«Apuntes sobre el miedo»
En el presente año en nuestro plenario de trabajo de la Red Lacaniana de Psicoanálisis comenzamos a tratar los Afectos en Psicoanálisis. Un afecto es una entidad que todos parecemos conocer y saber a que nos referimos pero que debemos conceptualizar como punto de partida para nuestro trabajo.
En este sentido, releyendo la Conferencia 25, de las Conferencias de Introducción al Psicoanálisis me encontré con una conceptualización del afecto que el mismo Freud considera psicoanalítica y diferente a otras definiciones del afecto realizadas por autores provenientes de otros campos.
Así, Freud se hace la pregunta: “¿qué es, en sentido dinámico, un afecto?” Y él mismo responde: “Un afecto incluye, en primer lugar, determinadas inervaciones motrices o descargas; en segundo lugar, ciertas sensaciones, que son, además, de dos clases: las percepciones de las acciones motrices ocurridas, y las sensaciones directas de placer y displacer que prestan al afecto, como se dice, su tono dominante.” Y agrega luego “…el núcleo que mantiene unido a ese ensemble es la repetición de una determinada vivencia significativa…la decantación de una reminiscencia.” En la Conferencia 32 volverá con esta definición para atribuirla directamente a la angustia.
Los dejo entonces, con estas palabras de Freud para comenzar así, a tratar el primero de los afectos que trabajaremos este año: el miedo.
El miedo parece estar omnipresente en este tiempo de pandemia. El miedo parece estar de moda pero el miedo no es moda. Estuvo siempre en la humanidad a través de las diferentes épocas y/o lugares. Que en algún momento histórico lo sintamos y especialmente se hable de él no quita la realidad de su existencia cotidiana dado que es un afecto. Es normal sentir miedo. El problema es la causa de que lo sintamos y de alguna manera como lo tramitamos.
El miedo tiene una historia en lo que se refiere a la cultura occidental y como todas las cosas que queremos explicar y no hallamos una causa fehaciente, el hombre recurrió inicialmente a un mito. Dice Helman (2003), refiriéndose a la Antigua Grecia, “Existía para el pensamiento clásico un dios llamado Pan. Los pobladores de esos tiempos creían que cuando Pan (o Panikón) se metía en sus cuerpos, sus pies permanecerían amarrados, aterrados o enterrados a la tierra y así perderían su capacidad de fuga. De allí derivan palabras castellanas como terror, terrorífico.
De esta manera el autor distingue de inmediato dos tipos de afectos en base al comportamiento que provocan. Por un lado tendríamos el pánico que impide la movilidad del sujeto y por otro el miedo, que al contrario del primero, produce la reacción de fuga del mismo.
Ya en nuestra lengua encontramos diferentes palabras que denotan el miedo aunque su uso a lo largo de la historia hace que dichas palabras nos vayan dando matices de lo que es el miedo. En primer lugar, la palabra miedo deriva del latín metus-us, y es usada de esta derivación por los idiomas castellano y portugués respectivamente. Otra palabra similar es temor, derivada del latín timor. Una tercera que conocemos es pavor derivada del latín pavere y este punto de partida es el que ha originado la palabra miedo en catalán y en francés (peur). Lo interesante es que en la etimología de este vocablo nos encontramos con la palabra peu del indoeuropeo que tenía el significado de golpe o corte, en otras palabras algo relativo al trauma.
El miedo podría ser definido de una manera general como la representación subjetiva de un peligro del cual es necesario apartarse. De esta forma el mismo funcionaría como una alerta y se constituye como una estrategia de supervivencia. Es común tomarlo como una entidad biológica en el sentido de que los animales también presentan los mismos comportamientos que los seres humanos frente al peligro. Sin embargo solo estamos haciendo en realidad consideraciones superficiales, en el sentido que cuando se habla del miedo desde la Etología estamos homologando seres humanos y animales. No es que los seres humanos no sean animales. Efectivamente lo son pero con una propiedad biológica evolutiva que no es compartida con el resto del Reino Animal y ésta es el efecto estructurante psíquico que tiene el lenguaje y que nos determina como hablantes-seres, tipificacándonos como especie biológica. Y esta diferencia es radical dado que la misma implica que el miedo es un afecto que a su vez remite a una instancia significativa, característica ésta que destaca Freud en sus Conferencias. De esta forma el miedo no es un simple hecho de causa-efecto. El miedo es percibido y significado por medio de la palabra en el sujeto y no es una reacción instintiva.
Los animales tienen miedo ante objetos o eventos del mundo real. Los sujetos presentan estos miedos pero a los mismos agregan también objetos que no son del mundo fáctico sino que pertenecen a la realidad psíquica.
