el Lacan de “La instancia de la letra. . .”, donde nos daba una mano para pensar esto:

“Si dije que el inconsciente es el discurso del Otro [Autre] con una A mayúscula, es para indicar el más allá donde se anuda el reconocimiento del deseo con el deseo del reconocimiento.” (Lacan, Jacques. “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud. III La letra, El ser y El Otro)

En el amor, como también en el odio, uno sueña al otro, de ese modo lo crea, y creemos que este personaje del sueño a su vez nos sueña, tal como lo deseamos. En los enamoramientos nos pasamos soñando a alguien, con la esperanza de que a su vez nos sueñe.

Por ello, ¿quiénes somos?, ¿somos los que soñamos o somos lo que sueña el personaje de nuestros sueños?, hay veces que llegamos a dudar con relación a nuestra identidad, otras veces, ya no hay ni duda, y pasamos a ser eso.

Esto es lo que Lacan nos trasmite en su seminario “Aún” en relación al amor:

«Es imposible que el sujeto no desee no saber demasiado en lo tocante a este encuentro eminentemente contingente con el otro. Por eso, del otro pasa al ser prendido a él» (Seminario «Aún», Paidós. pág. 176)

Lo que está en juego, es lo que tiene y no tiene inscripción en la estructura, y esto referido al ser del sujeto, o como dice Lacan en una frase acertada: «al ser prendido a él» que se pone en escena con el otro de la transferencia.

En el nuevo enlace desde la transferencia, se vuelve a poner en juego la interrogación por lo que fundamentalmente el sujeto es. Pero sabemos que:

«La relación del ser con el ser no es la relación de armonía que, desde siempre, no se sabe muy bien porqué, nos adereza una tradición en la que Aristóteles, que no ve en ella más que goce supremo, confluye con el cristianismo, para quien es beatitud. Esto es perderse en la aprehensión de un espejismo. El amor es quien aborda,en el encuentro, al ser como tal.» (Ibíd. pág. 176)

«El amor que aborda al ser, ¿no surge de allí lo que hace del ser aquello que sólo se sostiene por errarse? . . .Abordar al ser ¿no estriba en esto lo extremo del amor, el más grande amor. Y el más grande amor. . . el más grande amor acaba en odio.» (Ibíd. Pág. 176)

¿Qué somos para el otro?, ¿quién soy para ti?, ¿quién o qué eres tú para mí?, ¿qué quiero que tú hagas de mí?, ¿quién te hago para ser?

El anudamiento de los tres.

Les propongo anudar los tres, el amor, el goce y la identidad, en un peculiar nudo de tres, tomando en cuenta esto que nos dice Lacan:

“. . .la religión verdadera, es la verdadera puesto que inventó esa cosa —esa cosa sublime—, de la trinidad. Ella vio que hacían falta tres. Que hacían falta tres redondeles de hilo de consistencia estrictamente igual para que algo funcione. Sin embargo, es curioso que para (todos) los fines, eso produzca lo que produce en lo que concierne al amor. . .” (Seminario “Los no incautos yeran”, clase 4, de 18.12.73)

¿Qué es lo que produce?, él nos lo dice:

“. . . ¿qué nos demuestra el redondel de hilo de lo Imaginario tomado como medio? Que lo que él soporta es, nada menos, lo que hay que llamar amor. El amor, por así decir, en su lugar, el que tuvo desde siempre.”

Por tanto, con el amor se enlaza a los otros dos, es el “medio”, para utilizar las palabras del maestro.

Tomemos esta indicación de Lacan, los tres son heterogéneos, y están anudados, de modo tal, que podemos afirmar que el amor anuda, y si él se corta los otros dos no subsisten anudados. Es el amor anudando goce e identidad.

Escribo en el nudo superior el amor (y también el odio), porque a través del odio se enlaza un goce y también una identidad, la que, o viene desde el otro, o se constituye virtualmente por contraste con el lugar en que se sitúa al odiado. Los otros dos anillos son el goce y la identidad.

Veamos qué sucede en las parejas, si no hay amor, y por tanto no hay enlace, el goce que toma al otro como objeto parcial no se realiza, y tampoco el reconocimiento desde el Otro que tiene como consecuencia a la identidad buscada.

¿Puede subsistir el amor con una persona si no hay goce?, esto no es posible, ya sea que esté en juego el goce integrado en el deseo, así como otro tipo de goce, la estructura del amante u odiante, lo va a tomar al otro desde la pulsión prevaleciente, que es en el fantasma en la neurosis. Es lo qaue el sujeto se hace desde el otro.

Y finalmente, la identidad, vale decir, la identificación al signo que recibimos desde el Otro, ¿puede faltar?, ¿es que hay una relación afectiva en que estén implicados el amor y el goce, donde como consecuencia no se produzca el reconocimiento en el Otro? Por ello, podemos decir, que el tipo de goce en juego va a determinar la identidad, ya sea el goce oral, anal, fálico, escópico, invocante, y porque no, también el olfativo, según lo que adelantamos en la Red.                 

Finalmente vayamos a otra historia de amor, donde vemos cómo es importante estructuralmente la escritura del amor y qué sucede cuando esta deja de anudar, ¿quién de nosotros puede decir que Don Quijote no amaba realmente a Dulcinea?, ¿No había allí una dis-toria de amor?

Don Quijote y Dulcinea.

