«La Criación»
La creación de un hablante-ser.
Hoy quiero enlazar el acto creativo realizado a través de la falta, de la sublimación y del sinthome, como hemos trabajado en la Red en el correr de este año, con ese otro acto creativo del cual todos hemos participado, aunque nos cueste pensarlo así.
Y remarco que todos hemos participado en él, puesto que lo hemos hecho desde el inicio de nuestras vidas, por la sencilla razón de que nosotros somos un producto de ella: somos una criatura, si queremos llamarla por su nombre.
¿Es abusivo plantear como creación el engendramiento de un hijo?
Pienso que no, en relación con el término usado, el crear, viene del latín creare, «engendrar, pro-crear» (1097 – Cid). («Diccionario Crítico Etimológico de J. Corominas)
Y tengo que señalar que la separación culta del término crear con el criar, es muy tardía y luego sus sentidos parece que se apartan demasiado de su suelo natal.
Cada uno de nosotros es una criación, permítanme plantearlo con esta palabra que abrocha mejor ambos términos.
No tenemos dudas sobre ello, es más, nuestra cultura avala este pensamiento: decimos que «el hombre ha sido creado», y que «una nueva vida es una creación» y porque no, las creaturas.
¿Cómo es esta creación? Porque como toda creación tiene sus peculiaridades. Una contestación rápida que ya forma parte de nuestra cultura es que el niño nace siendo el falo de la madre. ¿De dónde surge esto?
¿El niño es el falo de la madre?
Que “el niño es el falo de la madre”, no lo dijo lo dijo Freud. Si no, vayamos a interrogar los textos de Freud.
Esta lectura de que el niño es falo de la madre, al hacer referencia a Freud, pasa lo que él escribió como una posibilidad para algunos niños, a una categoría universal: donde todo niño, todos los niños y niñas, son el falo de sus madres.
Si somos rigurosos, y lo somos, lo que dijo Freud no puede ser citado de esa manera.
Volvamos entonces a interrogarnos por la propuesta freudiana: ¿el niño es el falo de la madre?
Sabemos que la posición del niño como falo es concebida en el psicoanálisis freudiano en relación con lo que Freud llama, la sexualidad femenina, y aún agregaría, en su vertiente llamada «normal». Vean que no se habla del padre, o de la pareja, sino de lo que pasa en la estructura de la madre en relación con la falta producida por la castración. Remarco, que sólo en los casos que esta se produce.
Así Freud plantea que el niño puede aparecer como el falo de la madre:
«… la situación femenina sólo se establece cuando el deseo del pene se sustituye por el deseo del hijo…» Lacan sostiene también lo fálico de la identificación del niño de una manera radical:
“Si el deseo de la madre es el falo, el niño quiere ser el falo para satisfacerlo.” (“La significación del falo”, versión inédita, cap. cinco)
O de esta otra manera:
“Para el niño, está muy claro… la madre hace del niño como ser real símbolo de su falta de objeto, de su apetito imaginario del falo. (Seminario “Las relaciones de objeto…”, versión inédita, clase 5, del 19.12.56)
Pero hoy vamos más lejos, y agregamos la afirmación de que:
La creación de un ser humano, ahora sí como una categoría universal, es un acto de una estructura, la materna, que responde a una activación.
La estructura materna.
¿Por qué es un acto de estructura?, por la simple razón de que en la creación están comprometidos diferentes elementos de la estructura del Otro primario, que son heterogéneos; y en tanto que criaturas, tenemos ante cada uno de ellos diferentes posibilidades de enlace.
Sabemos que el acto criador de un ser humano en tanto que acto de estructura, puede implicar en la madre, el deseo, la sexualidad, los agujeros y también la integración de goces que están más allá de lo fálico.
Les adelanto una clave en nuestra búsqueda, para considerar la creación de un ser humano como un acto de estructura, es necesario que en él intervenga algo más. Y este algo más va a desencadenar los heterogéneos elementos que van a componer la paleta de la criadora en cada una de sus obras, en cada uno de los niños.
Porque este acto criador tiene una peculiaridad, la intervención de un desencadenante en una estructura, la de la madre, hace que por ex-tensión se produzca una ex-sistencia y que la misma esté marcada inicialmente, por aquello que es activado.
En un espacio que llamamos «adentro» pero que en realidad es exterior, la estructura materna produce por retorsión topológica, una ex-sistencia. Queda claro que el niño no es parte de la madre, sino que la habita corporalmente, y su posición con relación a la estructura es de exterioridad, aunque haya un filium.
Entonces, el acto criador se origina en una peculiar acción en la estructura materna: donde los elementos de la estructura que predominantemente se ponen en juego en cada engendramiento de un ser humano son llamados a partir de una también peculiar puesta en juego de la función paterna, que pensamos siguiendo a Freud, como primera marca o trazo.