En un reciente trabajo, Landeira (2020), señala que los sujetos ante ciertos acontecimientos de lo Real, ven romperse la vivencia de normalidad que nos otorga la escena fantasmática con la que armamos nuestra existencia y esto acarrea una subsecuente defensa. Ante la irrupción de lo Real estamos entonces ante un acontecimiento que representa un corte de la trama subjetiva Y aquí creo que es donde encaja la palabra pavor con su origen etimológico de peu, de golpe o corte. Podría pensar así que miedo es miedo a lo traumático, al corte, a la ruptura y en definitiva a la pérdida.
En la Conferencia 32, Freud trabaja el miedo a lo traumático, a veces bajo el nombre de angustia. Y define allí al factor traumático como un estado donde una determinada elevación de la tensión psíquica no puede ser tramitado según la norma del principio del placer. Es así que esta una impresión se convierte en traumática otorgando significación de peligro a una situación dada.
Esta irrupción de lo Real tiene como efecto el modificar todo y obliga al sujeto a reinventar otra escena fantasmática en la que pueda acomodar su existencia. Pero esto no siempre se logra de una manera adecuada para la funcionalidad psíquica. Pensemos en el caso Juanito. En la lectura que Lacan realiza del mismo en el Seminario 4 establece que Hans llevaba inicialmente una vida que podríamos decir feliz. En ese momento el mismo llevaba una vida libre en relación a sus progenitores en lo que acontece a la sexualidad. Pero alrededor de los cinco años, cuando comienza a jugarse la instancia de la castración, y ante la aparición de temores acerca de la pérdida del “hacepipí”, Hans instala un cuadro de angustia y la fantasía de ser mordido por un caballo, con el consecuente miedo al mismo.
En el caso de Hans, el objeto causante del miedo es un objeto del mundo real pero ¿este miedo tiene un apoyo concreto en la realidad externa? No parece tenerlo porque Hans no tuvo la experiencia concreta de ser mordido por un caballo y en general este tipo de animales no muestran este tipo de comportamiento. Aquí entonces es cuando tenemos que preguntarnos acerca de cuál es la realidad a la que hacemos referencia.
La discusión acerca de si el miedo es exógeno o endógeno no tiene relevancia si pensamos que el miedo tiene una topología moebiana donde no existe un adentro o un afuera. Es un contínuo, una superficie sin cortes entre ambas instancias. El miedo tiene una dimensión significante en el sentido de que puede un objeto externo significar o remitir a algo de lo propiamente subjetivo por la deriva significante propia del ser humano. En el caso de Hans es su relación a la castración, a como la vive.
Freud hablará de una mudanza de la angustia: “La angustia neurótica se ha mudado bajo nuestras manos en angustia realista, en angustia ante determinadas situaciones externas de peligro”.
Pienso que si el miedo no fuera moebiano, todos actuaríamos de igual manera ante objetos que pueden producir miedos, como los más clásicos: la oscuridad, las arañas, las serpientes, etc., Sin embargo, no todos los sujetos reaccionan de la misma forma frente a los mismos. Puede existir toda una gradación o matices del miedo frente a esos objetos o ni siquiera tenerlos. Todo depende de la estructura de cada sujeto y como la misma puede tramitarlos.
Recuerdo un testimonio que recibí hace muchos años. Hablaba con una persona judía de Europa del Este. Su familia tenía una larga historia de persecuciones a causa de su judaísmo. Fue muy grande mi impacto ante su relato de que prácticamente pasó su adolescencia en un campo de concentración nazi. Justamente le pregunté sobre el miedo o el terror que debería haber sufrido. La respuesta fue sorprendente. En ningún momento recordaba haber sentido miedo. “Tal vez por mi historia, la de mi familia. Tal vez porque era muy jovencita y un poco cabecita hueca. Para mí era simplemente estar viviendo una aventura y la vivía como tal a medida de la manera que iban ocurriendo las cosas, inventando cada día.”
Se me ocurre pensar que una historia de “peu”, golpes y cortes ya habían estructurado a esta sujeto para poder enfrentar esa situación para mí siniestra y lo hizo justamente inventando. Su capacidad de inventar es tal vez lo que la mantuvo viva y de alguna forma sana, en lo que le tocó vivir.