Estaba el significante Dulcinea y también una trama que lo enlazaba, ¿era necesaria la presencia de la dama?, ¿Uds. piensan que éste era un amor imposible o una vez más, la posibilidad del amor estaba en la escritura que ese amor tiene en la estructura?

En el capítulo X, de la segunda parte de «El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha», la de 1615, hay un momento en que Don Quijote y Sancho van por fin al encuentro de Dulcinea, yendo para ello hacia la tierra del Toboso.

Pienso que es uno de los momentos más logrados de la obra de Cervantes; la amada Dulcinea aparece referida continuamente en las diferentes aventuras, pero en esta oportunidad, por fin, va a lograrse el «encuentro real»:

Allí Don Quijote envía a Sancho a recorrer el Toboso para que encuentre a Dulcinea, y lo hace, recomendándole esto:

“—Anda, hijo —replicó don Quijote—, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo! Ten memoria, y no se te pase della cómo te recibe: si muda las colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada4; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada5, si acaso la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si está en pie, mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera, de aceda (aspera) en amorosa6; si levanta la mano al cabello para componerle, aunque no esté desordenado… Finalmente, hijo, mira todas sus acciones y movimientos, porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que al fecho de mis amores toca: que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre los amantes las acciones y movimientos exteriores que muestran cuando de sus amores se trata son certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior del alma pasa.”

Les pregunto ¿esto sólo le sucedía a Don Quijote por su locura, o está en otros enamoramientos que no son clásicos?

Sancho conoce la dificultad de la misión encomendada y en un soliloquio dice:

“Este mi amo por mil señales he visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el refrán que dice: «Dime con quién andas, decirte he quién eres», y el otro de «No con quien naces, sino con quien paces». Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las más veces toma unas cosas por otras y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco, como se pareció cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes, y las mulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos de enemigos, y otras muchas cosas a este tono, no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señora Dulcinea;”

Sancho sólo encuentra tres aldeanas labradoras en sus «tres pollinos» (burros), que describe como feas y mal aseadas. Y corre a decirle a Don Quijote que encontró a Dulcinea con dos doncellas. Y además lo lleva a su encuentro.

Nos cuenta Cervantes que:

«Tendió Don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio sino a las tres labradoras, turbóse todo, y preguntó a Sancho si las había dejado fuera de la ciudad.»

En la escena siguiente:

» . . . ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora; y como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios.» (íbíd.)

¿Cómo resuelve esto Cervantes, porque Don Quijote no reconoce en las aldeanas la representación que se hizo de su Dulcinea? Su dueña y señora es muy diferente, y Don Quijote lo sabe.

Y viene el punto del relato donde es necesario privilegiar el anudamiento estructural por parte de la dis-toria, no es que esta aldeana no fuera Dulcinea, sino que era Dulcinea, pero estaba encantada:

«- Sancho, ¿qué te parece cuán mal quisto soy de encantadores? Y mira hasta donde se extiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi señora. . . la transformaron y volvieron en una figura tan baja y fea como la de aquella aldeana, y juntamente le quitaron lo es tan suyo de las principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea . . . me dio un olor a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (íd. pág. 75)

¿Esto que magistralmente cuenta Cervantes no les ha pasado a Uds.?, ¿encuentran que esta historia de amor es ajena a lo que hoy día podemos vivir?, ¿se trata sólo de la experiencia de un loco que desvariaba o en su delirio hay más verdad que en nuestro racional discurso neurótico sobre la pareja y el amor?

Cervantes dice al finalizar el capítulo que Don Quijote fue «delicadamente engañado».

¿Pero quién lo engañó, acaso Sancho?, ¿eran los encantadores quienes lo perjudicaban? ¿o es la misma dis-toria amorosa la que se funda sobre un engaño como dice Lacan, y a la que el buen Sancho se integra de buena gana, aunque reniegue de ello?

¿Qué nos dice Cervantes sobre el amor? Que la imposibilidad en la historia de amor no aparece del lado de los personajes reales, sino del cesar de escribirse, como dijimos antes, el amor es también una razón de estructura pues surge a partir de una falta y luego cubre lo Real. Clínicamente he observado, que el cesar de escribirse la historia de amor, corresponde con una nueva manera de enlace de la estructura o con el desanudamiento de la misma, según el caso.

 ¿Puede don Quijote, estructuralmente, sustituir el tipo de enlace amoroso de su dis-toria por otra forma de anudar?, ¿si puede hacer el duelo?

Lo que está en juego acá, es que don Quijote sólo puede entrar en el engaño, porque no es posible que caiga su Dulcinea y el tejido amoroso, sin poner en peligro toda su estructura. La opción que toma está, por tanto, condicionada en el mantenimiento de los enlaces estructurales y en el placer que causa. 

Tan es así, que en la historia de don Quijote, en su final, cesa esta historia, también la locura, y eso hace caer la existencia de Alonso Quijano el Bueno, a quien ya nada sostiene y muere melancólico. Agreguemos que, en ese tiempo, al igual que su personaje, también muere Cervantes.

“Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron

              No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.” (Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Segunda parte > Capítulo LXXIIII)

Ricardo Landeira

Si desea enviar un comentario sobre el texto al autor, puede dirigirlo a ricland@netgate.com.uy

Plenario de la Red del 15 de abril de 2024

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