Por ello decimos que:
El niño es engendrado en un acto criativo producido en la estructura del Otro primario como respuesta tanto a un cambio en lo real orgánico de la madre y a una modificación imaginaria del cuerpo, como a la acción del significante que le da sentido al hecho reproductivo, el que se relaciona con la llamada Función del Padre.
Este acto criativo se sitúa como uno de los límites de la estructuración de la criatura. Será su basamento, y a no dudar, tendrá una incidencia decisiva en los diferentes momentos constitutivos.
Sabemos que, en relación con el acto criador, a eso que genéricamente llamamos lo primario, no hay aún una formulación de los elementos que lo integran y hacia eso vamos.
¿Qué es lo que sabemos?, primero, que en este acto inicial los elementos que van a poner en juego a la estructura materna, son diferentes.
Por ello, si respondemos afirmativamente a la pregunta de ¿si el niño es el falo de la madre?, estaremos tomando pars par toto, la parte por el todo.
Freud habla de tres caminos de evolución de la sexualidad en la mujer:
“El descubrimiento de su castración constituye un punto crucial en la evolución de la niña. Parten de él tres caminos de la evolución: uno conduce a la inhibición sexual o a la neurosis; otro, a la transformación del carácter en el sentido de un complejo de masculinidad (allí donde no hay falta, ella tiene el falo, es una mujer fálica); y el otro, al fin, a la feminidad normal” (“33ª Conferencia. La feminidad”, Amorrortu Ed. Pág. 117) (Lo que está entre paréntesis es un agregado mío)
Es Lacan quien nos dice en el Seminario “La relación de objeto…”:
“…ninguna satisfacción mediante un objeto real cualquiera que acuda a suplirla consigue colmar jamás la falta en la madre. (Cuando ella ocurre). Junto a la relación con el niño, sigue habiendo en ella, como un amarre de su inserción imaginaria, la falta de falo” (Seminario La relación de objeto. Clase 10, 6.2.57) (Lo que está entre paréntesis es un agregado mío)
Por tanto, ningún objeto colma la falta, porque esa falta es necesaria, y ella es la que posibilita el deseo de la madre. Justamente esto es lo que hace que el hijo no funcione como tapón de su falta. Porque en esa madre se ha instaurado la castración.
¿Y si el niño no es el falo de su madre?
Pero ¿y si no lo es?
Entonces, de todas las mujeres que tienen hijos, sólo las que transitan por la feminidad llamada “normal” por Freud, son las que ubican al hijo en relación con la falta que ya no es la del pene, sino la que crea la castración y posibilita su deseo. Aún hoy sostenemos esto, el niño sólo representa al falo cuando en la madre, se puso en juego tanto la falta fálica como el deseo del encuentro con un objeto deseado.
¿Qué sucede con el resto de las mujeres que conciben hijos, dado que no podemos hacer coincidir la posición subjetiva de la madre deseante con la reproducción?
Veamos su consecuencia, desde la clínica.
Desde hace tiempo observo en los casos clínicos que muchos pacientes neuróticos aun sosteniendo una imagen corporal anudada, presentan una cierta «precariedad» en relación a su cuerpo. Algunos de ellos tienen también síntomas fóbicos centrales, donde aparece claramente un temor, más bien un pánico relacionado con un cuerpo que no se sostiene y con fantasías de «ser tragado por el Otro» o de «perderse en los espacios abiertos»; ahí es donde el síntoma, en el límite, enlaza un cuerpo que «pierde consistencia». Donde la angustia dice de la nada, de un anonadamiento de la estructura, porque se sitúa en relación con el agujero más radical, ese que se ubica imaginariamente en el lugar del Otro.
He trabajado y aún lo hago con pacientes que no han constituido su estructura a partir del deseo de la madre en relación con el falo, sino que hay rechazo o una simbiosis, y encontré en ellos un narcisismo precario, donde la falta de deseo de la madre aparece tanto en los nombres con que lo marcan, como en el cuerpo imaginario del que se apropiaron.
Otros, como me dijo un paciente en la primera de las entrevistas preliminares, expresándose con mucho odio contra su madre, “mi madre a mí no me parió, me cagó y yo soy una mierda”, sin saberlo, denunciaba que él como objeto de su madre, era un objeto anal, una mierda, además de que él, en su ser estaba suturado a esa marca. Y cuando produce su dis-toria en el análisis, esto se confirma.