Su inventar cada día habla de su posición subjetiva. De sus palabras se desprende que no estaba aterrada y en pánico masoquista con una certeza de la muerte al decir de Landeira. De esta manera no se constituyó en un mero objeto a merced del otro. En el lugar de la muerte más que probable, en la realidad del campo de concentración, tuvo otra alternativa: re-inventarse y así sostener el deseo de vivir. Y lo logró. Lamentablemente no todos los sujetos pueden hacerlo ante situaciones de irrupción de lo Real, como es el caso de una guerra y frente a un enemigo que mostraba una política de exterminio.
En un trabajo, Verónica Molina nos acercaba un relato de la vida del propio Freud, donde se hace referencia a las enormes privaciones que pasó su familia y las de miles de austríacos en la postguerra luego de la Primera Guerra Mundial. La Guerra y la Postguerra constituyeron una ruptura, una irrupción de lo Real. Molina se pregunta justamente acerca de esta irrupción y sus consecuencias enmarcándolas en el Malestar en la Cultura y se pregunta: “¿es posible vivir sin miedo?, ¿es posible vivir sin sufrimiento?”. La respuesta es No. Pero todo reside en que podemos hacer con ello, en que podemos ser creativos e inventar a partir de esos miedos.
En lo que respecta específicamente al miedo, Helman (2003), establece que habitualmente hacemos juicios morales sobre el mismo: se es cobarde o se es valiente frente al miedo. Estas opciones morales tal vez hablan de posiciones subjetivas en el sentido de ser objeto o ser sujeto frente al mismo.
Me pregunto si la posición de cobardía frente al miedo no es justamente una forma de cobardía ante el deseo, deseo éste que justamente habilitaría el “que quiero hacer” frente a la irrupción de lo Real que nos hablaba Ricardo Landeira en su trabajo, y que permitiría una salida más satisfactoria de la situación de quedar como un mero objeto frente a las circunstancias o sea frente al otro.
Ante este malestar de la cultura, ante la necesidad de descompletar al Otro, ¿no sigue siendo el Psicoanálisis, peste él mismo al decir de Freud, al irrumpir entre los discursos de la cultura, una de las herramientas posibles para generar el deseo y la creatividad tan necesaria en esos momentos de pandemia, por ejemplo?
Creo que evidentemente el Psicoanálisis no salvará al mundo pero en su trabajo de uno a uno en los que transcurre su práctica podrá aportar un grano de arena a salir de la situación. Si lo pensamos a nivel social deberán concurrir además otros muchos actores de la vida social: políticos, sociólogos, etc. Ellos también podrán contribuir desde sus campos de acción a esa tarea inmensa que es descompletar al Otro, a ese Otro del discurso que justamente mete miedo.
El miedo así también un instrumento de goce producto de un discurso y específicamente de un discurso de dominación que busca el control social. ¿No nos hemos preguntado alguna vez porqué la prensa por ejemplo, habla prácticamente solo de crónica roja y actualmente de las epidemias? Pues lo hacen justamente porque el miedo se vende y el miedo por lo tanto también “se compra” por las grandes masas constituyéndose así en un bien de mercado. Es una mercancía de consumo. Las masas gozan así del miedo ante la eventualidad inclusive ficticia, de que cualquier hecho cambie la estructura cómoda y fantasmática de sus vidas cotidianas. El solo pensamiento de que algo cambie ya se transforma en un malestar cultural y factor el mismo de resistencia al cambio, a la creatividad y de alguna manera produce así, la abolición de una posición deseante. Posición ésta tan necesaria justamente para salir de un lugar de objeto y pasar finalmente a ser sujetos no alienados, separados de ese Otro que nos determina con sus goces ya desde nuestro nacimiento.
Por todo esto me gustaría terminar estos apuntes con lo que dice aquel grafitti al que hacía mención en otra reunión: ¡Cuidado con los miedos! Les gusta matar los deseos.
Bibliografía
Freud, S. Conferencias de introducción al psicoanálisis. 25va. Conferencia. La Angustia. En: Sigmund Freud. Obras Completas. Vol. 16. Amorrortu Eds. Buenos Aires, 1991.
Freud, S. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis. 32va. Conferencia. Angustia y vida pulsional. En: Sigmund Freud. Obras Completas. Vol. 22. Amorrortu Eds. Buenos Aires, 1993.
Helman, J.M. Miedo. En: https://www.elsigma.com/introduccion-al-psicoanalisis/miedo/3182. 2003.
Lacan, J. La relación de objeto y las estructuras freudianas (1956-1957). (Versión no publicada).
Landeira, R. Frente a una irrupción de lo Real. En: https://redlacaniana.com.uy/author/ricardo-landeira. 2020.
Molina, V. En Red-lación al texto de Ricardo Landeira y la irrupción. En: https://redlacaniana.com.uy/author/veronica-molina. 2020.