Estas situaciones en su particularidad alumbran lo que venimos desarrollando y nos advierten que clínicamente no basta con plantear que un sujeto ha estructurado especularmente su cuerpo en relación con el Otro, y que «este cuerpo, se introduce en la economía del goce por la imagen del cuerpo». (Lettres de l’Ecole Freudienne Nº 16)
Aunque esto sea constituyente para el Imaginario de ese sujeto; es necesario ir más allá, justamente a lo que nos es desconocido de los enlaces de este.
Si estamos dispuestos a hacerlo, nos tenemos que preguntar topológicamente en relación con la imagen corporal:
Algunas preguntas.
¿Qué agujero en el Otro está vistiendo ese cuerpo que le es propuesto al infans?, ¿con qué tipo de huella o escritura de la estructura materna está enlazado? Porque sabemos que la imagen especular que recibe desde la madre y luego se apropia, tiene que ver con la posibilidad materna de falicizar a su hijo. Y esta tarea de falicizar al hijo, solo se realiza si lo puede amar, por ser un objeto deseado por ella.
Con esto les estoy diciendo que la madre no ama u odia al hijo real, sino al objeto con que lo inviste. Entre la madre y el hijo real está el objeto, y el hijo se viste con ese objeto para la madre. Se apropia de él, desde allí comienza a responder, porque él es inicialmente eso.
Y una pregunta más, ¿Cómo puede una madre, sin que opere la falta y por tanto ese buscar “fuera” a través de su deseo, discernir que ese hijo no está en continuidad con su real orgánico, que no es una parte suya?
Esto guarda relación con lo que les estoy proponiendo, sin la falta producida por la castración en la madre, el hijo no es sino una parte de su “propio metabolismo”, de su real orgánico.
Digámoslo con una frase:
El particular anudamiento del goce materno convierte al objeto en lo que es.
Porque ser el objeto, dice de la posición ante el Otro, pero sólo el goce y afecto asociado son los que van a significar qué es ese objeto. El infans luego va a apropiarse tanto del hábito con que viste su real orgánico, como de los nombres que hablan del goce del Otro en juego y necesariamente, el infans los va a sostener.
El resto de los anudamientos futuros de la estructura van a operar sobre esta base.
¿Qué somos, cómo nos vemos, somos queridos, hemos sido deseados?
Somos eso, pero tenemos que dejar de serlo, para encontrar qué más podemos ser, porque además de las marcas de lo simbólico y la de imagen especular de lo imaginario, está lo real, que por exterior es el que marca el límite a la apropiación.
Como ha planteado Serge Leclaire en su texto “Matan a un niño”: “La práctica analítica se funda en la revelación del trabajo constante de una fuerza de muerte: la que consiste en matar al niño maravillosos o terrorífico…que atestigua los sueños y deseos de los padres” y da un paso más al decir “no hay vida (propia) sin pagar el precio del asesinato de la imagen primera, extraña, en la que se inscribe el nacimiento de todos” (Lo que está entre paréntesis es un agregado mío)
De ahí el necesario pasaje del ser al des-ser que manejamos en el psicoanálisis lacaniano.
Pongamos un ejemplo: ¿Qué produce el llamado Deseo de la Madre en la estructura de un hijo en el tiempo de constitución?, no un deseo, sino una posición de goce y una marca. Hay por tanto una transmutación entre lo ligado de una estructura y la posición de goce y la marca en la otra.
De esos elementos, aquellos que se integren en la simbolización, aparecen para el sujeto con la posibilidad de retorno de lo reprimido y de la negación: que no es otra cosa que presentar el propio ser bajo el modo de no serlo: «esto es lo que no soy» como dice Hyppolite. No se trata del “ser o no ser” alienante del Hamlet de Shakespeare, sino de ser, y dejar de ser eso, y de poder nombrar-se de otra manera, quizás, en relación al propio deseo.
Pero hay imágenes, marcas y goces que quedan fuera de lo simbólico, donde están comprometidas más de dos estructuras y que no aparecen en la posibilidad de integrarlos a través de la castración.
No todos los elementos de la matriz, que integra elementos heterogéneos que van más allá de lo fálico, son integrados a modo neurótico, o sea a través de los enlaces de la represión, de las castraciones, y de los síntomas. Ellos integran desde el comienzo lo ex -sistente a lo simbólico. Y sin embargo, como dice Lacan, «están ahí» y además «charlan solos».
Ahí se sitúa el análisis lacaniano, posibilitando que la transferencia simbólica, imaginaria y real, posibiliten que eso se diga. Es el dispositivo idóneo para que vuelva a tener lugar la falta que permite estos cambios.
Por ello, la falta, que guarda relación con el agujero estructural, es tan necesaria para el ser humano, porque es el motor de todos sus avances, el del amor, el del deseo, del saber y por tanto de la creación.
Ricardo Landeira
Jornadas de la Red Lacaniana de Psicoanálisis
Montevideo, 6 y 7 de octubre de 2023
